La sombra de su índice se desliza por mi brazo, erizando mi vello. Sube acariciando el codo, deteniéndose un instante. A tenue contraluz, mi respiración se lamenta a punto de ser descubierta. Siento que bate sus pestañas mientras me observa, satisfecho. Casi parece intuir mis pensamientos.
Entreabre los labios como sacudiéndose un halo dorado. Apenas puedo pensar. Y llega a mi cuello.
Me exaspera, aunque no entiendo cómo termina.
Trago saliva y lo nota. Más que eso, lo siente. Siento que lo siente. Y cuando parecía que iba a unirse a mi boca, recorre la base de la garganta hasta el lóbulo de mi oreja, bajando por la línea de la mandíbula hasta quedar quieto en el hoyuelo bajo mi labio.
Suspira.
Ahora es su pulgar quien abre mi boca para dejar paso a la suya... Y entra. Entra como agua fría hecha fuego. Sabe cómo hacerse paso, líquido, a través de mi tráquea.
No siento nada. Nada más que mi cuerpo tumbado sobre su cama.
Exhalo y, humeante, sale revoloteando en difusas formas, etéreo, imperceptible, acariciando mis dientes hasta fundirse con el aire que respiro. Así vuelve a entrar.
Una y otra vez.