lunes, 27 de octubre de 2014

El temor al pretérito imperfecto

Es quedarte atrapada en el silencio, escuchando tu respiración. Porque respirar, respiras; sólo porque prometiste seguir haciéndolo.
Es dejar la luz encendida por si la negrura de la habitación propicia el regreso de tus propios pensamientos.
Es el sabor a pretérito imperfecto, que tanto aterra a las cuerdas vocales. Ya no saben sino temblar en callados quejidos.
Es ese olor a madera almizclada, que temes te inunde y no puedas reprimir llover por dentro.
Es ese jarabe que dura unas horas y, cuando te crees curado, decide dejar de hacer efecto. Y es peor la recaída. 
Es pisotear una colilla y que siga ardiendo. Maldita lucha interna.
Dicen que todo sana pero, ¿qué pasa cuando has vivido siempre enferma? Y te has creído con fuerzas; y has creído que funciona esa vacuna de cinco letras. 
Nada puede contra el monstruo que vive interno.
Ay, silencio. Cuánto te amé y cuánto te temo. 

miércoles, 22 de octubre de 2014

Espejito, espejito mágico

Esa rabia roja que palpita en tu yugular. Ese óxido que recorre el interior de tu cuerpo destrozándote las venas. Es esa ventisca helada en los ojos; ese coraje ardiendo en tu garganta, luchando por salir en gruñidos aterradores.
Es querer partir los labios de un puñetazo firme y seco. Limpio. Y que sangre todo el dolor que llevas dentro, la ira que te consume, que te frustra y corroe, que desgarra con la letalidad del tigre.
Es un oso hambriento acechándote en cada esquina; un león vengativo intentando no llamar la atención. Es no creer en el Diablo al temer que inicie una guerra por sentirse amenazado ante la magnitud de tu cólera.
Ejércitos de hienas hambrientas. Los colmillos de una pantera enjaulada.
Es apuñalar cada segundo, cada hora, cada silencio y sentir el estallido del orgullo, digno y furioso, en las puntas de los dedos.
Tormentas de arena y fuego. Abandonarte al instinto más primario.
Estar la límite de las fuerzas: los sentidos comienzan a fallar de tanto retener la paciencia dentro del pecho, de tirar. La boca ya no sabe lo que es hablar, porque siquiera grita; berrea.
Escupir humo negro y saborear hiel cada vez que la lengua toca el paladar. Envenenarse cada vez que la muerdes.
Vestirse de fuego y apagarlo en un caminar homicida. Impotencia de mil demonios.
Te odio. Te odio, te odio, te odio.
Destrozas sin querer enteder. Destrozas. Y no te das cuenta.
Pues destrózame, joder. Pero arréglame después.
Y aún así te quiero. ¿Qué coño te pasa que no me dejas quererte?

El espejo nunca responde, aun cuando sus cristales rasgan la piel de tus nudillos.

martes, 21 de octubre de 2014

"Parece que sonríes..." Y me mira la boca, sonriendo

Así, cuando dibujas el contorno de las estrellas y el olor de tu ropa me despierta de madrugada. Así. Así me calmas, así me llenas. Así me pierdo.

lunes, 13 de octubre de 2014

¿Sabes, Pierre?

¿Sabes, Pierre? Hoy he vuelto a soñar con él. Sí, sé lo que estás pensando. Pero me preguntó si podía acompañarme al río a ver los fuegos artificiales. Sabe que los adoro, que tienen esa magia especial, inconcebible para la imaginación; que hay que verlos para sentir ese bombeo inexplicable de "no sé qué" a través de las venas, ese que te hace dormir o despertar.
También me preguntó si había ido a las ferias, ya sabes... aunque me pongan triste. Él quería llevarme al "saltamontes" porque sabe que es mi atracción favorita.
Luego le dije que había montado y sonrió. Sí, así como tú sabes, como diciendo "tienes algo que me apetece."
Ay Pierre, ¿qué voy a hacer? Si cada vez que se cuela en mi inconsciente hace mecer estruendosas tormentas a través de mis venas.
Y no quiero adentrarme en sus ojos porque es el único capaz de convencerme.
Pero sé, amigo Pierre, que esta noche los veré desde mi terraza, sentada en soledad en el césped, sonriendo al secar lágrimas de silenciosa emoción.
Los fuegos artificiales... quién subiese tan alto como ellos.

martes, 7 de octubre de 2014

Fuera

Me muerdo las uñas, ennegrecidas. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo.
Crujo mis nudillos. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo.
Oigo un ruido, creo que se ha caído una piedra. Me acerco gateando a los barrotes que separan mi cueva de húmeda roca de... de algo. De fuera, creo. No recuerdo qué es "fuera."
Los agarro con fuerza y apoyo mi frente y mis mejillas, mirando ansiosa el angosto pasadizo de piedra que no recuerdo a dónde lleva. Fuera, creo.
No escucho nada más, así que vuelvo con mis pinturas. Encuentro un espacio en la pared del frente, cerca de una esquina. Me recoloco el trapo que cubre mi desnudez: estoy sucia, desnutrida y tengo sed.
Cojo la cera verde y empiezo mi dibujo. He pintado ojos verdes por toda mi jaula, ya casi no tengo espacio.
Me crujo un dedo. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo.
Sé que susurro algo, pero no soy consciente de lo que digo. Creo que no es mi voz, sólo es un sonido que sale de mi boca. Dice "alguien vendrá por mi." Mi boca siempre dice eso. Y mis dedos tiemblan.
El ruido. Lo he vuelto a oír.
-Eh.
Una patada impacta contra uno de los barrotes, el que tiene una mancha de óxido en forma de corazón. Me gustan los corazones. Y los ojos verdes.
Me arrastro un metro para incorporarme y me encaramo al frío hierro.
-¿Tienes hambre?
Asiento con brío para recibir rápido mi pata de pollo rancia y fría. Me gusta el pollo. Recuerdo haberlo probado con patatas.
Me deja un cuenco como el de los perros junto a la jaula. Alargo la mano, mirándolo. Espero que no me lo quite. Hoy no hay pollo. Creo que es... ¡sí! Son tres bolas de carne con una salsa roja que no sabe a tomate. Debe de ser viernes.
También ha traído una botella de plástico y me la ofrece para que beba. Nunca me deja cogerla. Me da de beber mientras busca algo en su bolsillo. Creo que es otra pintura. Se me está acabando la negra. Tengo negra, verde y amarilla. Me gusta la amarilla, es ambarina, como mis ojos. Creo.
Pero no es otra cera, es un peine. A veces arregla mis rizos, erizados y nudosos, para adecentarme un poco.
Se va y yo me quedo mirando al vacío.
"Alguien vendrá por mi. Alguien vendrá por mi. Alguien vendrá por mi."
Sigo dibujando. Al día siguiente no hay comida. Ni al siguiente. Lamo una pared húmeda. Tengo mucha sed.
Pasan algunos días, o eso creo. He encontrado una gotera y sale agua. No sé si me sienta bien, estoy mareada.
Oigo otra vez el ruido y salto hacia los barrotes.
"Alguien vendrá por mi. Alguien vendrá por mi. Alguien vendrá por mi."
Silencio.
Me crujo los nudillos. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo.
El ruido.
Otra vez. Son pasos. Creo que los conozco. Son distintos, pero algo en mi memoria hace que el corazón me lata de forma familiar. Se acerca. Lo siento. Reconozco esa voz. Creo que dice mi nombre. ¡Sí! Ese es mi nombre. Y lo dice él. ¿Cuándo viene? Quiero que se acerque. Quiero verlo.
Aparece algo encorvado, como con miedo. No quiero que me tema.
Lo miro con silencioso pasmo, embelesada por esos ojos verdes. Son más bonitos que mis ceras.
Abre la jaula con cuidado, dejándome espacio para salir, pero yo me quedo arrinconada en la pared.
No me tiende la mano, sólo se queda ahí de pie, mirándome con fijeza. Creo que intuye que estoy asustada, que no conozco fuera.
Mi boca ha callado, pero esa misma voz dice algo en mi cabeza, algo que suena a "ahí está mi milagro." No me gusta. No creo en los milagros. No hay milagros para mi.
Entonces, él habla:
-¿Sabes lo improbable que es que exista alguien como tú? -Me sonríe. Esa sonrisa, la conozco. - Sal fuera.
Fuera.
Sí, quiero ir con él. Quiero fuera.
Me levanto torpemente y me acerco intentando no hacer ruido, no quiero que se asuste y se vaya. Me aliso el trapo que cubre mis vergüenzas e intento arreglarme los rizos. Quiero estar guapa.
Mis pies me acercan a él y ansío tocarle, pero no sé si hacerlo.
Toma mi mano y me conduce a través del túnel. Creo que no me habían cogido de la mano nunca, pero no logro recordarlo. Es una sensación extraña. Me gusta. Es seguro. No quiero que me suelte. Jamás.
"Que no me suelte. Que no me suelte. Que no me suelte."
La luz del Sol nos espera al final de las escaleras, que subimos sin prisa, con la lentitud que caracteriza a la incertidumbre.
"Que no me suelte. Que no me suelte. Que no me suelte."
Llegamos fuera. Él se gira para mirarme y se aleja dejándome allí, junto a la entrada.
Me está enseñando fuera, pero no sé si quiere que lo siga. Decido quedarme, esperando una señal. Pero ahí estamos, el uno frente al otro, sin saber qué hacer.
Me muerdo las uñas. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo. Alguna vez sé que fueron largas y bonitas, tal vez pintadas de algún color.
¿Qué se hace fuera?
Me mira, y eso es suficiente. Sé que es suficiente y, de repente, deja de doler... y aterra.
Aterra porque no sé qué se hace fuera y no quiero volver a la jaula, duerma donde duerma, cueste lo que cueste. No quiero fallarle. No quiero que se asuste. Quiero pintar sus ojos verdes. ¿Qué se hace fuera?
Tengo miedo, pero me quedo, que siga ahí es suficiente.
Me gusta fuera.