Ferrara conducía rápido mientras hundía el mentón en el cuello de su jersey negro. Las ruedas apenas acariciaban el suelo, cruzando el umbral de lo letal. Sumido en el sonido de sus pensamientos fruncía los labios, evitando ver en el retrovisor la moto que lo perseguía.
El corcel negro rugía bajo sus muslos, advirtiéndola de la necesidad de cubrirse los rizos con un casco que no podría salvar su vida en el momento en que perdiese el control.
El coche aceleró hasta el límite. Las curvas de la carretera permitían a la moto ganar espacio tras Ferrara. Apenas a dos metros, Serena aprovechó el espacio que el joven no pudo cerrar en la curva y se colocó a la altura de la puerta trasera. Podía sentir su perfume evaporándose a través de la ventanilla.
Los ojos verdes la observaron fijos a través del espejo, dejando a sus manos conducir por instinto. Si uno frenaba, la vida de ambos mancharía el asfalto. En aquel instante todo quedaba a ciegas, dependían únicamente de la confianza.
El camino se hacía estrecho, obligando a Serena a quedar a menos de diez centímetros de la carrocería plateada del coche. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a bajar la velocidad pues, de hacerlo, habrían de frenar juntos para retomar el camino siguiendo unas reglas que no necesitaban. Era sencillo. Podrían recorrerlo con los ojos vendados, que cualquier bache sería una pequeña piedra de arenisca.
-Ferrara... - El inesperado susurro irrumpió en la cabeza del muchacho, desconcentrándolo. Su frustración se vio reflejada en un peligroso movimiento que apenas pudo controlar.
-No puedo.
A lo lejos, una silueta irreconocible se mantenía erguida, inmóvil. Serena podría esquivarla con facilidad, pero el coche apenas tendría margen de movimiento si quería salvar el obstáculo que veía impuesto.
La muchacha lo miró en el segundo antes de maniobrar para quedar justo delante de Ferrara, cuando este ya había decidido desacelerar nada más cruzarse con la miel de sus ojos.
Se agachó sobre el manillar, recordando la elegancia de la pantera que latía dentro de su cazadora de cuero y, enseñando los dientes, aceleró consciente de que ya no había vuelta atrás.
Ferrara gritó, retomando la carrera, pero su voz quedó mitigada por el ensordecedor ruido de la moto de Serena ante él. Podía sentir sus intenciones aun sin saber ella lo que estaba a punto de hacer. Era puro reflejo, llevada por un instinto que no comprendía. Los ojos verdes quisieron darle ventaja al encender las luces largas, pero la noche ya había decidido por los dos.
Si él no podía sortear la figura, sería ella quien la quitase del camino.
Frenó en un derrape justo antes de ver que no era más que la sombra de algo que no tuvo tiempo de descubrir, dando vueltas sobre sí misma, quemando su piel contra el ardiente asfalto. Escuchó el brutal frenazo de Ferrara antes de quedar quieta sobre su brazo izquierdo.
Todo se tornó borroso. Unas manos masculinas la giraron para alzar su cuello y colocarlo con delicadeza sobre lo que creyó un hombro. Cuando recobró la consciencia plena, sintió un líquido cálido acariciar su rostro, del mismo color del que bañaba los labios del moreno.
Ferrara alzó la mirada en busca de la inexistente silueta, pero sólo pudo ver cómo el combustible de la moto goteaba a unos metros, frágil, muy cerca del humeante capó de su coche.
-Debiste haber frenado.
-Debiste haberme dejado montar en el coche.
Apartó un rizo negro de su boca para dejarla reír, deshaciéndose en un abrazo mientras aspiraba el olor de su pelo. Antes de fijar su mirada en ella, abrió la boca para hablar, pero fue la voz de Serena la que interrumpió el tímido silencio en el que la noche los envolvía.
-Déjame arder.
Ferrara sonrió, permitiéndola ser feliz antes de que la explosión los consumiese.