Es como flotar en un campo de estrellas que me tocan pero no queman, que me rozan y pasan de largo. Como un ente en mitad de una autopista, justo en la línea discontinua; simplemente, dejándose ser.
Mientras la ingravidez me guía, doy volteretas sobre mi misma para sentir algo parecido al roce que guardo en mis recuerdos. Soy tan etérea que apenas tengo la necesidad de respirar.
Todo gira bajo mis pies, y yo me elevo cada vez más y más alto, sin esfuerzo. Dejo caer los párpados, el cuello, me deshago sobre mi espalda como si tirasen de mi ombligo cientos de pájaros ciegos.
A veces algo cálido toca uno de mis pies, aunque no sabría decir cuál, y sube a través de mi pierna, mi rodilla, mi muslo, mi estómago, hasta llegar al pecho y atravesarme de delante hacia atrás.
Cuando lo hace, mi cuerpo reacciona envolviéndose sobre sí mismo un instante para volver a arquearse de nuevo, sintiendo algo parecido a la humedad. Aunque no sabría decir si son lágrimas, sangre o metal líquido.
Si abro los ojos veo cristales luminosos sosteniéndose a mi alrededor; a veces cortan, a veces no; a veces me recreo en sus heridas, otras me fuerzo a moverme en huída. Pero me rodean y choco contra ellos, sintiendo que no siento, o que siento demasiado. Depende del momento, depende de los pájaros ciegos.
Es una disonancia extraña. Va a días, horas, minutos o como quiera que pase el tiempo aquí.
Mi garganta está bloqueada, aunque no me apetece decir nada. Tampoco escucho, oigo o percibo sonidos que no provengan de mis órganos manteniéndome viva.
Parezco estar dentro de una burbuja de jabón, de esas que no estallan hasta chocar o que las rompan.
Plop.
Creo que es el cielo, o una especie de limbo, quizá, donde nada puede tocarme, expandiéndose en direcciones inexistentes, buscando y mordiéndose a sí mismo para crear más espacio hacia el que elevarme. Realmente no me importa, yo sigo flotando, dejando a mi cuerpo ser llevado, sin ser ama ni de mi propia consciencia.
Que alguien guíe a mis pájaros ciegos.
martes, 31 de marzo de 2015
viernes, 27 de marzo de 2015
Ahora no
-A veces pienso que naciste con treinta años y vas sumando números cada pocos meses. Tu cuerpo es joven, tu alma vieja, tu cerebro compite contra el caos de tu corazón. Piensas que has perdido, pero déjame decirte que preguntarte por qué no va a arreglar nada. De hecho, no entiendo cómo sigues en este punto si siempre tienes la solución antes de plantearte el problema. Quizá porque para ti no valen ciertas cosas. Quizá sea por todo aquello que has ido viviendo, tan distinto a lo que se suele esperar de alguien de tu edad.
>> Estás en el buen camino, pero con la perspectiva equivocada. Me da rabia que lo sepas y no lo quieras cambiar. No, no quieres; porque por poder, puedes. Has salido de agujeros más oscuros siendo menos sabia.
>> Crees que lo has hecho mal, no te permites seguir soñando porque nunca se hace realidad, por mucho que lo luches. ¿Y qué? ¿Y qué si fue mal? ¿Y qué si todo acaba saliendo mal? Lo que tienes tú no lo tienen muchos. Eres excepcional, nadie podría alcanzarte si decidieses abrir las alas y alzar el vuelo.
>> Puede que te entiendan, pero no llegan a comprender el nivel de desesperación al que has llegado. Porque no lo han vivido. Como tú no entiendes el camino de la positividad incondicional.
>> ¿De verdad querrías ser otra persona? No lo creo. No te creo cuando dices que no quieres tu bagaje. Es lo que te hace ser tan auténtica, tan tú. Incluso eso de no tener sentido del ridículo te hace hermosa. Porque no eres una de ellas. Eres libre y tú misma te encadenas. ¿Por qué? Ahí sí debieras preguntártelo. Aunque, como siempre, ya lo sabes. Pero eres tonta, no hay palabra mejor para definirte.
>> Te quiero. Te adoro. Y quiero vivir en ti. Eso es lo que deberías decirte cada mañana frente al espejo.
>>La perfección lleva tu nombre, que significa fortaleza. Y la fortaleza reside en vidas imperfectas. Así que deja de mirarte los pies y aprende a saborear una sonrisa, aunque quien te enseñó no pueda seguir haciéndolo. Supérate. Eres grande.
-¿Me vas a dejar dormir?
-¿Ahora?
-Ahora no.
>> Estás en el buen camino, pero con la perspectiva equivocada. Me da rabia que lo sepas y no lo quieras cambiar. No, no quieres; porque por poder, puedes. Has salido de agujeros más oscuros siendo menos sabia.
>> Crees que lo has hecho mal, no te permites seguir soñando porque nunca se hace realidad, por mucho que lo luches. ¿Y qué? ¿Y qué si fue mal? ¿Y qué si todo acaba saliendo mal? Lo que tienes tú no lo tienen muchos. Eres excepcional, nadie podría alcanzarte si decidieses abrir las alas y alzar el vuelo.
>> Puede que te entiendan, pero no llegan a comprender el nivel de desesperación al que has llegado. Porque no lo han vivido. Como tú no entiendes el camino de la positividad incondicional.
>> ¿De verdad querrías ser otra persona? No lo creo. No te creo cuando dices que no quieres tu bagaje. Es lo que te hace ser tan auténtica, tan tú. Incluso eso de no tener sentido del ridículo te hace hermosa. Porque no eres una de ellas. Eres libre y tú misma te encadenas. ¿Por qué? Ahí sí debieras preguntártelo. Aunque, como siempre, ya lo sabes. Pero eres tonta, no hay palabra mejor para definirte.
>> Te quiero. Te adoro. Y quiero vivir en ti. Eso es lo que deberías decirte cada mañana frente al espejo.
>>La perfección lleva tu nombre, que significa fortaleza. Y la fortaleza reside en vidas imperfectas. Así que deja de mirarte los pies y aprende a saborear una sonrisa, aunque quien te enseñó no pueda seguir haciéndolo. Supérate. Eres grande.
-¿Me vas a dejar dormir?
-¿Ahora?
-Ahora no.
jueves, 19 de marzo de 2015
Esta mañana estabas muy guapo
El lienzo en blanco y el óleo aguardando en los botes que, deformados, temen la prisión liberadora que implican mis trazos.
Vodka sobre la mesa, sin mezclar. Sólo la botella.
Me dejo arrastrar por el significado de ese color vacío, plano, tétrico. Da miedo. Es auténtico caos. No me gusta, quiero romperlo. Quiero romperme y me olvido de la paleta para exprimir el bote de azul índigo sobre la tela y desgarrarme en trazos que lo reparten desigual, con rabia, sin un patrón, allá por donde mi inconsciente lo quiere.
Debiera calmarme, pero no lo hace. Y si ese color no me calma, no me queda más arte por razonar.
Un trazo, dos. Cinco. Vodka. Trago. Mancho la botella. Arde en mi garganta.
Miro mi destrozo y vienen las sensaciones. Siento de nuevo. Puedo sentir otra vez.
Recuerdo. Recuerdo cuando me llamabas en mitad de la noche; tus venas alcohol y tu boca deseosa de contarme todas las razones de por qué te habías cabreado con tus amigos.
Óleo dorado, un pequeño tesoro que merece un rincón de mi paleta. No cambio de pincel. Soy animal de costumbres.
Esta vez las líneas tienen forma, pero no presto atención, porque eres al único a quien permito separarme de mi almohada con una llamada de madrugada.
Trago. Otro. Escupo. Me duele. Y al lienzo también.
Un millón de cartas de amor después y siquiera esto frena la espiral en la que me estoy adentrando. No es nueva, de hecho, conozco el sabor a perfeccionista entre mis dientes y la lucha contra la voluntad. Conozco tanto el borde como la línea. No me gustan. No los quiero. Como tampoco quiero sentirme bien cuando tengo hambre. No me gusta. No me gusta. No me gusta. No quiero conocer más allá de esa línea.
Extraño el contacto de tu piel contra la mía, dándome seguridad y alentándome a quererme como soy, provocándome esas ganas de comerte todos los días. Tengo hambre de ti.
Me alejo buscando otra perspectiva y descubro un gran ojo en trazos dorados en medio de la anarquía azul.
Verde. Tengo que mezclarlo con un pigmento extraído directamente del Sol para conseguir el que quiero. Este es. Este.
Relleno el ojo, negro para las pupilas y destellos que me sosiegan incluso más de lo que esperaba con el azul, color traidor donde los haya.
Cojo la botella y el largo trago me deja algo mareada, pero no me importa. Sólo quiero mi beso de buenas noches, quiero mi mensaje de las 8.52 por la mañana.
Nado entre el revoltijo que es mi maletín de colores y no encuentro nada que me guste. Atrapo algo parecido al rojo pero no me siento así ahora. Es como... como si no existiera. Nada es real. Y a ti que lo eres no debo quererte. Aunque si puedo, pienso seguir haciéndolo hasta destrozarme los huesos. Hasta que tenga que elegir entre tú o yo.
Sigo aguantando cada noche, aguanto otra noche. Aguanto otra noche.
Aguanto. Ayúdame a seguir aguantando. Bésame de nuevo.
Trago. ¿Dónde está mi color? Negro. Necesito el negro.
Intento rellenar la tela blanca, pero no llego nunca a los bordes del lienzo, por lo que sigo conservando ese vacío que en realidad no es tal pues el blanco en el arte, como en la vida, no implica inexistencia, es sólo algo intangible que nos impulsa a llenarnos.
Nadie puede vivir sin blanco, sin caos, sin vacío.
Tú lo llenas cuando estamos en la cama, hablando de la vida y arreglando el mundo, criticando y retándonos el uno al otro, haciendo el amor, la guerra y desordenándonos la vida. Esas noches no me quiero dormir, pues sería perder segundos contigo.
Dormir es una pérdida de tiempo.
Hay algo mal, algo no cuadra. Lo siento en mi. Hay algo que no, no está bien. Demasiado caos, me siento enferma y no tengo diagnóstico que me asegure que haya cura o decadencia.
Entro en la autodestrucción y encuentro que he manchado todos mis pinceles. ¿Cuándo ha pasado?
Pierdo la noción del tiempo, pasa muy deprisa.
O muy despacio.
No estoy segura.
Presión. Siento presión a mi alrededor. Trago.
Trago. Uno, dos, tres. Sigo tragando.
Tengo miedo de mi. Pero quiero volver a verte y practicar contigo. Todas las veces que pueda. Prometo que no me volverás a ver llorar.
Hazme sentir otra vez.
No me gusta, no me gusto. El rojo me llama, me llama para destruir todo aquello que me ha hecho ser lo que tú llamaste "ejemplo de superación". No lo quiero conmigo.
Destrózalo por mi o ayúdame a cortar las venas que lo alimentan con un cuchillo como el de mis miradas.
"Y esos ojos que al mirar casi hacen daño", dijo Platero y Tú. Así eran los míos hasta que te adentraste de nuevo en mí, un año y dos meses después de la primera vez, ahora hace tres años.
Mancho de rojo el cuadro con trazos largos y gruesos, tachando, ocultando, dejándome llevar por la furia, la irritación y la desidia. El hastío de limitarme a existir se apodera de mi diestra que, violenta, casi logra rasgar la tela.
Los colores se mezclan y desaparece la aparente intención de las pinceladas.
Botella en mano, pongo distancia con el lienzo y me empapo de lo que parece ser una broma; pues lo único que permanece, aun habiendo destrozado el rededor, es un ojo dorado y verde que sigue iluminando la pintura como si el rojo de mi autodestrucción no le hubiese pasado por encima.
Unas extrañas convulsiones que advierto en mi estómago me sorprenden al descubrir lo que son en realidad: carcajadas silenciosas.
¿Me río? ¿Yo?
¿Cuando empecé a reír? Ah, sí... mierda. Otra vez tú, bendito.
Me acerco a mi bizarra obra y me siento artista, pero no de mi vida. Soy maestra de tragedias, remiendo rotos y arreglo cosas. Soy capaz de todo. Puedo superarlo todo, excepto a mi misma.
Yo soy mi causa perdida, mi mejor y peor obra, mi única salida y la peor de mis pesadillas.
Qué irónico, ser artista: que otro sea la belleza propia.
Sonrío. Y es una sonrisa que conozco. Nunca llega a los ojos. La considero marca registrada.
La botella casi está vacía y comienzo a sentirme etérea, más irreal que nunca.
Los cierro. Me escuece la humedad deshaciendo mi maquillaje. Intento apagarme como si tuviese un interruptor en el cerebro. Me apago. Lo intento pero... el Sol, de nuevo. Te necesito.
Esta mañana estabas muy guapo, con tu pelo despeinado y tu boca adormecida; tus andares distraídos y la capucha de tu jersey descansando sobre el peso que llevas a la espalda.
Luego me he despertado.
Voy a volar, pronto. Vuela conmigo, vámonos los dos y que le den al mundo.
Pero no me quieres lo suficiente.
Uno, dos, tres.
Trago.
Vodka sobre la mesa, sin mezclar. Sólo la botella.
Me dejo arrastrar por el significado de ese color vacío, plano, tétrico. Da miedo. Es auténtico caos. No me gusta, quiero romperlo. Quiero romperme y me olvido de la paleta para exprimir el bote de azul índigo sobre la tela y desgarrarme en trazos que lo reparten desigual, con rabia, sin un patrón, allá por donde mi inconsciente lo quiere.
Debiera calmarme, pero no lo hace. Y si ese color no me calma, no me queda más arte por razonar.
Un trazo, dos. Cinco. Vodka. Trago. Mancho la botella. Arde en mi garganta.
Miro mi destrozo y vienen las sensaciones. Siento de nuevo. Puedo sentir otra vez.
Recuerdo. Recuerdo cuando me llamabas en mitad de la noche; tus venas alcohol y tu boca deseosa de contarme todas las razones de por qué te habías cabreado con tus amigos.
Óleo dorado, un pequeño tesoro que merece un rincón de mi paleta. No cambio de pincel. Soy animal de costumbres.
Esta vez las líneas tienen forma, pero no presto atención, porque eres al único a quien permito separarme de mi almohada con una llamada de madrugada.
Trago. Otro. Escupo. Me duele. Y al lienzo también.
Un millón de cartas de amor después y siquiera esto frena la espiral en la que me estoy adentrando. No es nueva, de hecho, conozco el sabor a perfeccionista entre mis dientes y la lucha contra la voluntad. Conozco tanto el borde como la línea. No me gustan. No los quiero. Como tampoco quiero sentirme bien cuando tengo hambre. No me gusta. No me gusta. No me gusta. No quiero conocer más allá de esa línea.
Extraño el contacto de tu piel contra la mía, dándome seguridad y alentándome a quererme como soy, provocándome esas ganas de comerte todos los días. Tengo hambre de ti.
Me alejo buscando otra perspectiva y descubro un gran ojo en trazos dorados en medio de la anarquía azul.
Verde. Tengo que mezclarlo con un pigmento extraído directamente del Sol para conseguir el que quiero. Este es. Este.
Relleno el ojo, negro para las pupilas y destellos que me sosiegan incluso más de lo que esperaba con el azul, color traidor donde los haya.
Cojo la botella y el largo trago me deja algo mareada, pero no me importa. Sólo quiero mi beso de buenas noches, quiero mi mensaje de las 8.52 por la mañana.
Nado entre el revoltijo que es mi maletín de colores y no encuentro nada que me guste. Atrapo algo parecido al rojo pero no me siento así ahora. Es como... como si no existiera. Nada es real. Y a ti que lo eres no debo quererte. Aunque si puedo, pienso seguir haciéndolo hasta destrozarme los huesos. Hasta que tenga que elegir entre tú o yo.
Sigo aguantando cada noche, aguanto otra noche. Aguanto otra noche.
Aguanto. Ayúdame a seguir aguantando. Bésame de nuevo.
Trago. ¿Dónde está mi color? Negro. Necesito el negro.
Intento rellenar la tela blanca, pero no llego nunca a los bordes del lienzo, por lo que sigo conservando ese vacío que en realidad no es tal pues el blanco en el arte, como en la vida, no implica inexistencia, es sólo algo intangible que nos impulsa a llenarnos.
Nadie puede vivir sin blanco, sin caos, sin vacío.
Tú lo llenas cuando estamos en la cama, hablando de la vida y arreglando el mundo, criticando y retándonos el uno al otro, haciendo el amor, la guerra y desordenándonos la vida. Esas noches no me quiero dormir, pues sería perder segundos contigo.
Dormir es una pérdida de tiempo.
Hay algo mal, algo no cuadra. Lo siento en mi. Hay algo que no, no está bien. Demasiado caos, me siento enferma y no tengo diagnóstico que me asegure que haya cura o decadencia.
Entro en la autodestrucción y encuentro que he manchado todos mis pinceles. ¿Cuándo ha pasado?
Pierdo la noción del tiempo, pasa muy deprisa.
O muy despacio.
No estoy segura.
Presión. Siento presión a mi alrededor. Trago.
Trago. Uno, dos, tres. Sigo tragando.
Tengo miedo de mi. Pero quiero volver a verte y practicar contigo. Todas las veces que pueda. Prometo que no me volverás a ver llorar.
Hazme sentir otra vez.
No me gusta, no me gusto. El rojo me llama, me llama para destruir todo aquello que me ha hecho ser lo que tú llamaste "ejemplo de superación". No lo quiero conmigo.
Destrózalo por mi o ayúdame a cortar las venas que lo alimentan con un cuchillo como el de mis miradas.
"Y esos ojos que al mirar casi hacen daño", dijo Platero y Tú. Así eran los míos hasta que te adentraste de nuevo en mí, un año y dos meses después de la primera vez, ahora hace tres años.
Mancho de rojo el cuadro con trazos largos y gruesos, tachando, ocultando, dejándome llevar por la furia, la irritación y la desidia. El hastío de limitarme a existir se apodera de mi diestra que, violenta, casi logra rasgar la tela.
Los colores se mezclan y desaparece la aparente intención de las pinceladas.
Botella en mano, pongo distancia con el lienzo y me empapo de lo que parece ser una broma; pues lo único que permanece, aun habiendo destrozado el rededor, es un ojo dorado y verde que sigue iluminando la pintura como si el rojo de mi autodestrucción no le hubiese pasado por encima.
Unas extrañas convulsiones que advierto en mi estómago me sorprenden al descubrir lo que son en realidad: carcajadas silenciosas.
¿Me río? ¿Yo?
¿Cuando empecé a reír? Ah, sí... mierda. Otra vez tú, bendito.
Me acerco a mi bizarra obra y me siento artista, pero no de mi vida. Soy maestra de tragedias, remiendo rotos y arreglo cosas. Soy capaz de todo. Puedo superarlo todo, excepto a mi misma.
Yo soy mi causa perdida, mi mejor y peor obra, mi única salida y la peor de mis pesadillas.
Qué irónico, ser artista: que otro sea la belleza propia.
Sonrío. Y es una sonrisa que conozco. Nunca llega a los ojos. La considero marca registrada.
La botella casi está vacía y comienzo a sentirme etérea, más irreal que nunca.
Los cierro. Me escuece la humedad deshaciendo mi maquillaje. Intento apagarme como si tuviese un interruptor en el cerebro. Me apago. Lo intento pero... el Sol, de nuevo. Te necesito.
Esta mañana estabas muy guapo, con tu pelo despeinado y tu boca adormecida; tus andares distraídos y la capucha de tu jersey descansando sobre el peso que llevas a la espalda.
Luego me he despertado.
Voy a volar, pronto. Vuela conmigo, vámonos los dos y que le den al mundo.
Pero no me quieres lo suficiente.
Uno, dos, tres.
Trago.
martes, 17 de marzo de 2015
lunes, 9 de marzo de 2015
Me gustas más cuando estás desnudo
¿Que qué hago mientras duermes?
Verte.
No mirarte, observarte o contemplarte, sino verte.
Empiezo fisgando el sutil movimiento de tus pestañas, por si me sorprendes embelesada imaginando la luz dorada de tus ojos verdes fija en los míos así, como cuando te quito el sitio en el sofá; de gato receloso a ternura inmensa, y con ella el acecho del puma hambriento. Y me cazas. Y me muerdes. Y me tragas.
Luego acaricio el lóbulo de tu oreja y jugueteo con el acero de tus dos aros para sentir raspar tu barba cuando bajo por la línea de la mandíbula hasta la barbilla. Entonces abro mi mano y exploro cada poro de tu mejilla, una y otra vez. Empiezas a respirar más lento, más calmo, a través de tu nariz recta y sexy. Porque es sexy. Como tu boca, que tiembla imperceptiblemente bajo mis dedos. A veces la abres y la vuelves a cerrar, y temo haberte despertado. Pero cuando suspiras, profundo, me permito continuar
con mi paseo. Son suaves, tus labios: el superior da fe de tu dureza, de tus corazas y pensamientos más oscuros, de tu pasado, tu presente y lo que esperas en el futuro; en cambio, el inferior es dulce y sabe a las cinco letras de tu nombre un domingo por la tarde, es con el que me frustras y me calmas. Nunca sabrás lo que me gusta morder ese labio. Sé que guarda tus dientes... que no puedo describir con palabras. Es una sonrisa que calma y seduce, que desgarra y sana, que desea y llama, que reta y gana.
Entonces me acerco más, si cabe, y temerosa te beso. Te revuelves y me abrazas. Sigues ignorante, pero para mi ese gesto es un mundo. Y soy feliz.
Me río muy bajito, para no despertarte, porque te quiero descansando. Sí, descansando de todo. De la vida que te ha tocado y que quiero seguir viviendo contigo, aunque me destroce. Me da igual, mejor que me hundas tú a ser yo la que me despedace con todo aquello que conoces. "Húndeme contigo", te susurro. Y lloro en silencio para que no te enteres nunca.
No te mueves. ¿Debiera tomármelo como una señal? Quizá sí.
En la oscuridad, tu pelo parece más negro que castaño oscuro, así que te peino con cuidado, para que te sientas amado en sueños. Mi único temor en ese instante es no volver a hacerlo.
Vuelvo a tu rostro, a tu perfil, porque te has movido. Tienes rasgos arábicos, como yo.
Curioseo tu cuello, que me lleva a tu pecho medio escondido entre
las sábanas. Lo custodia un prado de vello tan oscuro como tu barba. Es natural. Es sexual. Sube y baja al compás de los ronquidos que han empezado a salir de tu garganta. Es mi señal para volver a rascarte la nuca.
Dejas de roncar mientras te giras hacia
mi. Me encuentro respirando tu respiración y casi me duermo.
A veces juego contigo, porque cuando te toco respiras paz y cuando me aparto vuelves a tus gruñidos. Otras hablas, enfadado o recordando tu día, jurando o diciéndome esas cosas que no te recuerdo por si te retractas.
Son tres horas que pasan como tres segundos, y despiertas. Y tu despertar no es consciente de esa ligera sonrisa que jamás admitirías cuando me descubres
mirándote. Es otro mundo. No hay nada más fuera. Estás tú y tu ceño fruncido, y tu bostezo y tu "a dormir" mientras te das la vuelta y cierras las únicas estrellas que quiero que me alumbren. Tú eres el Sol.
Sigo las líneas de tu espalda, de los tatuajes y los músculos, tensos. Demasiado. Quiero relajarlos a besos y aceite de Argán. No quiero salir de la cama. Nunca. Porque mi pregunta ya no es "¿el martes o el jueves?" y tu respuesta ya no es "si quieres, los dos", ahora reina el "¿lo volveré a ver
?".
Cuando te giras, curioso, me doy cuenta de que no quiero despertarme sola ni con nadie más. Me calma dormir contigo, tu aroma, acompasar mi respiración con la tuya, a pesar de su celeridad. Me serenas. Fue la primera noche que no tuve pesadillas desde hacía meses. Meses que te he tenido presente en mis sueños cada noche, para bien y para mal, en cada sentido que un humano medio pueda imaginar.
Pero
tú, tú eres excepcional... e inestable.
¿Que qué hice esas tres horas
despierta? Rogarte sin arrodillarme, rezar sin religión y esperar desesperada. Incluso entenderte sin creerte.
¿De verdad volverás?
Yo estoy aquí, aunque me eches. Porque merecería la pena tras este
año de idas y venidas. Y tu cuerpo lo sabe, aunque tú no.
Eres hielo frágil bajo
mis pies.
Verte.
No mirarte, observarte o contemplarte, sino verte.
Empiezo fisgando el sutil movimiento de tus pestañas, por si me sorprendes embelesada imaginando la luz dorada de tus ojos verdes fija en los míos así, como cuando te quito el sitio en el sofá; de gato receloso a ternura inmensa, y con ella el acecho del puma hambriento. Y me cazas. Y me muerdes. Y me tragas.
Luego acaricio el lóbulo de tu oreja y jugueteo con el acero de tus dos aros para sentir raspar tu barba cuando bajo por la línea de la mandíbula hasta la barbilla. Entonces abro mi mano y exploro cada poro de tu mejilla, una y otra vez. Empiezas a respirar más lento, más calmo, a través de tu nariz recta y sexy. Porque es sexy. Como tu boca, que tiembla imperceptiblemente bajo mis dedos. A veces la abres y la vuelves a cerrar, y temo haberte despertado. Pero cuando suspiras, profundo, me permito continuar
con mi paseo. Son suaves, tus labios: el superior da fe de tu dureza, de tus corazas y pensamientos más oscuros, de tu pasado, tu presente y lo que esperas en el futuro; en cambio, el inferior es dulce y sabe a las cinco letras de tu nombre un domingo por la tarde, es con el que me frustras y me calmas. Nunca sabrás lo que me gusta morder ese labio. Sé que guarda tus dientes... que no puedo describir con palabras. Es una sonrisa que calma y seduce, que desgarra y sana, que desea y llama, que reta y gana.Entonces me acerco más, si cabe, y temerosa te beso. Te revuelves y me abrazas. Sigues ignorante, pero para mi ese gesto es un mundo. Y soy feliz.
Me río muy bajito, para no despertarte, porque te quiero descansando. Sí, descansando de todo. De la vida que te ha tocado y que quiero seguir viviendo contigo, aunque me destroce. Me da igual, mejor que me hundas tú a ser yo la que me despedace con todo aquello que conoces. "Húndeme contigo", te susurro. Y lloro en silencio para que no te enteres nunca.
No te mueves. ¿Debiera tomármelo como una señal? Quizá sí.
En la oscuridad, tu pelo parece más negro que castaño oscuro, así que te peino con cuidado, para que te sientas amado en sueños. Mi único temor en ese instante es no volver a hacerlo.
Vuelvo a tu rostro, a tu perfil, porque te has movido. Tienes rasgos arábicos, como yo.
Curioseo tu cuello, que me lleva a tu pecho medio escondido entre
las sábanas. Lo custodia un prado de vello tan oscuro como tu barba. Es natural. Es sexual. Sube y baja al compás de los ronquidos que han empezado a salir de tu garganta. Es mi señal para volver a rascarte la nuca.Dejas de roncar mientras te giras hacia
mi. Me encuentro respirando tu respiración y casi me duermo.A veces juego contigo, porque cuando te toco respiras paz y cuando me aparto vuelves a tus gruñidos. Otras hablas, enfadado o recordando tu día, jurando o diciéndome esas cosas que no te recuerdo por si te retractas.
Son tres horas que pasan como tres segundos, y despiertas. Y tu despertar no es consciente de esa ligera sonrisa que jamás admitirías cuando me descubres
mirándote. Es otro mundo. No hay nada más fuera. Estás tú y tu ceño fruncido, y tu bostezo y tu "a dormir" mientras te das la vuelta y cierras las únicas estrellas que quiero que me alumbren. Tú eres el Sol.Sigo las líneas de tu espalda, de los tatuajes y los músculos, tensos. Demasiado. Quiero relajarlos a besos y aceite de Argán. No quiero salir de la cama. Nunca. Porque mi pregunta ya no es "¿el martes o el jueves?" y tu respuesta ya no es "si quieres, los dos", ahora reina el "¿lo volveré a ver
?".Cuando te giras, curioso, me doy cuenta de que no quiero despertarme sola ni con nadie más. Me calma dormir contigo, tu aroma, acompasar mi respiración con la tuya, a pesar de su celeridad. Me serenas. Fue la primera noche que no tuve pesadillas desde hacía meses. Meses que te he tenido presente en mis sueños cada noche, para bien y para mal, en cada sentido que un humano medio pueda imaginar.
Pero
tú, tú eres excepcional... e inestable.¿Que qué hice esas tres horas
despierta? Rogarte sin arrodillarme, rezar sin religión y esperar desesperada. Incluso entenderte sin creerte.¿De verdad volverás?
Yo estoy aquí, aunque me eches. Porque merecería la pena tras este
año de idas y venidas. Y tu cuerpo lo sabe, aunque tú no.Eres hielo frágil bajo
mis pies.
viernes, 6 de marzo de 2015
Mente y consejos Vs. Autoprotección
No pienses. No pienses ahora
, sobria. No pienses que "es lo mismo de siempre, lo que le pasa es muy fuerte, pero pasajero. Si no está contigo es porque no le sale de los cojones por mucho que diga que te quiere." No pienses que tal vez tengan razón. No pienses con esa parte del cerebro que te dice que es cierto, esa que no se ha creído nada.
No pienses, ¿me escuchas? No lo hagas.
No pienses en todo aquello que te ha dicho ni en lo bien que habéis pasado el día, como
si todo fuese casi como lo fue. No lo pienses porque entonces, todo se reducirá a esa conversación.
Y debe reducirse a hechos.
No pienses. Porque pensando jamás has superado nada.
Y, sobre todo, "no te esperes nada de lo que te ha dicho, tú sigue como antes
y que diga misa: siempre tiene
alguna excusa."
Qué razón tiene y cómo odio que la tenga. Ojalá mi mente tampoco la creyera a ella.
Porque quiero creerte a ti. Y creerme eso de que lo quieres todo y que te vendrías conmigo, eso de cuando esto pase volverás a por ese todo, porque soy perfecta para
ti.
Es que necesito creerte a ti. Pero ese "que te sirva para darte aún más cuenta
de lo que hay" suyo es más real que lo que tú me prometes.
Quizá sea que te quiero más de lo que tú me quieres; incluso más de lo que tú te quieres, y mira que es difícil.
No pienses.
Te creo, pero no me cuadra; o te entiendo, pero no te creo. No lo sé.
No pienses.
Me quieres, pero me apartas.
No pienses.
Que te irás.
No pienses.
Que lo quieres y lo querrás, pero no ahora.
No pienses.
Que vendrás a por ello.
No pienses.
Mi "vente conmigo, y nos vamos los dos."
No pienses.
Que quieres que te crea.
No pienses.
Joder, esa última mirada antes de cerrar la puerta de tu casa...
, sobria. No pienses que "es lo mismo de siempre, lo que le pasa es muy fuerte, pero pasajero. Si no está contigo es porque no le sale de los cojones por mucho que diga que te quiere." No pienses que tal vez tengan razón. No pienses con esa parte del cerebro que te dice que es cierto, esa que no se ha creído nada.No pienses, ¿me escuchas? No lo hagas.
No pienses en todo aquello que te ha dicho ni en lo bien que habéis pasado el día, como
si todo fuese casi como lo fue. No lo pienses porque entonces, todo se reducirá a esa conversación.Y debe reducirse a hechos.
No pienses. Porque pensando jamás has superado nada.
Y, sobre todo, "no te esperes nada de lo que te ha dicho, tú sigue como antes
y que diga misa: siempre tiene
alguna excusa."Qué razón tiene y cómo odio que la tenga. Ojalá mi mente tampoco la creyera a ella.
Porque quiero creerte a ti. Y creerme eso de que lo quieres todo y que te vendrías conmigo, eso de cuando esto pase volverás a por ese todo, porque soy perfecta para
ti.Es que necesito creerte a ti. Pero ese "que te sirva para darte aún más cuenta
de lo que hay" suyo es más real que lo que tú me prometes.Quizá sea que te quiero más de lo que tú me quieres; incluso más de lo que tú te quieres, y mira que es difícil.
No pienses.
Te creo, pero no me cuadra; o te entiendo, pero no te creo. No lo sé.
No pienses.
Me quieres, pero me apartas.
No pienses.
Que te irás.
No pienses.
Que lo quieres y lo querrás, pero no ahora.
No pienses.
Que vendrás a por ello.
No pienses.
Mi "vente conmigo, y nos vamos los dos."
No pienses.
Que quieres que te crea.
No pienses.
Joder, esa última mirada antes de cerrar la puerta de tu casa...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)