Él fuma, pero sólo cuando no sabe qué siente. Se sienta con los codos apoyados en las rodillas e, inclinando la cabeza hacia un lado, cabizbajo, te mira a través de las pestañas con esa expresión tan suya.
A veces, su insolencia puede desquiciarte. Pero ay, qué bien sabe arreglarlo con una media sonrisa torcida cuando sus ojos vuelven a ser niños.
Tal vez sean tan azules como el cielo, y quizá sea verdad eso de que ha caído de allí arriba. Pero él sabe que hay más demonios en su alma que en el mismo Infierno. Y yo también.
Mira, incluso los ángeles tienen un lado oscuro. Y cuando te llama en mitad de la noche, quemándose por dentro, eres tú la que se calma. Porque es a ti a quien acude, aunque sea para fingir que te está salvando de ti misma, cuando es él quien necesita ser salvado.
Él lo sabe. Y yo también.
Y ese es el problema.
Podría dibujar cada músculo, cada curva de su espalda con los ojos cerrados. Podría reconocer su perfume incluso bajo las aguas del mar. Podría sumirse en el silencio y, aún así, reconocería su voz pensando muy para sus adentros. Sus manos fuertes, largas y seguras acariciando el aire en cada gesto; su alma ardiendo tras el profundo abismo de su mirada y el aliento de su boca mezclándose con la suave cadencia de su hablar.
Podría describir cada beso, cada discusión, cada noche.
Pero me espera, arrogante, apoyado contra la pared como si fuese intocable.
Maldito prepotente y sus caminos al Infierno.
Bendita perdición.