Me muerdo las uñas, ennegrecidas. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo.
Crujo mis nudillos. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo.
Oigo un ruido, creo que se ha caído una piedra. Me acerco gateando a los barrotes que separan mi cueva de húmeda roca de... de algo. De fuera, creo. No recuerdo qué es "fuera."
Los agarro con fuerza y apoyo mi frente y mis mejillas, mirando ansiosa el angosto pasadizo de piedra que no recuerdo a dónde lleva.
Fuera, creo.
No escucho nada más, así que vuelvo con mis pinturas. Encuentro un espacio en la pared del frente, cerca de una esquina. Me recoloco el trapo que cubre mi desnudez: estoy sucia, desnutrida y tengo sed.
Cojo la cera verde y empiezo mi dibujo. He pintado ojos verdes por toda mi jaula, ya casi no tengo espacio.
Me crujo un dedo. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo.
Sé que susurro algo, pero no soy consciente de lo que digo. Creo que no es mi voz, sólo es un sonido que sale de mi boca. Dice "alguien vendrá por mi." Mi boca siempre dice eso. Y mis dedos tiemblan.
El ruido. Lo he vuelto a oír.
-Eh.
Una patada impacta contra uno de los barrotes, el que tiene una mancha de óxido en forma de corazón. Me gustan los corazones. Y los ojos verdes.
Me arrastro un metro para incorporarme y me encaramo al frío hierro.
-¿Tienes hambre?
Asiento con brío para recibir rápido mi pata de pollo rancia y fría. Me gusta el pollo. Recuerdo haberlo probado con patatas.
Me deja un cuenco como el de los perros junto a la jaula. Alargo la mano, mirándolo. Espero que no me lo quite. Hoy no hay pollo. Creo que es... ¡sí! Son tres bolas de carne con una salsa roja que no sabe a tomate. Debe de ser viernes.
También ha traído una botella de plástico y me la ofrece para que beba. Nunca me deja cogerla. Me da de beber mientras busca algo en su bolsillo. Creo que es otra pintura. Se me está acabando la negra. Tengo negra, verde y amarilla. Me gusta la amarilla, es ambarina, como mis ojos. Creo.
Pero no es otra cera, es un peine. A veces arregla mis rizos, erizados y nudosos, para adecentarme un poco.
Se va y yo me quedo mirando al vacío.
"Alguien vendrá por mi. Alguien vendrá por mi. Alguien vendrá por mi."
Sigo dibujando. Al día siguiente no hay comida. Ni al siguiente. Lamo una pared húmeda. Tengo mucha sed.
Pasan algunos días, o eso creo. He encontrado una gotera y sale agua. No sé si me sienta bien, estoy mareada.
Oigo otra vez el ruido y salto hacia los barrotes.
"Alguien vendrá por mi. Alguien vendrá por mi. Alguien vendrá por mi."
Silencio.
Me crujo los nudillos. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo.
El ruido.
Otra vez. Son pasos. Creo que los conozco. Son distintos, pero algo en mi memoria hace que el corazón me lata de forma familiar. Se acerca. Lo siento. Reconozco esa voz. Creo que dice mi nombre. ¡Sí! Ese es mi nombre. Y lo dice él. ¿Cuándo viene? Quiero que se acerque. Quiero verlo.
Aparece algo encorvado, como con miedo. No quiero que me tema.
Lo miro con silencioso pasmo, embelesada por esos ojos verdes. Son más bonitos que mis ceras.
Abre la jaula con cuidado, dejándome espacio para salir, pero yo me quedo arrinconada en la pared.
No me tiende la mano, sólo se queda ahí de pie, mirándome con fijeza. Creo que intuye que estoy asustada, que no conozco
fuera.
Mi boca ha callado, pero esa misma voz dice algo en mi cabeza, algo que suena a "ahí está mi milagro." No me gusta. No creo en los milagros. No hay milagros para mi.
Entonces, él habla:
-¿Sabes lo improbable que es que exista alguien como tú? -Me sonríe. Esa sonrisa, la conozco. - Sal fuera.
Fuera.
Sí, quiero ir con él. Quiero
fuera.
Me levanto torpemente y me acerco intentando no hacer ruido, no quiero que se asuste y se vaya. Me aliso el trapo que cubre mis vergüenzas e intento arreglarme los rizos. Quiero estar guapa.
Mis pies me acercan a él y ansío tocarle, pero no sé si hacerlo.
Toma mi mano y me conduce a través del túnel. Creo que no me habían cogido de la mano nunca, pero no logro recordarlo. Es una sensación extraña. Me gusta. Es seguro. No quiero que me suelte. Jamás.
"Que no me suelte. Que no me suelte. Que no me suelte."
La luz del Sol nos espera al final de las escaleras, que subimos sin prisa, con la lentitud que caracteriza a la incertidumbre.
"Que no me suelte. Que no me suelte. Que no me suelte."
Llegamos
fuera. Él se gira para mirarme y se aleja dejándome allí, junto a la entrada.
Me está enseñando
fuera, pero no sé si quiere que lo siga. Decido quedarme, esperando una señal. Pero ahí estamos, el uno frente al otro, sin saber qué hacer.
Me muerdo las uñas. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo. Alguna vez sé que fueron largas y bonitas, tal vez pintadas de algún color.
¿Qué se hace
fuera?
Me mira, y eso es suficiente. Sé que es suficiente y, de repente, deja de doler... y aterra.
Aterra porque no sé qué se hace
fuera y no quiero volver a la jaula, duerma donde duerma, cueste lo que cueste. No quiero fallarle. No quiero que se asuste. Quiero pintar sus ojos verdes. ¿Qué se hace
fuera?
Tengo miedo, pero me quedo, que siga ahí es suficiente.
Me gusta
fuera.