Los focos se apagaron uno tras otro desde el frente hasta detrás del escenario. El local sólo era iluminado por la pequeña luz de emergencia, dos minúsculas bombillas verdes a las que las pupilas pronto se adaptarían para ver la sombra que se apoyaba en una de las sillas de la mesa, justo en medio de la sala.
Sheba pestañeó impaciente por saciar su curiosidad a pesar de que su instinto o, más bien, el olor almizclado a madera le dijera de quién se trataba.
Los dos focos laterales se encendieron, cruzándola en un haz de luz condenatorio.
Avathos, jugueteando con la silla, rió triunfante mirándola con lo que algunos llamarían desafío. Ella lo llamaba vanidad.
Tras un mohín, Sheba alzó la botella de tequila con su mano izquierda y bebió ansiosa antes de arrojársela con rabia. El chico la esquivó con un grácil movimiento pero no se giró para ver cómo se deshacía estruendosamente en mil cristales contra la barra.
-Vamos, no me tengas miedo.
-¿Quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer? Lárgate.
-Orgullosa.
-Imbécil.
Avathos la invitó a bajar del escenario pero ella, valiéndose de un elegante salto sobre sus tacones, caminó ignorando con descaro la mano que el joven le ofrecía en busca de otra botella de algo fuerte.
-Vamos nena, no me odies. Sabes que sólo vengo a saludar.
-Tú nunca saludas.
-Cierto. Te invito a cenar. Te llevo a ese restaurante del centro que te gusta. Te dejo pagar tu parte si quieres.
-No ceno con gilipollas.
El joven hizo una mueca, recordando el temperamento de esos ojos ámbar.
-Vaya, qué elegante... Te recordaba más sutil. Sé que puedes hacerlo mejor, nena. Vamos, te doy otra oportunidad.
Sheba buscó tras la barra una botella de vodka y sirvió dos vasos hasta el borde; una gota más y se hubiesen derramado.
-Ah, ¿tú invitas?
-A esto sí. - Y bebió de un trago.
-Con calma amor, aún no has cenado.
Avathos tenía esa clase de mirada. Esa de ojos claros, de un azul inconcebible y profundos como los abismos bajo el océano, enmarcados en espesas pestañas y cejas pobladas de cierta definición masculina. Cuando miraba sentías al peligro lamer el vello de tu nuca y soplar después.
-¿Qué quieres?
-Ya lo sabes. Que me elijas.
-Nunca fuiste una opción.
-Haz que lo sea.
Sheba bufó y sirvió otra ronda. "Qué sencillo." Alzó una ceja mientras ambos bebían, mirándose sumidos en una conexión que aumentaba copa tras copa. La botella de vodka dio su último suspiro en la boca de la morena.
Un puñetazo inesperado encima de la barra la asustó.
-Mierda niña, puedo hacerte reina.
-No se me caen los anillos por ser campesina. Y no me gusta estar en silencio contigo.
-¿Te pongo nerviosa?
-Me irritas profundamente.
Avathos se estaba divirtiendo como nunca y ella lo sabía. Casi le importaba.
-Felina irascible... - Intentó contener una carcajada que sabía sería el colmo de la paciencia de Sheba bajando la cabeza y dejando a su despeinado pelo negro deshacerse tapándole la frente.
-Miau.
Sheba salió de detrás de la barra con una media sonrisa y caminó hacia la puerta. Avathos tomó su mano y la obligó a girarse para mirarlo directamente a los ojos.
-No podrás librarte de mi esta noche. No importa cuánto me cueste convencerte. Estoy aquí y lo necesitas. Lo sabes.
Conducía su Honda Houston azul metalizada a ciento ochenta kilómetros por hora. El viento azotaba sus rizos mientras se tragaba el miedo de montar sin casco. Nunca había subido a una moto y debía confesar que era excitante, pero no por la velocidad. Sus ojos se clavaban en el rostro de Avathos a través del reflejo del retrovisor, sus manos recorrían su abdomen con deseo, con lujuria, sin nada que perder.
Las paredes de la habitación eran oscuras en su justa medida, al igual que las cortinas y las sábanas negras de la cama que la invitaba a yacer, desprotegida.
Avathos arrojó su cazadora de cuero al suelo antes de girarse hacia ella y elevarla con fuerza hasta acomodarse entre el nudo de sus piernas, mordiéndole el labio inferior mientras tiraba de su pelo hacia atrás.
Él la empotró contra la pared. Ella gimió.
Se miraron sin verse, intentando modular la respiración. Los dedos largos del que hacía dos horas era el Señor Gilipollas acariciaban su cuerpo con soltura experta.
La cama estaba cerca, pero no llegaron. La chimenea parecía avivar su fuego al sentir el de Sheba. Sobre el suelo se despojaron de la ropa casi arrancándola, luchando el uno contra el otro; ella arañando su espalda haciéndola sangrar, él besando allá por donde pasaba. Odio, ira, orgullo, celos y competición.
-Naciste para mi.
-Cállate.
Sheba salió de la prisión bajo sus brazos y se colocó a horcajadas sobre él. Lo besó con furia, descontrolada. Los labios de Avathos sangraron y ella lamió excitada antes de levantarse y sentarse sobre la cama. Cuando el chico se hubo acercado, sonriendo con triunfo desmedido, una pierna rodeó sus caderas y lo empujó hacia ella.
La chimenea chispeó furiosa.
Sheba se deslizaba provocándolo sobre las sábanas mientras él se agazapaba sobre ella como un puma hambriento.
-Vamos pantera, ¿dónde está tu orgullo ahora? - La tenía bajo su cuerpo, sujetándole las manos contra el catre.
La pantera enseñó sus dientes felina, rabiosa. El fuego parecía ansiar quemar la habitación.
Lamió su oreja, bajando por el cuello hasta llegar al pecho y continuó su camino a través del vientre hasta tener que desasirla y dejarla libre para que se agarrase al cabecero de la cama.
El fuego se apoderó de la habitación, rodeando el catre. Demasiado intenso para salir vivo de allí.
Sus muslos contrajeron los músculos, casi temblando. Avathos subió hacia ella y ésta tomó el control.
-Necesitarás mucho más que esto para calmar a la fiera. - Sheba se acomodó sobre las caderas del muchacho mientras él se revolvía hasta volver a manejarla bajo sí.
-Tú me necesitas a mi.
-No necesito a nadie.
-Pareces muy segura... - sonreía enterrando la respiración en su cuello y aspirando el olor de su pelo.
-Capullo.
-Perra.
Sheba se encontraba al borde de la hiperventilación. Las manos de Avathos la acariciaban dulces pero ansiosas, agarraban su cuerpo con firmeza, en el límite del dolor. Se aferró a él con furia, mordiéndose el labio inferior y enseñando los dientes.
Bendito infierno.
Cuando quiso bajar y someterlo a un castigo deliberadamente lento, él la embistió con fuerza. Sus caderas se movían en un baile que sólo ellos dos conocían.
Sheba tomó el mando, dominante. Avathos le dedicó un gemido que salía desde lo más profundo de su garganta. Bailó sobre él; tocando su pecho, atlético; su cuello, tenso; su pelo, mojado; su rostro, ahora sonrosado y sudoroso, al borde del éxtasis, con los labios entreabiertos y los ojos cerrados, agarrando con fuerza la parte más alta de sus muslos.
La felina avanzó hacia sus labios sin dejar de moverse y se abrió paso entre ellos. Avathos respondió llevando sus manos a la cuna del placer, buscando hasta que el clímax los unió en la explosión de la combinación de todos sus sentidos.
Sheba se irguió y tiró su melena hacia atrás. Avathos se incorporó hacia ella sin abandonar su interior y besó su cuello con suavidad.
Una y otra vez, hasta el amanecer, el fuego lo consumía todo.
Yacían exhaustos entre las sábanas. El fuego había cesado y Sheba estaba en calma.
El rostro de Avathos, salvaje y dormido, era iluminado por la tenue luz que se abría paso curiosa entre las cortinas.
-Yo soy mi única opción.
Dejó un suave beso sobre sus labios y se vistió con calma.
-Eres fuego, Sheba. El agua te calma, pero siempre habrá aire que te avive. Sólo la combinación de los dos podrá contigo.
Ella sonrió condescendiente.
-¿Y ese eres tú?
-No.
Silencio.
Dos años después, alguien cantaba desde el escenario en el mismo bar, casi vacío. Esta vez, para un solitario muchacho de ojos azules que bebía vodka con hielo sentado en la barra. Brindó con su reflejo en el espejo tras las botellas de la pared del frente.
-Por ella.
La campanita de la puerta indicó que alguien entraba. Unos tacones resonaron, desviando hacia ellos la atención de los clientes. Los ojos azules no se giraron, pues conocían de sobra la cadencia con la que caminaban.
-Tequila.
La morena se sentó a tres taburetes de él. Tomó la copa, girándose para mirarlo con ojos vidriosos.
-Por ti.
Y la bebió de un trago.
En silencio, dejó un billete sobre la barra, señalando al camarero con la cabeza que también se hacía cargo del pedido del joven a su derecha.
Y, con un sigilo sólo interrumpido por sus pasos, salió del bar, refugiándose en su cazadora de cuero del frío viento de la madrugada.
Despertó en su cama. Tomó el teléfono móvil, que vibraba bajo su almohada. Un mensaje picó su curiosidad, pues ya no esperaba recibir noticias de nadie a esa hora.
"Sigo esperando a que me elijas. O me hagas ser una opción. No debí dejarte marchar."
Sheba sonrió. Tanto tiempo después, sólo viéndolo en irritantes sueños, ya tenía una respuesta digna de su final. Y no era discutible.
"Siempre he sido reina."