Voy a hacerte unos huesos nuevos.
Voy a hacerte unos huesos nuevos, amor. Voy a sacar de ti todo aquello que te consume y voy a reemplazarlo por algo que sostenga la memoria de tu piel morena. Cuando el cincel se deslice a golpe de martillo, será como atravesar la mala hierba hasta llegar al agua redonda de un lago claro. Voy a sacar de esto algo bello, porque soy artista; yo atravieso dolor y quiebro culpa; yo restauro grietas y completo huecos; yo bailo sobre tapices de rabia. Yo creo.
Calmar tu tormento será mi privilegio.
Yo te daré unos huesos nuevos, tus huesos; porque conocerte hace que merezca la pena haber nacido, y no habrá, mientras yo respire, viento salvaje que te doble por la cintura. Si has de caer, será sobre mi cuerpo.
martes, 26 de mayo de 2015
jueves, 14 de mayo de 2015
Que nunca baje el telón
El suelo tiembla bajo mis pies descalzos. Los focos me dan pie para salir de la última caja del escenario. Empieza la música.
Tras el primer chassé va la pirueta que me impulsará a subir en un grand-jeté. Y volar.
Vuelo, puedo sentirme ligera moviéndome de un lado a otro, bailando. Soy libre. Mi vestido es más etéreo que el aire que corto con mis manos, largas y delicadas en la flexible prolongación de mis brazos, mi torso, mis piernas, mis pies en punta. Mi barbilla alta y mi pelo suelto.
Me fundo con cada nota en mi propio peso, mi cabeza no piensa y mi corazón estalla. Sólo soy capaz de sentir, porque hago esto para mi.
Giro y giro y giro y salto y ruedo por el linóleo, retorciéndome en figuras imposibles, alzándome sobre mis hombros y saliendo despedida en volteretas vestidas de negro. Soy una llama mecida por las respiraciones de quienes me miran, aunque haya ausencias. Quiero que me vea, que no me olvide; así que corro hasta el borde del escenario y extiendo los brazos, como si se sentase en primera fila, y abrazo el aire hasta caer de espaldas y elevarme con fluidez para subirme a la punta de mi derecha.
Y me dejo caer, porque es mi momento, y lo vivo como quiero; sintiéndolo a él para sacar hasta mi último aliento, aunque no me vea bailar; o implorando a mi cuerpo que controle su furia cuando golpea el bajo; a veces soy dulce y me hago pequeña para luego estirar mis brazos, preparar un arabesque y dilatarme hasta que duele.
Soy toda yo, bailo para mis recuerdos, para mis deseos, que forman parte de mi. Y dan el sentido a mi arte.
Tal vez mi técnica no sea perfecta, pero nadie vuela más alto que yo aun tirada en el suelo, nadie llena tanto un lugar tan pequeño, nadie se apasiona en un simple relevé como lo hacen los dedos de mis pies.
Y, aunque no me vea, hoy se lo dedico a él.
Para que ese "ahora no" no se convierta en un "ahora contigo no".
Para que no me olvide.
Y me retuerzo en la última pirueta, porque sigo en pie.
Tras el primer chassé va la pirueta que me impulsará a subir en un grand-jeté. Y volar.
Vuelo, puedo sentirme ligera moviéndome de un lado a otro, bailando. Soy libre. Mi vestido es más etéreo que el aire que corto con mis manos, largas y delicadas en la flexible prolongación de mis brazos, mi torso, mis piernas, mis pies en punta. Mi barbilla alta y mi pelo suelto.
Me fundo con cada nota en mi propio peso, mi cabeza no piensa y mi corazón estalla. Sólo soy capaz de sentir, porque hago esto para mi.
Giro y giro y giro y salto y ruedo por el linóleo, retorciéndome en figuras imposibles, alzándome sobre mis hombros y saliendo despedida en volteretas vestidas de negro. Soy una llama mecida por las respiraciones de quienes me miran, aunque haya ausencias. Quiero que me vea, que no me olvide; así que corro hasta el borde del escenario y extiendo los brazos, como si se sentase en primera fila, y abrazo el aire hasta caer de espaldas y elevarme con fluidez para subirme a la punta de mi derecha.
Y me dejo caer, porque es mi momento, y lo vivo como quiero; sintiéndolo a él para sacar hasta mi último aliento, aunque no me vea bailar; o implorando a mi cuerpo que controle su furia cuando golpea el bajo; a veces soy dulce y me hago pequeña para luego estirar mis brazos, preparar un arabesque y dilatarme hasta que duele.
Soy toda yo, bailo para mis recuerdos, para mis deseos, que forman parte de mi. Y dan el sentido a mi arte.
Tal vez mi técnica no sea perfecta, pero nadie vuela más alto que yo aun tirada en el suelo, nadie llena tanto un lugar tan pequeño, nadie se apasiona en un simple relevé como lo hacen los dedos de mis pies.
Y, aunque no me vea, hoy se lo dedico a él.
Para que ese "ahora no" no se convierta en un "ahora contigo no".
Para que no me olvide.
Y me retuerzo en la última pirueta, porque sigo en pie.
martes, 5 de mayo de 2015
El mejor formato en que me podrían haber parido
La cuestión es desearse a una misma. Es ponerse cada mañana frente al espejo, desnuda, y bailar como no lo has hecho ni con tres copas de más. Es posar, mandarte besos y coquetear con tu reflejo. Es tocarse y conocerse, decirse "yo te hacía el amor y te follaba al mismo tiempo". Es despeinarse mientras las curvas se tornan aún más convexas y lo cóncavo se retuerce en gemidos. Es que te duela mover el culo, que te entre flato con sólo sonreír al sentirte la mujer más sexy que el mundo tiene el privilegio de conocer. Porque lo eres, que no te engañen.
Seducirse: "qué desperdicio disfrutar sólo yo de este cuerpo."
El mejor formato en que te podrían haber parido. Sentir que con una mirada puedes someter al mundo, que no te hacen falta unos tacones para hacer sonar tus pasos. Acojónate con tu propia sexualidad.
El truco es que te veas mejor desnuda que vestida, ponerte lencería fina y sentirla tu secreto bajo unos vaqueros rotos, en zapatillas o stiletto.
Aprende a conducir sobre tus curvas y que sean ellos quienes pierdan la vida de un derrape.
Mira, ponte los cuernos contigo misma, saca a la mala zorra prepotente cuando te vistas cada mañana, déjala en casa hasta la hora de ponerse el pijama, con la cara lavada y un moño deshecho y, cuando te la encuentres en el espejo, salúdala con un golpe de cadera y dile "prenderías fuego al cielo."
Seducirse: "qué desperdicio disfrutar sólo yo de este cuerpo."
El mejor formato en que te podrían haber parido. Sentir que con una mirada puedes someter al mundo, que no te hacen falta unos tacones para hacer sonar tus pasos. Acojónate con tu propia sexualidad.
El truco es que te veas mejor desnuda que vestida, ponerte lencería fina y sentirla tu secreto bajo unos vaqueros rotos, en zapatillas o stiletto.
Aprende a conducir sobre tus curvas y que sean ellos quienes pierdan la vida de un derrape.
Mira, ponte los cuernos contigo misma, saca a la mala zorra prepotente cuando te vistas cada mañana, déjala en casa hasta la hora de ponerse el pijama, con la cara lavada y un moño deshecho y, cuando te la encuentres en el espejo, salúdala con un golpe de cadera y dile "prenderías fuego al cielo."
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