Imagina, sólo por un instante, tu vida sin esa persona. Piénsalo. Adéntrate en ello y siéntelo como si no fuera un sueño, sino algo real, factible, que pudieses vivir. Toca su ausencia, la cama vacía, alarga la mano para acariciar sus labios y descúbrela cayendo a través del aire... porque no están.
Ahora habla. Háblale en susurros con los ojos cerrados y dile todo lo que no te atreves a decir en voz alta. ¿Escuchas su voz, callándote con palabras que sólo ella logra que tengan sentido?
Abre los ojos. Mira las sábanas revueltas, no importa si es pareja o amante: mira su lado de la cama. Hunde la nariz en la almohada y aspira. ¿Lo notas? Es tu propio olor. Porque ella no está. Nunca ha estado.
Imagina, sólo por un instante, que ella nunca ha existido, que nunca la has conocido, que jamás has besado su mejilla y le has dicho que era tonta.
Piensa en ella como alguien a quien quieres conocer, pero no le pongas rostro, pues recuerda que no la has conocido todavía. Siéntela como si quisieras alcanzarla de una vez porque la elevas al grado de ser la que pondrá orden en tu caos, la calma de tus tempestades, la arena bajo el mar. ¿Ves cómo la haces mito? ¿Ves la leyenda de la que la haces protagonista?
Ahora olvida todo eso y mírala a través de los ojos de un desconocido. Observa el movimiento de sus manos cuando habla, cada pisada al caminar; la forma en que se curva su espalda cuando duerme boca abajo, la mirada ausente cuando piensa en a saber qué tontería; sus ojos asustados o su media sonrisa tras abrazarla. Embelésate al verla bailar, cuando su canción preferida suena y su pelo se mueve en la misma dirección que el vuelo de su falda; su silencio al beber de tu cerveza con picardía, guardando para sí algo que no llegas a descubrir; mírala sentarse en el césped porque lo prefiere al banco o pintarse los labios a ciegas.
Intenta quedarte con la brisa que nace de sus pestañas y la forma exacta en la que se retira el cabello del rostro, aun cuando no es necesario.
Es magia. De la que no tiene truco.
Imagina ahora que no vas a conocerla nunca, que hay otro, que se la llevarán lejos y jamás la volverás a ver. Que nunca advertirás una pequeña lágrima en el fondo de sus ojos, que no serás tú quien la consuele porque no conocerá siquiera tu voz o recordará tu cara; que no adorarás su sonrisa antes de besarla, pues nunca saborearás su labial afrutado; que no intentarás enfadarla ni conseguirás que te siga un juego que acabará con ella en tus brazos, durmiendo profundamente, hablándote en sueños; sé consciente de que no te quitará tu sitio en el sofá ni cocinará mientras te duchas. No te sacará a bailar, no te tentará ni serás tú quien la tiente. No te tocará, no te molestará. No podrás mandarla sutilmente al Infierno cuando no te apetezca hablar ni con tu sombra. No te tocará la barba ni te dirá que eres feo; siquiera te saludará, pues no te conoce ni le interesas.
No te necesitará. No te amará.
Siéntelo. Siéntelo muy dentro, vívelo como si todo fuera real. Acepta que no está y que no la tendrás cerca. Vamos, atrévete a sentirlo, porque no lo estás intentando. Siéntelo, joder. Su total ausencia.
Ella no está.
No está.
Ahora mira tu mano izquierda. La ha tocado. Ella es real. Está ahí. Existe. Esos dedos han apartado un rizo rebelde de sus ojos y se han parado en su cintura.
¿Puedes recordar el momento exacto en que te diste cuenta de que la querías?
¿Sabes por qué te eligió a ti?
No hace falta que imagines nada ahora. Sólo recuérdala en el momento que más te guste, sea enfadada o saltando de alegría; dormida o sentada viendo la televisión. Deja a tu mente ahondar en tus recuerdos y tráela al presente en tu instante preferido.
Mírala.
Ahora: siente.
martes, 19 de agosto de 2014
Mientras espera, mientras esperas
No se ha perdido, no hace falta que la encuentres. Pero no dejes de buscarla.
lunes, 4 de agosto de 2014
Breakeven
Ella camina entre las mesas sintiendo las miradas de los hombres, deseándola. Él se gira desde su asiento en la barra del bar. La ha sentido llegar incluso cuando aún no había entrado por la oxidada puerta.
Fingen que no se conocen pero él se siente ganador, que ha sido elegido entre todos aquellos a los que, incluso, llega a considerar inferiores.
Ella se deshace en una sonrisa, girando la sombrilla de su bebida. Sabe que seguirá siendo así. Y lo acepta. De verdad lo acepta, pero lo mira sin querer resignarse a que es él quien no acepta, entiende o quiere entender. Y no hay forma humana de hacerle ver su lado de la realidad sin que se deslice entre pensamientos que ella no cuestiona, llevando todo al lado en que su mente habita.
Los hombres siguen mirándola y ella sabe bien quién es. Es a la que llaman "morena", a veces "ojos de gata". Conoce las intenciones de muchas otras. Todas. Algunas incluso tienen nombre. Y no sólo ella lo ve.
Y sabe. Sabe mucho. Mucho más de lo que él cree. Y lo deja pasar. Porque nadie podrá nunca llegar a lo que ella es. Y él lo sabe. O cree saberlo. No se hace una idea, en realidad, de con quién comparte barra.
¿Él? Él no entiende. No quiere entender. Está tan cómodo ignorando, dejando ser, huyendo, siendo egoísta. Tan jodidamente cómodo...
Y ella lo sabe.
Sabe tanto...
Y monta en cólera porque él puede retarla, enfadarla, decir lo que no debiera; pero ella no, ella debe callar o la hace culpable, lleva todo a su mundo, a su forma de ver... Y no se entera.
No se entera de que ella acepta todo, cada verbo, cada falsa ilusión, cada esperanza frustrada una y otra vez, cada silencio y negativa, cada rechazo, el miedo, cada palabra de aliento y de retroceso. Acepta cada desaire, cada cambio de opinión, cada laguna, cada farol (que él piensa que no advierte), cada niñata, cada uno de los recuerdos, los traumas, los motivos y los pensamientos. Cada mierda.
Acepta que nadie en ese maldito bar conoce lo que pasa entre sábanas o cómo la enamora. Ahora ni su orgullo ni su enfado le permiten detenerse en cómo (pregunta de muchos, pues su fama es de imposible) lo ha conseguido.
Pero no es capaz de aceptar que él no acepte. Que no acepte su inseguridad, sus miedos, sus preguntas sin respuesta, su necesidad de saber que está todo bien, que él está bien (sin detenerse en nada de lo que él cree que le recrimina por encubierto). No acepta su manera de hablar, de decir las cosas, su sarcasmo, su ironía, su carácter insumiso. No acepta que le pida que se cabree y confíe en él pero, al hacerlo, se encuentre con ser culpable de algo que siquiera sabe que ha hecho. No acepta que no sepa dónde encontrar el punto medio. No acepta su temperamento, sus celos hacia alguien por quien él no entiende el odio, a pesar de todo. No acepta su visión del mundo, de su extraña relación, no acepta que será la única que aguante y quiera seguir aguantando, que no encontrará a nadie mejor y que, mientras no sepa ni quiera saber lo que quiere, jamás estará en paz consigo mismo o con ella, o quizá -Dios no lo quiera- con otra.
No acepta sus mierdas.
Y en cada lágrima de impotencia -a veces de tristeza- él pierde algo de ella. Y ella gana otra forma de frustrarse.
Aun con todo, ella sigue. Porque merece la pena. Porque es feliz. Porque lo acepta. Porque lo quiere y, a veces, puede que él también la quiera.
Y en lo que su boca termina el último trago de vodka y guarda la sombrilla en su bolso decide que, cuando salga por aquella puerta oxidada, con todas esas miradas lascivas que le dan igual, ella seguirá siendo así.
Y si él considera que ver su punto de vista es cambiar su personalidad, que se joda. Porque nunca sabrá qué es la paz completa. Porque ahí, con todo su orgullo, su miedo al fracaso y la fragilidad, jamás comprenderá que ver el mar desde el acantilado en vez de desde la arena no es ser menos humano, sino más valiente. Y los ojos con los que observa las olas seguirán siendo los mismos, tal vez vean más, vean mejor, pero seguirán siendo los mismos.
Ella sonríe de nuevo, pero es una sonrisa triste, de lunes. Porque sabe que ella también quiso ver el mar sólo desde la arena. Y consiguió subirse al acantilado. Es más, llegó a nadar hasta la boya.
Quizá él sienta que cada vez que habla le está recriminando algo, pero ella sólo quiere hacerle ver que no todo es tal y como él lo toma. Y mucho menos cómo lo deja.
A veces cree que las voces de su rededor influyen demasiado en él, aunque no lo note. Pero, por supuesto, nunca podrá decírselo.
Aunque lo que más le cabrea de todo son los "te quiero". Sí. Porque suenan tan reales pero... otras son tan engañosos. Se dicen pero no se muestran. Por mucho que él pretenda que ella los crea a veces, con poco más de dos frases, los echa por tierra días después.
Porque un "te quiero" implica aceptación. Y él no la acepta.
¿Veis qué fácil es todo?
Pues os diré que ella salió por esa puerta y él la siguió. Con la mirada. El resto de su cuerpo se quedó agarrado a su bebida fría, pensando. Pensando. Y pensando.
Ella esperó fuera, entre las sombras. Pensando. Y pensando. Replanteándose su lugar en aquel pueblo en el que, ella ve en su forma de mirar, él no quiere que esté. Y ella aceptaba esa burbuja, al igual que las demás.
Pero recordó la noche en que, de no ser por una tercera persona muy amiga suya, casi marcha del santuario donde suelen yacer dos veces por semana. A veces una, a veces tres. Y en ese recuerdo cayó en algo muy importante: no es que no sea suficiente, no es que haga las cosas mal; es que ya no depende de ella, pues no puede hacer nada más.
Y lo aceptó.
No sé si él llegó a salir del cálido refugio de la barra del bar. Lo único que os puedo contar es que ella ha caminado ya por esa oscuridad y conoce lo que es la falta de aliento.
Aunque él no lo sepa, no lo entienda o no lo quiera ver.
Ni lo acepte.
Diréis: ella es tonta y él un cabrón egoísta. La culpa es de los dos.
Y tendréis razón. Pero adivinadlo: ella lo sabe y lo acepta.
Fingen que no se conocen pero él se siente ganador, que ha sido elegido entre todos aquellos a los que, incluso, llega a considerar inferiores.
Ella se deshace en una sonrisa, girando la sombrilla de su bebida. Sabe que seguirá siendo así. Y lo acepta. De verdad lo acepta, pero lo mira sin querer resignarse a que es él quien no acepta, entiende o quiere entender. Y no hay forma humana de hacerle ver su lado de la realidad sin que se deslice entre pensamientos que ella no cuestiona, llevando todo al lado en que su mente habita.
Los hombres siguen mirándola y ella sabe bien quién es. Es a la que llaman "morena", a veces "ojos de gata". Conoce las intenciones de muchas otras. Todas. Algunas incluso tienen nombre. Y no sólo ella lo ve.
Y sabe. Sabe mucho. Mucho más de lo que él cree. Y lo deja pasar. Porque nadie podrá nunca llegar a lo que ella es. Y él lo sabe. O cree saberlo. No se hace una idea, en realidad, de con quién comparte barra.
¿Él? Él no entiende. No quiere entender. Está tan cómodo ignorando, dejando ser, huyendo, siendo egoísta. Tan jodidamente cómodo...
Y ella lo sabe.
Sabe tanto...
Y monta en cólera porque él puede retarla, enfadarla, decir lo que no debiera; pero ella no, ella debe callar o la hace culpable, lleva todo a su mundo, a su forma de ver... Y no se entera.
No se entera de que ella acepta todo, cada verbo, cada falsa ilusión, cada esperanza frustrada una y otra vez, cada silencio y negativa, cada rechazo, el miedo, cada palabra de aliento y de retroceso. Acepta cada desaire, cada cambio de opinión, cada laguna, cada farol (que él piensa que no advierte), cada niñata, cada uno de los recuerdos, los traumas, los motivos y los pensamientos. Cada mierda.
Acepta que nadie en ese maldito bar conoce lo que pasa entre sábanas o cómo la enamora. Ahora ni su orgullo ni su enfado le permiten detenerse en cómo (pregunta de muchos, pues su fama es de imposible) lo ha conseguido.
Pero no es capaz de aceptar que él no acepte. Que no acepte su inseguridad, sus miedos, sus preguntas sin respuesta, su necesidad de saber que está todo bien, que él está bien (sin detenerse en nada de lo que él cree que le recrimina por encubierto). No acepta su manera de hablar, de decir las cosas, su sarcasmo, su ironía, su carácter insumiso. No acepta que le pida que se cabree y confíe en él pero, al hacerlo, se encuentre con ser culpable de algo que siquiera sabe que ha hecho. No acepta que no sepa dónde encontrar el punto medio. No acepta su temperamento, sus celos hacia alguien por quien él no entiende el odio, a pesar de todo. No acepta su visión del mundo, de su extraña relación, no acepta que será la única que aguante y quiera seguir aguantando, que no encontrará a nadie mejor y que, mientras no sepa ni quiera saber lo que quiere, jamás estará en paz consigo mismo o con ella, o quizá -Dios no lo quiera- con otra.
No acepta sus mierdas.
Y en cada lágrima de impotencia -a veces de tristeza- él pierde algo de ella. Y ella gana otra forma de frustrarse.
Aun con todo, ella sigue. Porque merece la pena. Porque es feliz. Porque lo acepta. Porque lo quiere y, a veces, puede que él también la quiera.
Y en lo que su boca termina el último trago de vodka y guarda la sombrilla en su bolso decide que, cuando salga por aquella puerta oxidada, con todas esas miradas lascivas que le dan igual, ella seguirá siendo así.
Y si él considera que ver su punto de vista es cambiar su personalidad, que se joda. Porque nunca sabrá qué es la paz completa. Porque ahí, con todo su orgullo, su miedo al fracaso y la fragilidad, jamás comprenderá que ver el mar desde el acantilado en vez de desde la arena no es ser menos humano, sino más valiente. Y los ojos con los que observa las olas seguirán siendo los mismos, tal vez vean más, vean mejor, pero seguirán siendo los mismos.
Ella sonríe de nuevo, pero es una sonrisa triste, de lunes. Porque sabe que ella también quiso ver el mar sólo desde la arena. Y consiguió subirse al acantilado. Es más, llegó a nadar hasta la boya.
Quizá él sienta que cada vez que habla le está recriminando algo, pero ella sólo quiere hacerle ver que no todo es tal y como él lo toma. Y mucho menos cómo lo deja.
A veces cree que las voces de su rededor influyen demasiado en él, aunque no lo note. Pero, por supuesto, nunca podrá decírselo.
Aunque lo que más le cabrea de todo son los "te quiero". Sí. Porque suenan tan reales pero... otras son tan engañosos. Se dicen pero no se muestran. Por mucho que él pretenda que ella los crea a veces, con poco más de dos frases, los echa por tierra días después.
Porque un "te quiero" implica aceptación. Y él no la acepta.
¿Veis qué fácil es todo?
Pues os diré que ella salió por esa puerta y él la siguió. Con la mirada. El resto de su cuerpo se quedó agarrado a su bebida fría, pensando. Pensando. Y pensando.
Ella esperó fuera, entre las sombras. Pensando. Y pensando. Replanteándose su lugar en aquel pueblo en el que, ella ve en su forma de mirar, él no quiere que esté. Y ella aceptaba esa burbuja, al igual que las demás.
Pero recordó la noche en que, de no ser por una tercera persona muy amiga suya, casi marcha del santuario donde suelen yacer dos veces por semana. A veces una, a veces tres. Y en ese recuerdo cayó en algo muy importante: no es que no sea suficiente, no es que haga las cosas mal; es que ya no depende de ella, pues no puede hacer nada más.
Y lo aceptó.
No sé si él llegó a salir del cálido refugio de la barra del bar. Lo único que os puedo contar es que ella ha caminado ya por esa oscuridad y conoce lo que es la falta de aliento.
Aunque él no lo sepa, no lo entienda o no lo quiera ver.
Ni lo acepte.
Diréis: ella es tonta y él un cabrón egoísta. La culpa es de los dos.
Y tendréis razón. Pero adivinadlo: ella lo sabe y lo acepta.
sábado, 2 de agosto de 2014
Los labios del Diablo
Se escuchaban violines, suaves y desgarradores en la lentitud donde la elegancia suele reinar.
Las malas lenguas hacían susurrar que era un seductor, que no quedaba virgen en la ciudad ni esposa honrada. Se decía que no había amado jamás, y que nunca besaba dos veces a la misma mujer ni hallaba en su posesión lecho donde descansar. Aquel traidor de ojos azules no vestía otro color que no fuese el negro.
Se paseaba arrogante por el salón de baile, observado por mujeres adúlteras que mordían sus lascivos labios tras un abanico de plumas.
Quien no creía en rumores, era cautelosa.
Era también temido, al ser ladrón de corazones ricos donde los caballeros de poca fortuna querían hacer negocio.
Era también temido, al ser ladrón de corazones ricos donde los caballeros de poca fortuna querían hacer negocio.
Sus ojos recorrían el salón, impenetrables. No eran de este mundo, nadie pudo ver jamás algo tan hermoso. Cuando miraba, todo desaparecía alrededor y tú eras lo único que parecía importar. Eran sensuales, eran dulces, atrevidos, eran aire, agua y fuego, eran trágicos y eran... eran soberbios y peligrosos. Se llegó a escuchar que una vez mató a cinco hombres en un callejón con una mirada.
Las parejas bailaban entre el alma barroca de lámparas y velas en mitad de la estancia. Las mesas estaban semivacías y las copas no contenían ni educación.
Yo lo miraba, lo estudiaba, ansiaba bailar con él, sentir su mano en mi cintura.
Deslizó su mirada a través de la mía y apartó la vista. Pero volvió a mirarme. Sí, a mí. Yo era su próxima víctima. Me gustaba.
Caminaba hacia mi. Lo miré. Sexo no era suficiente para describir lo que invocaba cada uno de sus movimientos. Bajo mis enaguas había espacio para él y mi imaginación.
Me erguí valiente, orgullosa. Se detuvo frente a mi, con una sonrisa de lado mientras se postraba en reverencia. Me sentí sometida.
Comenzó un juego del que no había pedido ser partícipe, aunque jamás hubiese abandonado la partida.
No le devolví el gesto. Quizá vi confusión en su rostro, no puedo saberlo. Pero me encontré en sus brazos bailando entre la hostilidad, la envidia y los celos del resto de... señoritas. Y señoras.
Si iba a caer, caería con elegancia.
-Señor Cavanaugh...
-Por favor, llámeme Drake. -Me interrumpió, tan descortés como se decía.
-Es un placer conocerlo, Drake.
-El placer es mío, Alexandría.
-Señorita Evans.
Una ráfaga de desconcierto nubló su rostro. Asintió, cauteloso.
-¿Está disfrutando de la velada, Drake?
-Es una magnífica fiesta, estoy muy complacido. -Sus dientes no pudieron ocultar el doble sentido.
Sonreí. Pude ver cómo la señora White agitaba su abanico con indignación, mirándome a través de sus pequeños ojos, desmesuradamente maquillados. Podía oír su murmullo como si estuviese a mi lado. "Qué desvergüenza bailar con alguien como él. Su fama no hará bien a la reputación de su familia." Muy dentro de mi sabía que no había mayor deseo en su haber que compartir un baile con quien ahora sostenía mi cintura.
-¿Le apetece una copa? A mi sí.
Me desasí de sus brazos y caminé hacia una de las mesas.
-El Bourbon no es una bebida para damas, Señorita Evans.
-Discúlpeme Drake, pero no se dónde ve una en esta sala.
Sonrió de medio lado, sirviendo dos copas de Bourbon.
-Usted parece ser la única decente aquí.
-Según lo que el señor entienda por decente...
Le lancé una mirada pícara mientras bebía un sorbo, dejando mi labial marcado en el cristal. Me estaba comportando como una descarada, pero no estaba dispuesta a que el señor Cavanaugh diese por sentado que obtendría con tanta facilidad lo que quisiese de mi. De hecho, siquiera estaba segura de querer caer en sus garras. Sería un deshonor.
Pero era algo que deseaba con fuerza.
Lo había visto ya en otros bailes, mas nunca me sacó a bailar. Quizá se le estuviesen acabando las mujeres de esta ciudad. Me daba igual la razón, esta noche era mía. Había estado tan obsesionada con esos ojos...
-Bien, señorita Evans, no es usted lo que cabría esperar de la hija de un general, si me permite ser sincero.
-Aunque no se lo hubiese permitido, usted ya lo habría dicho. Disculpe mi rudeza, pero no soporto que se esperen de mí comportamientos atados a normas sinsentido.
-Es usted rebelde, ¿no cree?
-Quizá.
Estaba perplejo. Oh, Dios, alzó la ceja de esa forma...
Cabizbajo, rió con inseguridad y, cuando me miró sin levantar la barbilla, sentí cómo dejaba de tener las riendas. ¿Me habría adivinado? Tal vez estuviese siendo demasiado brusca. Debía moderarme.
-Salgamos. -Su tono autoritario.
Lo seguí retocando mi vestido hacia uno de los balcones de mármol italiano, cubierto de enredaderas. Me tendió una mano para acomodarme en el asiento, que hacía las veces de una barandilla baja. Se sentó a mi lado.
-¿Brindamos?
-¿Por qué le gustaría brindar, Drake?
-Por la hostil señorita, que conoce la fama de un servidor y se muestra reticente a compartir la velada pero, aún así, me concede ese honor.
-Oh señor, preferiría brindar por que haya robado la botella de Bourbon para tener provisiones.
Sonrió travieso y me mostró una botella sin empezar.
Juntamos nuestras copas y bebimos mirándonos a los ojos.
-¿A qué se dedica?
-¿De verdad vamos a hablar de esas banalidades, señorita Evans?
-¿De qué quiere hablar?
Me miró con curiosidad y bebí otro sorbo, apenas quedaba. Descorchó la botella con una elegante floritura y llenó las dos copas de nuevo.
-¿Por qué no me sacó a bailar antes?
Abrió los ojos, sorprendido, pero no pudo articular palabra.
-Bueno... Yo... La verdad es...
-Puede llamarme Alexandría, era una broma...
Lo miré coqueta y me sonrió con dulzura, su expresión había cambiado. Era...cálido. Subió la cabeza de repente.
-Me asusta.
-¿Quién?
-¿De quién estamos hablando, Alexandría?
-Oh... ¿por qué?
-No lo sé.
-¿Es una de sus tretas?
Me miró triste. Si estaba fingiendo, era un excelente actor.
-No.
Se levantó y comenzó a caminar. Yo lo observaba, intentando adivinar si lo había ofendido.
-Mi fama me precede, ¿no es así?
Asentí, con miedo.
-Usted es decente. -Se encogió de hombros. - Eso me asusta. Porque es tan poco coaccionable... Y, ¿qué hago yo para llevármela conmigo?
Me levanté con la botella de Bourbon en una mano y la dignidad en la otra.
-Llene mi copa y la suya tantas veces como pueda colmarlas. Seguro que se le ocurre algo.
-¿Intenta emborracharme? Por que creo que usted caería antes que yo. -Soltó una risotada. Ese sonido musical, esa voz... era mejor que el Bourbon.
-¿Yo? -reí mareada- Yo soy una dama... -Y volví a reír.
Me sentía ligera, aunque me costaba dejar las risas y enfocaba la mirada con frustrante lentitud.
-Quizá tenga razón, Drake. Soy una dama desinhibida. Y, ¡me gusta!
-¿Tan rápido? Sólo ha bebido dos copas...
-Soy decente, yo no bebo a menudo, señor mío. Mhh... mío.
Me miraba desconcertado, riéndose. Estaba haciendo el ridículo.
-Al Diablo con la educación. Si me lo permite...- y bebió directamente de la botella un largo trago. Me lo ofreció con los ojos brillantes y obedecí sin pensarlo. Corrió a subirse al banco de mármol, estiró los brazos y gritó:
-¡La señorita Evans ha dicho que soy suyo!
Riéndome, corrí a tirar de él hacia abajo, no estaba en sus cabales. Aquel no era el joven conquistador del que me habían hablado, ¿a dónde fue su caballerosidad? A decir verdad, lo prefería así, me sentía cómoda. Y seguí bebiendo.
Cuando bajó me sonrió eufórico, jadeante.
-¿Sabe qué? -bebió otro largo trago- No me gusta fingir que soy educado, que me divierto en estos bailes tan finos, estas farsas. Me gusta el alcohol, bailar con señoritas rebeldes y guapas como usted, y montar a caballo sin silla. Y odio tener que cortejar bellas damas para...-calló de repente.- Sabía que usted era distinta. Y me gustan las mujeres desinhibidas. ¡Por usted, Alexandría!
Alzó la botella y la inclinó sobre mi boca para que bebiese. Mientras el líquido caía se acercó y bebió de la fuente de alcohol, salpicándome el rostro.
-Es usted un indeseable y seguro que un pésimo esposo.
-¿Y?
-Me gusta.
Me sonrió. Parecía libre, se lo estaba pasando en grande.
Miró la botella vacía y sus ojos volvieron a ser niños. Levantó la cabeza y se mordió el labio. Yo quería morderlo también. Se acercó con cruel lentitud, boca entreabierta. Sus dientes, blancos como la Luna, brillaban bajo la noche. Se detuvo frente a mí, a menos de dos centímetros su nariz de la mía. Pude sentir su respiración en lo más hondo de mi cuerpo. Sonrió ligeramente mientras se acercaba a mi oído para susurrarme si debíamos tomar prestada otra botella de whiskey. Asentí, tragando todos mis impulsos.
Su aliento recorrió mi mandíbula hasta llegar a la boca y posó sus labios suavemente en los míos durante lo que dura el batir de alas de una mariposa.
Tomó mi mano y me sacó corriendo del balcón para llevarme de nuevo al salón. Pude ver nuestro reflejo en los grandes espejos dorados que cubrían las paredes. Éramos como dos niños traviesos en busca de golosinas bajo los manteles. Nos acercamos a la gran mesa de bebidas fingiendo sobriedad.
-Señorita Evans, la veo muy formal.
-Señor Cavanaugh, soy muy formal. ¿No se da usted cuenta de...? Oh, hola padre.
Drake se giró bruscamente hacia el frente, con el miedo firmando su semblante.
Reí, quizá demasiado alto, de forma que algunas de las sobrias señoras que esperaban aburridas alrededor de sus maridos concentraron su atención en nosotros. Me callé, de nuevo en mi papel.
-Alexandría, es usted malvada conmigo.
-Y, ¿qué hará usted para castigarme?
Se mordió el labio de nuevo, mirando mi boca.
Nos acercamos a la gran mesa y, quiero pensar que discretamente, cogimos dos botellas. Una de Bourbon y otra de champagne. Escondí la última entre mis enaguas.
Salimos al pie de la escalera. Con un "por aquí" presuroso me envalentoné a coger a su mano y llevarlo hacia una puerta de roble escondida.
Al abrirla, entramos en otro gran salón, con una gran alfombra roja de terciopelo y paredes forradas con tela de encaje negro sobre blanco, revestidas por cuadros que llegaban hasta el elevado techo. Cada uno parecía la entrada a otro mundo, exquisitas obras de arte que debían valer su peso en oro.
Drake miraba con ojos grandes hacia una gran araña de velas negras, de cuyos brazos colgaban piedras semipreciosas en forma de lágrima. Pero la única luz que nos iluminaba era la que la Luna nos daba a través de las cristaleras.
Le sonreí, él seguía mirando cada rincón de la estancia.
-¿Se ha vuelto inseguro de repente?
Me miró enseñando todos los dientes.
-Nunca había visto nada parecido a esto.
-Lo sé, causo ese efecto en los hombres...-bromeé.
-Es usted una descarada, Alexandría.
-No soy yo quien besa a señoritas inocentes mientras están ebrias.
Me adentré en la sala, soltándome el moño y dejando que mis rizos negros cayesen en cascada por mi espalda, hasta la cintura.
Escuché sus pasos tras de mí.
-Las señoritas se mantienen sobrias.
-Yo no soy una señorita. -Me giré moviendo el pelo y le guiñé un ojo por encima de mi hombro. -Yo quiero divertirme. Las señoritas se aburren sentadas en una silla esperando a que un caballero las saque a bailar y se case con ellas, tengan muchos hijos y se hagan viejas. Yo quiero vivir. Y si un joven quiere mi mano,... que acepte eso.
-Muchos son los que quieren casarse con usted.
-Yo no me casaría conmigo.
Bajó la mirada con una sonrisa triste.
-¿Por qué no se ha casado con ninguna de las mujeres con las que ha yacido? Algunas eran solteras.
-Porque no las amaba. Sólo necesitaba una cama donde dormir y un traje de vez en cuando.
-Entonces, ¿no lo hace por amasar fortuna?
-Señorita Evans, soy pobre pero no estúpido. Moriría en desgracia, aburrido y sometido.
-Entonces, nunca se ha enamorado...
-No. ¿Usted?
-¿Hubiese importado?
Me miró con lástima, casi tanta como la que debía tener hacia sí.
Me tomó de la mano y me condujo hacia el tercer cuadro. Un fuego descontrolado quemaba las rocas mientras algunos condenados con ropas rotas caminaban entre sus llamas. Una mujer sentada a la izquierda de un trono miraba con veneración a un hombre sumido en la sombra.
-El Infierno.
Observé con interés a la mujer y desvié mis ojos a su esculpido rostro.
-No frunzas la boca, es demasiado bonita para hacer muecas.
Liberó sus carnosos labios del mohín y sonrió. Fui vagamente consciente de que ahora era yo la que se mordía. Se acercó a mi con cautela, la mitad de su rostro era bañado por la luz, la otra mitad estaba sumido en la sombra. Sus ojos centelleaban, más azules, con las pupilas dilatadas.
-Hay quien dice que mi marcha, por la mañana, trae el Infierno a cada cama en la que he fingido amar.
-Yo lo ataré a la mía. No le dejaré escapar.
Y su boca se unió a la mía, abriendo mis labios con delicada fiereza al tiempo que me atraía hacia su cuerpo, agarrándome por la cintura. Así su pelo mientras nuestras lenguas acariciaban el recuerdo del Bourbon.
-Los labios del Diablo...
Sonreía mientras uníamos nuestras frentes. Pestañeó deprisa varias veces y suspiró. No podía ver esos labios tristes, así que mordí el inferior con cuidado y abrió la boca, dejándome hacer. Desde su suavidad se tornó fiero, incluso violento. Tomó mis manos, empujándolas contra la cristalera por encima de mi cabeza mientras me empotraba contra ella, dejándome prisionera de sus caderas.
Escuchamos unos pasos acompañando dos voces masculinas y el crujir del roble de la puerta.
Oh no...
-Por aquí, Alexandría.
Su voz era calma. Me llevó corriendo al final de la habitación, donde pudimos escondernos entre unas voluptuosas cortinas que caían hasta el suelo.
-¿Cree que...?
Me calló con un corto beso.
-Como verá, tengo mi propia colección, no los vendo baratos. -La primera voz masculina era potente y grave, de alguien que rondaría los cincuenta.
-Estoy interesado en un Romano desde hace años y estoy dispuesto a pagar mucho. Como ya sabe, no soy hombre de poco dinero. -La segunda voz era fría.
Sentí cómo Drake se ponía tenso de repente.
-Alexandría, tenemos que salir de aquí como sea.
-No podemos. No hay más salida que la puerta de roble.
Inspiró con profundidad, ¿qué le asustaba tanto? No, no estábamos en buen lugar. Pero éramos jóvenes, podríamos estar jugando a los enamorados y, aunque fuese con alguien con su fama, no estábamos comprometidos con nadie. Sería un deshonor pero...
-La esposa del segundo hombre. Digamos que él sabe quién soy.
Drake interrumpió el hilo de mis pensamientos para dar paso a un acto casi reflejo del que jamás me creí capaz.
-Corre en cuanto se den la vuelta.
-¿Qué?
Até un pañuelo que saqué de mi escote cubriéndome los ojos y me desenganché el corset. Salí a la luz con las manos por delante.
-¿Marco?
-¿Quién es usted?
-¿Marco?
-Señorita, creo que se ha confundido de habitación, ¿qué está haciendo aquí?
-Usted no es Marco.
-No, no lo somos. - El hombre de la voz fría... - ¿Quiere quitarse esa venda de los ojos, por favor? Identifíquese.
Avancé por la estancia intentando no tropezar y logré sentir la huída de Drake. En ese momento, temí no volver a verlo más que al deshonor de mi familia si me quitaban el pañuelo. Y, para darle más tiempo, tiré de una de las cuerdas del corpiño con disimulo.
-No puedo, no ha contestado "Polo"; perderé si lo hago.
-Señorita, por favor, no puede estar aquí. - El hombre mayor se impacientaba, aunque sonaba lascivo.
-Oh...
Decidí que ya había tenido tiempo suficiente y eché a correr en dirección opuesta a la que había caminado mientras me quitaba la venda. Deseé que no me hubiesen reconocido mientras cerraba la puerta y comenzaba a ajustarme el vestido.
No vi al señor Cavanaugh por el recibidor de la escalera, así que asumí que se había ido, perdiendo mi esperanza.
Las lágrimas resbalaban por mis mejillas sin ser del todo consciente de por qué. Seguía algo mareada.
-¡Alexandría!
Su voz, gritando en susurros, venía de arriba. No me había abandonado, esos ojos volverían a mirarme.
-¿Drake?
-En las escaleras.
Me asomé a ellas y lo vi en lo alto, resplandeciente, con su sonrisa de niño y sus dientes perfectos. Oh, señor Cavanaugh...
Subí corriendo a pesar de los tacones hasta reunirme con él en un abrazo que me elevó. Cuando me hubo dejado en el suelo, miró mi corpiño desatado y una furia que no había visto antes le deshizo la sonrisa.
-¿Qué le han hecho?
-Nada, intentaba darle más tiempo.
-Alexandría... -me miraba, ¿con admiración?- Nadie habría hecho esto por mí. Gracias.
-Sigue borracho, ¿verdad? Ayúdeme a atarlo...
-No haré tal aberración. Vamos, encontremos un lugar seguro.
Corrimos mirando en cada habitación, discutiendo cuál sería más adecuada.
Encontramos un desván en el tercer piso. Había un piano viejo y una antigua cama con dosel. Lo menos importante se resumía a viejas ropas, muebles y algunos cuadros y esculturas sin aparente valor.
-Y todo esto por acostarse conmigo, ¡qué necesitado está usted! - Saqué la botella de champagne de mi cancán. No podía imaginar cómo no se había caído entre tanto alboroto. Mientras la intentaba descorchar, Drake me miró.
-¿Cree que me hubiese quedado después de lo que ha pasado si sólo quisiese una noche con usted? Es realmente ingenua, Alexandría. Deme esa botella. -Me tocó el pelo y me obligó a levantar la barbilla. -Yo no voy a hacer nada hoy. Porque deseo que haya más noches. Así, quizá me asegure su presencia en otros bailes, o furtivamente en el parque. La había visto antes, como ya le he dicho, y no va a ser una de las "Sin Nombre". Recuerdo el suyo desde que lo pedí, y siquiera fue a usted. Pero créame, si no hubiese bebido, no estaría escuchando esto.
>>Y, aunque así fuese, sé que usted se negaría. Es pícara y desobediente, incluso puede que me desee, pero no es en absoluto tonta.
Y bebió un largo trago de champagne. ¿Cuándo había descorchado la botella?
Me quedé callada unos instantes cabizbaja, pensando qué hacer o decir. Pero el silencio no resultaba incómodo. Cuando alcé la mirada lo vi abriendo un balconcito de enrejado en bronce y apoyándose sobre los codos mientras bebía. Su silueta se adivinaba a través de las cortinas de tela blanca semitransparente que ondulaban salvajes con su aroma, robado por la brisa.
-Mire la Luna, tan sola ahí arriba. Puede contemplarlo todo, pero no tocarlo. Es un castigo cruel, ¿no cree?
Asentí aunque no pudiese verme y se giró, apoyado de nuevo contra el barandado.
-No estoy dispuesto a ser el único que beba.
Me ofrecía la botella como quien ofrece lo prohibido.
Bebí y me acerqué a su boca.
-Hay licores mejores que esto. -Miré sus labios con ansia y bajó su boca hacia mi cuello.
-Beba mientras toco para usted.- Y posó un suave beso bajo mi oreja.
Caminó hacia el viejo piano con elegancia y se sentó. Una melodía triste envolvía sus apasionados dedos.
Me encontré, no se cómo, sentada sobre la tapa con los pies sobre las teclas, y su izquierda acariciando mi tobillo derecho. Tenía las manos largas y los dedos finos.
-Es tarde, señorita Evans.
-¿Me está echando?
-No, pero me preguntaba si su padre estaría esperándola.
-No sería la primera vez que me escapo.
-¿Con un hombre?
-Con un vestido y un caballo hacia el mar.
Rió y se levantó, acercándose a mi. Me di la vuelta hasta que los pies me colgaron del piano y se acomodó entre mis piernas, agarró mi cintura y rozó su nariz con la mía.
-La llevaré a casa cuando termine de besarla. Lo único que pido a cambio es volver a verla.
-Me sería imposible no concederle ese deseo, mi señor.
-Su señor... qué bien suena eso. Júremelo.
Me besó tierno, durante segundos, minutos, horas, no puedo saberlo. Pero cuando abrí los ojos y me vi enredada en el azabache de su pelo, sus fuertes brazos abrazados a mi cintura, mientras me miraba con ese brillo en su boca, esa inocencia perdida en el azul de su cielo, no dudé.
-Lo juro.
Y volví a caer en los labios del Diablo.
Me erguí valiente, orgullosa. Se detuvo frente a mi, con una sonrisa de lado mientras se postraba en reverencia. Me sentí sometida.
Comenzó un juego del que no había pedido ser partícipe, aunque jamás hubiese abandonado la partida.
No le devolví el gesto. Quizá vi confusión en su rostro, no puedo saberlo. Pero me encontré en sus brazos bailando entre la hostilidad, la envidia y los celos del resto de... señoritas. Y señoras.
Si iba a caer, caería con elegancia.
-Señor Cavanaugh...
-Por favor, llámeme Drake. -Me interrumpió, tan descortés como se decía.
-Es un placer conocerlo, Drake.
-El placer es mío, Alexandría.
-Señorita Evans.
Una ráfaga de desconcierto nubló su rostro. Asintió, cauteloso.
-¿Está disfrutando de la velada, Drake?
-Es una magnífica fiesta, estoy muy complacido. -Sus dientes no pudieron ocultar el doble sentido.
Sonreí. Pude ver cómo la señora White agitaba su abanico con indignación, mirándome a través de sus pequeños ojos, desmesuradamente maquillados. Podía oír su murmullo como si estuviese a mi lado. "Qué desvergüenza bailar con alguien como él. Su fama no hará bien a la reputación de su familia." Muy dentro de mi sabía que no había mayor deseo en su haber que compartir un baile con quien ahora sostenía mi cintura.
-¿Le apetece una copa? A mi sí.
Me desasí de sus brazos y caminé hacia una de las mesas.
-El Bourbon no es una bebida para damas, Señorita Evans.
-Discúlpeme Drake, pero no se dónde ve una en esta sala.
Sonrió de medio lado, sirviendo dos copas de Bourbon.
-Usted parece ser la única decente aquí.
-Según lo que el señor entienda por decente...
Le lancé una mirada pícara mientras bebía un sorbo, dejando mi labial marcado en el cristal. Me estaba comportando como una descarada, pero no estaba dispuesta a que el señor Cavanaugh diese por sentado que obtendría con tanta facilidad lo que quisiese de mi. De hecho, siquiera estaba segura de querer caer en sus garras. Sería un deshonor.
Pero era algo que deseaba con fuerza.
Lo había visto ya en otros bailes, mas nunca me sacó a bailar. Quizá se le estuviesen acabando las mujeres de esta ciudad. Me daba igual la razón, esta noche era mía. Había estado tan obsesionada con esos ojos...
-Bien, señorita Evans, no es usted lo que cabría esperar de la hija de un general, si me permite ser sincero.
-Aunque no se lo hubiese permitido, usted ya lo habría dicho. Disculpe mi rudeza, pero no soporto que se esperen de mí comportamientos atados a normas sinsentido.
-Es usted rebelde, ¿no cree?
-Quizá.
Estaba perplejo. Oh, Dios, alzó la ceja de esa forma...
Cabizbajo, rió con inseguridad y, cuando me miró sin levantar la barbilla, sentí cómo dejaba de tener las riendas. ¿Me habría adivinado? Tal vez estuviese siendo demasiado brusca. Debía moderarme.
-Salgamos. -Su tono autoritario.
Lo seguí retocando mi vestido hacia uno de los balcones de mármol italiano, cubierto de enredaderas. Me tendió una mano para acomodarme en el asiento, que hacía las veces de una barandilla baja. Se sentó a mi lado.
-¿Brindamos?
-¿Por qué le gustaría brindar, Drake?
-Por la hostil señorita, que conoce la fama de un servidor y se muestra reticente a compartir la velada pero, aún así, me concede ese honor.
-Oh señor, preferiría brindar por que haya robado la botella de Bourbon para tener provisiones.
Sonrió travieso y me mostró una botella sin empezar.
Juntamos nuestras copas y bebimos mirándonos a los ojos.
-¿A qué se dedica?
-¿De verdad vamos a hablar de esas banalidades, señorita Evans?
-¿De qué quiere hablar?
Me miró con curiosidad y bebí otro sorbo, apenas quedaba. Descorchó la botella con una elegante floritura y llenó las dos copas de nuevo.
-¿Por qué no me sacó a bailar antes?
Abrió los ojos, sorprendido, pero no pudo articular palabra.
-Bueno... Yo... La verdad es...
-Puede llamarme Alexandría, era una broma...
Lo miré coqueta y me sonrió con dulzura, su expresión había cambiado. Era...cálido. Subió la cabeza de repente.
-Me asusta.
-¿Quién?
-¿De quién estamos hablando, Alexandría?
-Oh... ¿por qué?
-No lo sé.
-¿Es una de sus tretas?
Me miró triste. Si estaba fingiendo, era un excelente actor.
-No.
Se levantó y comenzó a caminar. Yo lo observaba, intentando adivinar si lo había ofendido.
-Mi fama me precede, ¿no es así?
Asentí, con miedo.
-Usted es decente. -Se encogió de hombros. - Eso me asusta. Porque es tan poco coaccionable... Y, ¿qué hago yo para llevármela conmigo?
Me levanté con la botella de Bourbon en una mano y la dignidad en la otra.
-Llene mi copa y la suya tantas veces como pueda colmarlas. Seguro que se le ocurre algo.
-¿Intenta emborracharme? Por que creo que usted caería antes que yo. -Soltó una risotada. Ese sonido musical, esa voz... era mejor que el Bourbon.
-¿Yo? -reí mareada- Yo soy una dama... -Y volví a reír.
Me sentía ligera, aunque me costaba dejar las risas y enfocaba la mirada con frustrante lentitud.
-Quizá tenga razón, Drake. Soy una dama desinhibida. Y, ¡me gusta!
-¿Tan rápido? Sólo ha bebido dos copas...
-Soy decente, yo no bebo a menudo, señor mío. Mhh... mío.
Me miraba desconcertado, riéndose. Estaba haciendo el ridículo.
-Al Diablo con la educación. Si me lo permite...- y bebió directamente de la botella un largo trago. Me lo ofreció con los ojos brillantes y obedecí sin pensarlo. Corrió a subirse al banco de mármol, estiró los brazos y gritó:
-¡La señorita Evans ha dicho que soy suyo!
Riéndome, corrí a tirar de él hacia abajo, no estaba en sus cabales. Aquel no era el joven conquistador del que me habían hablado, ¿a dónde fue su caballerosidad? A decir verdad, lo prefería así, me sentía cómoda. Y seguí bebiendo.
Cuando bajó me sonrió eufórico, jadeante.
-¿Sabe qué? -bebió otro largo trago- No me gusta fingir que soy educado, que me divierto en estos bailes tan finos, estas farsas. Me gusta el alcohol, bailar con señoritas rebeldes y guapas como usted, y montar a caballo sin silla. Y odio tener que cortejar bellas damas para...-calló de repente.- Sabía que usted era distinta. Y me gustan las mujeres desinhibidas. ¡Por usted, Alexandría!
Alzó la botella y la inclinó sobre mi boca para que bebiese. Mientras el líquido caía se acercó y bebió de la fuente de alcohol, salpicándome el rostro.
-Es usted un indeseable y seguro que un pésimo esposo.
-¿Y?
-Me gusta.
Me sonrió. Parecía libre, se lo estaba pasando en grande.
Miró la botella vacía y sus ojos volvieron a ser niños. Levantó la cabeza y se mordió el labio. Yo quería morderlo también. Se acercó con cruel lentitud, boca entreabierta. Sus dientes, blancos como la Luna, brillaban bajo la noche. Se detuvo frente a mí, a menos de dos centímetros su nariz de la mía. Pude sentir su respiración en lo más hondo de mi cuerpo. Sonrió ligeramente mientras se acercaba a mi oído para susurrarme si debíamos tomar prestada otra botella de whiskey. Asentí, tragando todos mis impulsos.
Su aliento recorrió mi mandíbula hasta llegar a la boca y posó sus labios suavemente en los míos durante lo que dura el batir de alas de una mariposa.
Tomó mi mano y me sacó corriendo del balcón para llevarme de nuevo al salón. Pude ver nuestro reflejo en los grandes espejos dorados que cubrían las paredes. Éramos como dos niños traviesos en busca de golosinas bajo los manteles. Nos acercamos a la gran mesa de bebidas fingiendo sobriedad.
-Señorita Evans, la veo muy formal.
-Señor Cavanaugh, soy muy formal. ¿No se da usted cuenta de...? Oh, hola padre.
Drake se giró bruscamente hacia el frente, con el miedo firmando su semblante.
Reí, quizá demasiado alto, de forma que algunas de las sobrias señoras que esperaban aburridas alrededor de sus maridos concentraron su atención en nosotros. Me callé, de nuevo en mi papel.
-Alexandría, es usted malvada conmigo.
-Y, ¿qué hará usted para castigarme?
Se mordió el labio de nuevo, mirando mi boca.
Nos acercamos a la gran mesa y, quiero pensar que discretamente, cogimos dos botellas. Una de Bourbon y otra de champagne. Escondí la última entre mis enaguas.
Salimos al pie de la escalera. Con un "por aquí" presuroso me envalentoné a coger a su mano y llevarlo hacia una puerta de roble escondida.
Al abrirla, entramos en otro gran salón, con una gran alfombra roja de terciopelo y paredes forradas con tela de encaje negro sobre blanco, revestidas por cuadros que llegaban hasta el elevado techo. Cada uno parecía la entrada a otro mundo, exquisitas obras de arte que debían valer su peso en oro.
Drake miraba con ojos grandes hacia una gran araña de velas negras, de cuyos brazos colgaban piedras semipreciosas en forma de lágrima. Pero la única luz que nos iluminaba era la que la Luna nos daba a través de las cristaleras.
Le sonreí, él seguía mirando cada rincón de la estancia.
-¿Se ha vuelto inseguro de repente?
Me miró enseñando todos los dientes.
-Nunca había visto nada parecido a esto.
-Lo sé, causo ese efecto en los hombres...-bromeé.
-Es usted una descarada, Alexandría.
-No soy yo quien besa a señoritas inocentes mientras están ebrias.
Me adentré en la sala, soltándome el moño y dejando que mis rizos negros cayesen en cascada por mi espalda, hasta la cintura.
Escuché sus pasos tras de mí.
-Las señoritas se mantienen sobrias.
-Yo no soy una señorita. -Me giré moviendo el pelo y le guiñé un ojo por encima de mi hombro. -Yo quiero divertirme. Las señoritas se aburren sentadas en una silla esperando a que un caballero las saque a bailar y se case con ellas, tengan muchos hijos y se hagan viejas. Yo quiero vivir. Y si un joven quiere mi mano,... que acepte eso.
-Muchos son los que quieren casarse con usted.
-Yo no me casaría conmigo.
Bajó la mirada con una sonrisa triste.
-¿Por qué no se ha casado con ninguna de las mujeres con las que ha yacido? Algunas eran solteras.
-Porque no las amaba. Sólo necesitaba una cama donde dormir y un traje de vez en cuando.
-Entonces, ¿no lo hace por amasar fortuna?
-Señorita Evans, soy pobre pero no estúpido. Moriría en desgracia, aburrido y sometido.
-Entonces, nunca se ha enamorado...
-No. ¿Usted?
-¿Hubiese importado?
Me miró con lástima, casi tanta como la que debía tener hacia sí.
Me tomó de la mano y me condujo hacia el tercer cuadro. Un fuego descontrolado quemaba las rocas mientras algunos condenados con ropas rotas caminaban entre sus llamas. Una mujer sentada a la izquierda de un trono miraba con veneración a un hombre sumido en la sombra.
-El Infierno.
Observé con interés a la mujer y desvié mis ojos a su esculpido rostro.
-No frunzas la boca, es demasiado bonita para hacer muecas.
Liberó sus carnosos labios del mohín y sonrió. Fui vagamente consciente de que ahora era yo la que se mordía. Se acercó a mi con cautela, la mitad de su rostro era bañado por la luz, la otra mitad estaba sumido en la sombra. Sus ojos centelleaban, más azules, con las pupilas dilatadas.
-Hay quien dice que mi marcha, por la mañana, trae el Infierno a cada cama en la que he fingido amar.
-Yo lo ataré a la mía. No le dejaré escapar.
Y su boca se unió a la mía, abriendo mis labios con delicada fiereza al tiempo que me atraía hacia su cuerpo, agarrándome por la cintura. Así su pelo mientras nuestras lenguas acariciaban el recuerdo del Bourbon.
-Los labios del Diablo...
Sonreía mientras uníamos nuestras frentes. Pestañeó deprisa varias veces y suspiró. No podía ver esos labios tristes, así que mordí el inferior con cuidado y abrió la boca, dejándome hacer. Desde su suavidad se tornó fiero, incluso violento. Tomó mis manos, empujándolas contra la cristalera por encima de mi cabeza mientras me empotraba contra ella, dejándome prisionera de sus caderas.
Escuchamos unos pasos acompañando dos voces masculinas y el crujir del roble de la puerta.
Oh no...
-Por aquí, Alexandría.
Su voz era calma. Me llevó corriendo al final de la habitación, donde pudimos escondernos entre unas voluptuosas cortinas que caían hasta el suelo.
-¿Cree que...?
Me calló con un corto beso.
-Como verá, tengo mi propia colección, no los vendo baratos. -La primera voz masculina era potente y grave, de alguien que rondaría los cincuenta.
-Estoy interesado en un Romano desde hace años y estoy dispuesto a pagar mucho. Como ya sabe, no soy hombre de poco dinero. -La segunda voz era fría.
Sentí cómo Drake se ponía tenso de repente.
-Alexandría, tenemos que salir de aquí como sea.
-No podemos. No hay más salida que la puerta de roble.
Inspiró con profundidad, ¿qué le asustaba tanto? No, no estábamos en buen lugar. Pero éramos jóvenes, podríamos estar jugando a los enamorados y, aunque fuese con alguien con su fama, no estábamos comprometidos con nadie. Sería un deshonor pero...
-La esposa del segundo hombre. Digamos que él sabe quién soy.
Drake interrumpió el hilo de mis pensamientos para dar paso a un acto casi reflejo del que jamás me creí capaz.
-Corre en cuanto se den la vuelta.
-¿Qué?
Até un pañuelo que saqué de mi escote cubriéndome los ojos y me desenganché el corset. Salí a la luz con las manos por delante.
-¿Marco?
-¿Quién es usted?
-¿Marco?
-Señorita, creo que se ha confundido de habitación, ¿qué está haciendo aquí?
-Usted no es Marco.
-No, no lo somos. - El hombre de la voz fría... - ¿Quiere quitarse esa venda de los ojos, por favor? Identifíquese.
Avancé por la estancia intentando no tropezar y logré sentir la huída de Drake. En ese momento, temí no volver a verlo más que al deshonor de mi familia si me quitaban el pañuelo. Y, para darle más tiempo, tiré de una de las cuerdas del corpiño con disimulo.
-No puedo, no ha contestado "Polo"; perderé si lo hago.
-Señorita, por favor, no puede estar aquí. - El hombre mayor se impacientaba, aunque sonaba lascivo.
-Oh...
Decidí que ya había tenido tiempo suficiente y eché a correr en dirección opuesta a la que había caminado mientras me quitaba la venda. Deseé que no me hubiesen reconocido mientras cerraba la puerta y comenzaba a ajustarme el vestido.
No vi al señor Cavanaugh por el recibidor de la escalera, así que asumí que se había ido, perdiendo mi esperanza.
Las lágrimas resbalaban por mis mejillas sin ser del todo consciente de por qué. Seguía algo mareada.
-¡Alexandría!
Su voz, gritando en susurros, venía de arriba. No me había abandonado, esos ojos volverían a mirarme.
-¿Drake?
-En las escaleras.
Me asomé a ellas y lo vi en lo alto, resplandeciente, con su sonrisa de niño y sus dientes perfectos. Oh, señor Cavanaugh...
Subí corriendo a pesar de los tacones hasta reunirme con él en un abrazo que me elevó. Cuando me hubo dejado en el suelo, miró mi corpiño desatado y una furia que no había visto antes le deshizo la sonrisa.
-¿Qué le han hecho?
-Nada, intentaba darle más tiempo.
-Alexandría... -me miraba, ¿con admiración?- Nadie habría hecho esto por mí. Gracias.
-Sigue borracho, ¿verdad? Ayúdeme a atarlo...
-No haré tal aberración. Vamos, encontremos un lugar seguro.
Corrimos mirando en cada habitación, discutiendo cuál sería más adecuada.
Encontramos un desván en el tercer piso. Había un piano viejo y una antigua cama con dosel. Lo menos importante se resumía a viejas ropas, muebles y algunos cuadros y esculturas sin aparente valor.
-Y todo esto por acostarse conmigo, ¡qué necesitado está usted! - Saqué la botella de champagne de mi cancán. No podía imaginar cómo no se había caído entre tanto alboroto. Mientras la intentaba descorchar, Drake me miró.
-¿Cree que me hubiese quedado después de lo que ha pasado si sólo quisiese una noche con usted? Es realmente ingenua, Alexandría. Deme esa botella. -Me tocó el pelo y me obligó a levantar la barbilla. -Yo no voy a hacer nada hoy. Porque deseo que haya más noches. Así, quizá me asegure su presencia en otros bailes, o furtivamente en el parque. La había visto antes, como ya le he dicho, y no va a ser una de las "Sin Nombre". Recuerdo el suyo desde que lo pedí, y siquiera fue a usted. Pero créame, si no hubiese bebido, no estaría escuchando esto.
>>Y, aunque así fuese, sé que usted se negaría. Es pícara y desobediente, incluso puede que me desee, pero no es en absoluto tonta.
Y bebió un largo trago de champagne. ¿Cuándo había descorchado la botella?
Me quedé callada unos instantes cabizbaja, pensando qué hacer o decir. Pero el silencio no resultaba incómodo. Cuando alcé la mirada lo vi abriendo un balconcito de enrejado en bronce y apoyándose sobre los codos mientras bebía. Su silueta se adivinaba a través de las cortinas de tela blanca semitransparente que ondulaban salvajes con su aroma, robado por la brisa.
-Mire la Luna, tan sola ahí arriba. Puede contemplarlo todo, pero no tocarlo. Es un castigo cruel, ¿no cree?
Asentí aunque no pudiese verme y se giró, apoyado de nuevo contra el barandado.
-No estoy dispuesto a ser el único que beba.
Me ofrecía la botella como quien ofrece lo prohibido.
Bebí y me acerqué a su boca.
-Hay licores mejores que esto. -Miré sus labios con ansia y bajó su boca hacia mi cuello.
-Beba mientras toco para usted.- Y posó un suave beso bajo mi oreja.
Caminó hacia el viejo piano con elegancia y se sentó. Una melodía triste envolvía sus apasionados dedos.
Me encontré, no se cómo, sentada sobre la tapa con los pies sobre las teclas, y su izquierda acariciando mi tobillo derecho. Tenía las manos largas y los dedos finos.
-Es tarde, señorita Evans.
-¿Me está echando?
-No, pero me preguntaba si su padre estaría esperándola.
-No sería la primera vez que me escapo.
-¿Con un hombre?
-Con un vestido y un caballo hacia el mar.
Rió y se levantó, acercándose a mi. Me di la vuelta hasta que los pies me colgaron del piano y se acomodó entre mis piernas, agarró mi cintura y rozó su nariz con la mía.
-La llevaré a casa cuando termine de besarla. Lo único que pido a cambio es volver a verla.
-Me sería imposible no concederle ese deseo, mi señor.
-Su señor... qué bien suena eso. Júremelo.
Me besó tierno, durante segundos, minutos, horas, no puedo saberlo. Pero cuando abrí los ojos y me vi enredada en el azabache de su pelo, sus fuertes brazos abrazados a mi cintura, mientras me miraba con ese brillo en su boca, esa inocencia perdida en el azul de su cielo, no dudé.
-Lo juro.
Y volví a caer en los labios del Diablo.
viernes, 1 de agosto de 2014
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