lunes, 24 de agosto de 2015

Fire meet gasoline

Ella nunca fue de mariposas en el estómago, ella tenía cuervos. Decían que tenía arte hasta para sufrir y que sus pies más que tacones calzaban abanicos negros. De voz delgada y tono robusto, era como una canción rasgada.
Él era una contradicción coherente, como el aire que avienta el pelo del rostro y te cierra los ojos.
Khale Nightingale, mordida de temor, acariciaba la Luna con el pensamiento. Con una copa de vino rosado en una mano y un cigarro en la otra, esperaba. No fumaba, pero aferrarse al humo era más seguro que a la esperanza. Se había deshecho en cobardía y se mantenía sin firmeza en esa decisión.
Llegaba la hora y debía salir a la calle. Y caminar. Sus manos se retorcían en "por si acasos".
Tras el último trago se pintó los labios de coral y, erguida, se recolocó los pechos dentro del sujetador antes de pisar la calle.
Sus piernas flaquearon cuando llegó discreto entre la música. Así, de golpe, apareció lo inesperado y besó la brisa de una sonrisa. Siquiera se sorprendió de haber incumplido su propósito, porque era lo natural. No pensaba, no sufría, no flaqueaba. De nuevo, era distinto, como vestir tirantes en una montaña nevada.
Había montado en un tren con destino desconocido, sumido en lo desconcertante, en esa clase de peligro que no daña pero aterra.
Imponente.
Si llegase a la estación de una pieza, sin accidentes o trasbordos... bueno, ya vería lo que hacía. Mejor improvisar sin ilusión, por si Strauss bajase antes de tiempo, por si los cuervos decidiesen volar demasiado alto, por si la tormenta volvía a arreciar.
En el último vagón, desde la distancia, alguien conocido la miraba indiferente, como si no le importase pero sin poder apartar la mirada de su melena. Y Khale, en susurros inaudibles:
-En vez de quererme "un huevo", haberme querido con dos cojones.
Y se despidió de propósitos de huida, sin perseguir el Sol pero en dirección al horizonte.
Con cautela. Con cautela. Con cautela...

jueves, 2 de julio de 2015

Y que la magia exista de verdad

Él era escritor, pero aún no lo sabía.
Ella leía, pero no pasaba las páginas.
Quizá si volviesen a encontrarse podrían hacer de sus vidas algo extraordinario. Al fin y al cabo, ambos tenían los ojos pardos, quizá ámbar, quizá miel espesa, quizá...

viernes, 26 de junio de 2015

Porque voy a dejar de rezarte

Estoy enfadada con Dios. Aunque, si soy sincera, siquiera sé si creo en él de verdad. Pero estoy enfadada, cabreada y dolida, porque si realmente nos amase a todos por igual, a mi no me tocaría vivir cierto tipo de cosas. Tal vez Dios sea mujer y me tiene envidia, no lo sé.
Será egoísta, que mire por mi y no por los cientos de niños, enfermos y gente buena que apenas puede sobrevivir; pero es que esto me toca a mi. A mi y no a otra persona.
Y me pregunto por qué. Todos los días. Y le he pedido que me escuche de vez en cuando, sólo un ratito. Pero me ignora.
Habrá cosas más importantes, de seguro. Pero, ¿ni un sólo segundo? Si se quiere, se puede, se saca tiempo de debajo de las piedras. O eso dicen.
Pero no en mi caso. Así que estoy cabreada, porque suelo culparme de las cosas y hoy en día estoy bastante segura de que no me lo merezco.
Así que sí, estoy cabreada con Dios. Y me da igual blasfemar, porque ya no sé si creo en él o en mi. No sé si creo en nadie.
Tampoco tiene sentido que piense esto siendo yo y mis circunstancias, mis estudios y mi forma de ser. Pero lo estoy. Estoy muy enfadada y me da rabia, tener fe es para los que son escuchados de vez en cuando.
Estoy muy enfadada, Dios. Y no espero una disculpa ni una solución. Quiero poder vivir de una vez lo que me corresponde vivir. Y que me dejes disfrutarlo, que no me lo quites, que dejes de tocarte los cojones viéndome llorar y berrear, tirarme al suelo y patear paredes, gritar en cojines e hincharme a súplicas a alguien o algo intangible. No me ignores, necesito un logro, un éxito, una victoria.
Escúchame de una puta vez.

martes, 26 de mayo de 2015

Aunque no te quede nada

Voy a hacerte unos huesos nuevos.
Voy a hacerte unos huesos nuevos, amor. Voy a sacar de ti todo aquello que te consume y voy a reemplazarlo por algo que sostenga la memoria de tu piel morena. Cuando el cincel se deslice a golpe de martillo, será como atravesar la mala hierba hasta llegar al agua redonda de un lago claro. Voy a sacar de esto algo bello, porque soy artista; yo atravieso dolor y quiebro culpa; yo restauro grietas y completo huecos; yo bailo sobre tapices de rabia. Yo creo.
Calmar tu tormento será mi privilegio.
Yo te daré unos huesos nuevos, tus huesos; porque conocerte hace que merezca la pena haber nacido, y no habrá, mientras yo respire, viento salvaje que te doble por la cintura. Si has de caer, será sobre mi cuerpo.

jueves, 14 de mayo de 2015

Que nunca baje el telón

El suelo tiembla bajo mis pies descalzos. Los focos me dan pie para salir de la última caja del escenario. Empieza la música.
Tras el primer chassé va la pirueta que me impulsará a subir en un grand-jeté. Y volar.
Vuelo, puedo sentirme ligera moviéndome de un lado a otro, bailando. Soy libre. Mi vestido es más etéreo que el aire que corto con mis manos, largas y delicadas en la flexible prolongación de mis brazos, mi torso, mis piernas, mis pies en punta. Mi barbilla alta y mi pelo suelto.
Me fundo con cada nota en mi propio peso, mi cabeza no piensa y mi corazón estalla. Sólo soy capaz de sentir, porque hago esto para mi.
Giro y giro y giro y salto y ruedo por el linóleo, retorciéndome en figuras imposibles, alzándome sobre mis hombros y saliendo despedida en volteretas vestidas de negro. Soy una llama mecida por las respiraciones de quienes me miran, aunque haya ausencias. Quiero que me vea, que no me olvide; así que corro hasta el borde del escenario y extiendo los brazos, como si se sentase en primera fila, y abrazo el aire hasta caer de espaldas y elevarme con fluidez para subirme a la punta de mi derecha.
Y me dejo caer, porque es mi momento, y lo vivo como quiero; sintiéndolo a él para sacar hasta mi último aliento, aunque no me vea bailar; o implorando a mi cuerpo que controle su furia cuando golpea el bajo; a veces soy dulce y me hago pequeña para luego estirar mis brazos, preparar un arabesque y dilatarme hasta que duele.
Soy toda yo, bailo para mis recuerdos, para mis deseos, que forman parte de mi. Y dan el sentido a mi arte.
Tal vez mi técnica no sea perfecta, pero nadie vuela más alto que yo aun tirada en el suelo, nadie llena tanto un lugar tan pequeño, nadie se apasiona en un simple relevé como lo hacen los dedos de mis pies.
Y, aunque no me vea, hoy se lo dedico a él.
Para que ese "ahora no" no se convierta en un "ahora contigo no".
Para que no me olvide.
Y me retuerzo en la última pirueta, porque sigo en pie.

martes, 5 de mayo de 2015

El mejor formato en que me podrían haber parido

La cuestión es desearse a una misma. Es ponerse cada mañana frente al espejo, desnuda, y bailar como no lo has hecho ni con tres copas de más. Es posar, mandarte besos y coquetear con tu reflejo. Es tocarse y conocerse, decirse "yo te hacía el amor y te follaba al mismo tiempo". Es despeinarse mientras las curvas se tornan aún más convexas y lo cóncavo se retuerce en gemidos. Es que te duela mover el culo, que te entre flato con sólo sonreír al sentirte la mujer más sexy que el mundo tiene el privilegio de conocer. Porque lo eres, que no te engañen.
Seducirse: "qué desperdicio disfrutar sólo yo de este cuerpo."
El mejor formato en que te podrían haber parido. Sentir que con una mirada puedes someter al mundo, que no te hacen falta unos tacones para hacer sonar tus pasos. Acojónate con tu propia sexualidad.
El truco es que te veas mejor desnuda que vestida, ponerte lencería fina y sentirla tu secreto bajo unos vaqueros rotos, en zapatillas o stiletto.
Aprende a conducir sobre tus curvas y que sean ellos quienes pierdan la vida de un derrape.
Mira, ponte los cuernos contigo misma, saca a la mala zorra prepotente cuando te vistas cada mañana, déjala en casa hasta la hora de ponerse el pijama, con la cara lavada y un moño deshecho y, cuando te la encuentres en el espejo, salúdala con un golpe de cadera y dile "prenderías fuego al cielo."

jueves, 30 de abril de 2015

Porque abandonas

Te odio. Porque estás rota.
Por mucho que luches nunca vences. Cada vez que te levantas vuelves a caer. Cansas. No puedes repararte, ya no sabes cómo.
Lo único que ahora ocupa tu mente es forjar tu cuerpo como espada. Otra vez. ¿De verdad crees que eso solucionará algo? Has llegado a enfermar.
Aunque es mejor que pensar en otras cosas.
O no.
No. No pienses en eso. Ni te acerques a un sólo recuerdo, teoría o emoción. No va a volver. Y punto. Mintió. Crees. Casi te atreverías a jurarlo.
Y le quieres. Porque está roto.
Y le odias. Porque está roto. Y no te deja estar para apoyarlo.

Porque eres tonta.

martes, 31 de marzo de 2015

Pájaros ciegos

Es como flotar en un campo de estrellas que me tocan pero no queman, que me rozan y pasan de largo. Como un ente en mitad de una autopista, justo en la línea discontinua; simplemente, dejándose ser.
Mientras la ingravidez me guía, doy volteretas sobre mi misma para sentir algo parecido al roce que guardo en mis recuerdos. Soy tan etérea que apenas tengo la necesidad de respirar.
Todo gira bajo mis pies, y yo me elevo cada vez más y más alto, sin esfuerzo. Dejo caer los párpados, el cuello, me deshago sobre mi espalda como si tirasen de mi ombligo cientos de pájaros ciegos.
A veces algo cálido toca uno de mis pies, aunque no sabría decir cuál, y sube a través de mi pierna, mi rodilla, mi muslo, mi estómago, hasta llegar al pecho y atravesarme de delante hacia atrás.
Cuando lo hace, mi cuerpo reacciona envolviéndose sobre sí mismo un instante para volver a arquearse de nuevo, sintiendo algo parecido a la humedad. Aunque no sabría decir si son lágrimas, sangre o metal líquido.
Si abro los ojos veo cristales luminosos sosteniéndose a mi alrededor; a veces cortan, a veces no; a veces me recreo en sus heridas, otras me fuerzo a moverme en huída. Pero me rodean y choco contra ellos, sintiendo que no siento, o que siento demasiado. Depende del momento, depende de los pájaros ciegos.
Es una disonancia extraña. Va a días, horas, minutos o como quiera que pase el tiempo aquí.
Mi garganta está bloqueada, aunque no me apetece decir nada. Tampoco escucho, oigo o percibo sonidos que no provengan de mis órganos manteniéndome viva.
Parezco estar dentro de una burbuja de jabón, de esas que no estallan hasta chocar o que las rompan.
Plop.
Creo que es el cielo, o una especie de limbo, quizá, donde nada puede tocarme, expandiéndose en direcciones inexistentes, buscando y mordiéndose a sí mismo para crear más espacio hacia el que elevarme. Realmente no me importa, yo sigo flotando, dejando a mi cuerpo ser llevado, sin ser ama ni de mi propia consciencia.
Que alguien guíe a mis pájaros ciegos.


viernes, 27 de marzo de 2015

Ahora no

-A veces pienso que naciste con treinta años y vas sumando números cada pocos meses. Tu cuerpo es joven, tu alma vieja, tu cerebro compite contra el caos de tu corazón. Piensas que has perdido, pero déjame decirte que preguntarte por qué no va a arreglar nada. De hecho, no entiendo cómo sigues en este punto si siempre tienes la solución antes de plantearte el problema. Quizá porque para ti no valen ciertas cosas. Quizá sea por todo aquello que has ido viviendo, tan distinto a lo que se suele esperar de alguien de tu edad.
 >> Estás en el buen camino, pero con la perspectiva equivocada. Me da rabia que lo sepas y no lo quieras cambiar. No, no quieres; porque por poder, puedes. Has salido de agujeros más oscuros siendo menos sabia.
 >> Crees que lo has hecho mal, no te permites seguir soñando porque nunca se hace realidad, por mucho que lo luches. ¿Y qué? ¿Y qué si fue mal? ¿Y qué si todo acaba saliendo mal? Lo que tienes tú no lo tienen muchos. Eres excepcional, nadie podría alcanzarte si decidieses abrir las alas y alzar el vuelo.
 >> Puede que te entiendan, pero no llegan a comprender el nivel de desesperación al que has llegado. Porque no lo han vivido. Como tú no entiendes el camino de la positividad incondicional.
 >> ¿De verdad querrías ser otra persona? No lo creo. No te creo cuando dices que no quieres tu bagaje. Es lo que te hace ser tan auténtica, tan tú. Incluso eso de no tener sentido del ridículo te hace hermosa. Porque no eres una de ellas. Eres libre y tú misma te encadenas. ¿Por qué? Ahí sí debieras preguntártelo. Aunque, como siempre, ya lo sabes. Pero eres tonta, no hay palabra mejor para definirte.
 >> Te quiero. Te adoro. Y quiero vivir en ti. Eso es lo que deberías decirte cada mañana frente al espejo.
 >>La perfección lleva tu nombre, que significa fortaleza. Y la fortaleza reside en vidas imperfectas. Así que deja de mirarte los pies y aprende a saborear una sonrisa, aunque quien te enseñó no pueda seguir haciéndolo. Supérate. Eres grande.
-¿Me vas a dejar dormir?
-¿Ahora?
-Ahora no.

jueves, 19 de marzo de 2015

Esta mañana estabas muy guapo

El lienzo en blanco y el óleo aguardando en los botes que, deformados, temen la prisión liberadora que implican mis trazos.
Vodka sobre la mesa, sin mezclar. Sólo la botella.
Me dejo arrastrar por el significado de ese color vacío, plano, tétrico. Da miedo. Es auténtico caos. No me gusta, quiero romperlo. Quiero romperme y me olvido de la paleta para exprimir el bote de azul índigo sobre la tela y desgarrarme en trazos que lo reparten desigual, con rabia, sin un patrón, allá por donde mi inconsciente lo quiere.
Debiera calmarme, pero no lo hace. Y si ese color no me calma, no me queda más arte por razonar.
Un trazo, dos. Cinco. Vodka. Trago. Mancho la botella. Arde en mi garganta.
Miro mi destrozo y vienen las sensaciones. Siento de nuevo. Puedo sentir otra vez.
Recuerdo. Recuerdo cuando me llamabas en mitad de la noche; tus venas alcohol y tu boca deseosa de contarme todas las razones de por qué te habías cabreado con tus amigos.
Óleo dorado, un pequeño tesoro que merece un rincón de mi paleta. No cambio de pincel. Soy animal de costumbres.
Esta vez las líneas tienen forma, pero no presto atención, porque eres al único a quien permito separarme de mi almohada con una llamada de madrugada.
Trago. Otro. Escupo. Me duele. Y al lienzo también.
Un millón de cartas de amor después y siquiera esto frena la espiral en la que me estoy adentrando. No es nueva, de hecho, conozco el sabor a perfeccionista entre mis dientes y la lucha contra la voluntad. Conozco tanto el borde como la línea. No me gustan. No los quiero. Como tampoco quiero sentirme bien cuando tengo hambre. No me gusta. No me gusta. No me gusta. No quiero conocer más allá de esa línea.
Extraño el contacto de tu piel contra la mía, dándome seguridad y alentándome a quererme como soy, provocándome esas ganas de comerte todos los días. Tengo hambre de ti.
Me alejo buscando otra perspectiva y descubro un gran ojo en trazos dorados en medio de la anarquía azul.
Verde. Tengo que mezclarlo con un pigmento extraído directamente del Sol para conseguir el que quiero. Este es. Este.
Relleno el ojo, negro para las pupilas y destellos que me sosiegan incluso más de lo que esperaba con el azul, color traidor donde los haya.
Cojo la botella y el largo trago me deja algo mareada, pero no me importa. Sólo quiero mi beso de buenas noches, quiero mi mensaje de las 8.52 por la mañana.
Nado entre el revoltijo que es mi maletín de colores y no encuentro nada que me guste. Atrapo algo parecido al rojo pero no me siento así ahora. Es como... como si no existiera. Nada es real. Y a ti que lo eres no debo quererte. Aunque si puedo, pienso seguir haciéndolo hasta destrozarme los huesos. Hasta que tenga que elegir entre tú o yo.
Sigo aguantando cada noche, aguanto otra noche. Aguanto otra noche.
Aguanto. Ayúdame a seguir aguantando. Bésame de nuevo.
Trago. ¿Dónde está mi color? Negro. Necesito el negro.
Intento rellenar la tela blanca, pero no llego nunca a los bordes del lienzo, por lo que sigo conservando ese vacío que en realidad no es tal pues el blanco en el arte, como en la vida, no implica inexistencia, es sólo algo intangible que nos impulsa a llenarnos.
Nadie puede vivir sin blanco, sin caos, sin vacío.
Tú lo llenas cuando estamos en la cama, hablando de la vida y arreglando el mundo, criticando y retándonos el uno al otro, haciendo el amor, la guerra y desordenándonos la vida. Esas noches no me quiero dormir, pues sería perder segundos contigo.
Dormir es una pérdida de tiempo.
Hay algo mal, algo no cuadra. Lo siento en mi. Hay algo que no, no está bien. Demasiado caos, me siento enferma y no tengo diagnóstico que me asegure que haya cura o decadencia.
Entro en la autodestrucción y encuentro que he manchado todos mis pinceles. ¿Cuándo ha pasado?
Pierdo la noción del tiempo, pasa muy deprisa.
O muy despacio.
No estoy segura.
Presión. Siento presión a mi alrededor. Trago.
Trago. Uno, dos, tres. Sigo tragando.
Tengo miedo de mi. Pero quiero volver a verte y practicar contigo. Todas las veces que pueda. Prometo que no me volverás a ver llorar.
Hazme sentir otra vez.
No me gusta, no me gusto. El rojo me llama, me llama para destruir todo aquello que me ha hecho ser lo que tú llamaste "ejemplo de superación". No lo quiero conmigo.
Destrózalo por mi o ayúdame a cortar las venas que lo alimentan con un cuchillo como el de mis miradas.
"Y esos ojos que al mirar casi hacen daño", dijo Platero y Tú. Así eran los míos hasta que te adentraste de nuevo en mí, un año y dos meses después de la primera vez, ahora hace tres años.
Mancho de rojo el cuadro con trazos largos y gruesos, tachando, ocultando, dejándome llevar por la furia, la irritación y la desidia. El hastío de limitarme a existir se apodera de mi diestra que, violenta, casi logra rasgar la tela.
Los colores se mezclan y desaparece la aparente intención de las pinceladas.
Botella en mano, pongo distancia con el lienzo y me empapo de lo que parece ser una broma; pues lo único que permanece, aun habiendo destrozado el rededor, es un ojo dorado y verde que sigue iluminando la pintura como si el rojo de mi autodestrucción no le hubiese pasado por encima.
Unas extrañas convulsiones que advierto en mi estómago me sorprenden al descubrir lo que son en realidad: carcajadas silenciosas.
¿Me río? ¿Yo?
¿Cuando empecé a reír? Ah, sí... mierda. Otra vez tú, bendito.
Me acerco a mi bizarra obra y me siento artista, pero no de mi vida. Soy maestra de tragedias, remiendo rotos y arreglo cosas. Soy capaz de todo. Puedo superarlo todo, excepto a mi misma.
Yo soy mi causa perdida, mi mejor y peor obra, mi única salida y la peor de mis pesadillas.
Qué irónico, ser artista: que otro sea la belleza propia.
Sonrío. Y es una sonrisa que conozco. Nunca llega a los ojos. La considero marca registrada.
La botella casi está vacía y comienzo a sentirme etérea, más irreal que nunca.
Los cierro. Me escuece la humedad deshaciendo mi maquillaje. Intento apagarme como si tuviese un interruptor en el cerebro. Me apago. Lo intento pero... el Sol, de nuevo. Te necesito.
Esta mañana estabas muy guapo, con tu pelo despeinado y tu boca adormecida; tus andares distraídos y la capucha de tu jersey descansando sobre el peso que llevas a la espalda.
Luego me he despertado.
Voy a volar, pronto. Vuela conmigo, vámonos los dos y que le den al mundo.
Pero no me quieres lo suficiente.
Uno, dos, tres.
Trago.

martes, 17 de marzo de 2015

lunes, 9 de marzo de 2015

Me gustas más cuando estás desnudo

¿Que qué hago mientras duermes?
Verte.
No mirarte, observarte o contemplarte, sino verte.
Empiezo fisgando el sutil movimiento de tus pestañas, por si me sorprendes embelesada imaginando la luz dorada de tus ojos verdes fija en los míos así, como cuando te quito el sitio en el sofá; de gato receloso a ternura inmensa, y con ella el acecho del puma hambriento. Y me cazas. Y me muerdes. Y me tragas.
Luego acaricio el lóbulo de tu oreja y jugueteo con el acero de tus dos aros para sentir raspar tu barba cuando bajo por la línea de la mandíbula hasta la barbilla. Entonces abro mi mano y exploro cada poro de tu mejilla, una y otra vez. Empiezas a respirar más lento, más calmo, a través de tu nariz recta y sexy. Porque es sexy. Como tu boca, que tiembla imperceptiblemente bajo mis dedos. A veces la abres y la vuelves a cerrar, y temo haberte despertado. Pero cuando suspiras, profundo, me permito continuar con mi paseo. Son suaves, tus labios: el superior da fe de tu dureza, de tus corazas y pensamientos más oscuros, de tu pasado, tu presente y lo que esperas en el futuro; en cambio, el inferior es dulce y sabe a las cinco letras de tu nombre un domingo por la tarde, es con el que me frustras y me calmas. Nunca sabrás lo que me gusta morder ese labio. Sé que guarda tus dientes... que no puedo describir con palabras. Es una sonrisa que calma y seduce, que desgarra y sana, que desea y llama, que reta y gana.
Entonces me acerco más, si cabe, y temerosa te beso. Te revuelves y me abrazas. Sigues ignorante, pero para mi ese gesto es un mundo. Y soy feliz.
Me río muy bajito, para no despertarte, porque te quiero descansando. Sí, descansando de todo. De la vida que te ha tocado y que quiero seguir viviendo contigo, aunque me destroce. Me da igual, mejor que me hundas tú a ser yo la que me despedace con todo aquello que conoces. "Húndeme contigo", te susurro. Y lloro en silencio para que no te enteres nunca.
No te mueves. ¿Debiera tomármelo como una señal? Quizá sí.
En la oscuridad, tu pelo parece más negro que castaño oscuro, así que te peino con cuidado, para que te sientas amado en sueños. Mi único temor en ese instante es no volver a hacerlo.
Vuelvo a tu rostro, a tu perfil, porque te has movido. Tienes rasgos arábicos, como yo.
Curioseo tu cuello, que me lleva a tu pecho medio escondido entre las sábanas. Lo custodia un prado de vello tan oscuro como tu barba. Es natural. Es sexual. Sube y baja al compás de los ronquidos que han empezado a salir de tu garganta. Es mi señal para volver a rascarte la nuca.
Dejas de roncar mientras te giras hacia mi. Me encuentro respirando tu respiración y casi me duermo.
A veces juego contigo, porque cuando te toco respiras paz y cuando me aparto vuelves a tus gruñidos. Otras hablas, enfadado o recordando tu día, jurando o diciéndome esas cosas que no te recuerdo por si te retractas.
Son tres horas que pasan como tres segundos, y despiertas. Y tu despertar no es consciente de esa ligera sonrisa que jamás admitirías cuando me descubres mirándote. Es otro mundo. No hay nada más fuera. Estás tú y tu ceño fruncido, y tu bostezo y tu "a dormir" mientras te das la vuelta y cierras las únicas estrellas que quiero que me alumbren. Tú eres el Sol.
Sigo las líneas de tu espalda, de los tatuajes y los músculos, tensos. Demasiado. Quiero relajarlos a besos y aceite de Argán. No quiero salir de la cama. Nunca. Porque mi pregunta ya no es "¿el martes o el jueves?" y tu respuesta ya no es "si quieres, los dos", ahora reina el "¿lo volveré a ver?".
Cuando te giras, curioso, me doy cuenta de que no quiero despertarme sola ni con nadie más. Me calma dormir contigo, tu aroma, acompasar mi respiración con la tuya, a pesar de su celeridad. Me serenas. Fue la primera noche que no tuve pesadillas desde hacía meses. Meses que te he tenido presente en mis sueños cada noche, para bien y para mal, en cada sentido que un humano medio pueda imaginar.
Pero tú, tú eres excepcional... e inestable.
¿Que qué hice esas tres horas despierta? Rogarte sin arrodillarme, rezar sin religión y esperar desesperada. Incluso entenderte sin creerte.
¿De verdad volverás?
Yo estoy aquí, aunque me eches. Porque merecería la pena tras este año de idas y venidas. Y tu cuerpo lo sabe, aunque tú no.
Eres hielo frágil bajo mis pies.

viernes, 6 de marzo de 2015

Mente y consejos Vs. Autoprotección

No pienses. No pienses ahora, sobria. No pienses que "es lo mismo de siempre, lo que le pasa es muy fuerte, pero pasajero. Si no está contigo es porque no le sale de los cojones por mucho que diga que te quiere." No pienses que tal vez tengan razón. No pienses con esa parte del cerebro que te dice que es cierto, esa que no se ha creído nada.
No pienses, ¿me escuchas? No lo hagas.
No pienses en todo aquello que te ha dicho ni en lo bien que habéis pasado el día, como si todo fuese casi como lo fue. No lo pienses porque entonces, todo se reducirá a esa conversación.
Y debe reducirse a hechos.
No pienses. Porque pensando jamás has superado nada.
Y, sobre todo, "no te esperes nada de lo que te ha dicho, tú sigue como antes y que diga misa: siempre tiene alguna excusa."
Qué razón tiene y cómo odio que la tenga. Ojalá mi mente tampoco la creyera a ella.
Porque quiero creerte a ti. Y creerme eso de que lo quieres todo y que te vendrías conmigo, eso de cuando esto pase volverás a por ese todo, porque soy perfecta para ti.
Es que necesito creerte a ti. Pero ese "que te sirva para darte aún más cuenta de lo que hay" suyo es más real que lo que tú me prometes.
Quizá sea que te quiero más de lo que tú me quieres; incluso más de lo que tú te quieres, y mira que es difícil.
No pienses.
Te creo, pero no me cuadra; o te entiendo, pero no te creo. No lo sé.
No pienses.
Me quieres, pero me apartas.
No pienses.
Que te irás.
No pienses.
Que lo quieres y lo querrás, pero no ahora.
No pienses.
Que vendrás a por ello.
No pienses.
Mi "vente conmigo, y nos vamos los dos."
No pienses.
Que quieres que te crea.
No pienses.
Joder, esa última mirada antes de cerrar la puerta de tu casa...

domingo, 15 de febrero de 2015

Muerte por devoción

Mientras mi orgullo folla con mi dignidad, mis recuerdos hacen el amor con el dolor.
Qué crudo es mirar hacia delante y no verte. Te juro que te mataría a polvos después de torturarte con cuchillos encendidos. Y hacerte ver la película de mi vida con las manos atadas a tu espalda y tu jersey blanco por mordaza, para que entendieras qué se siente ahora, ahora que... te odio. A ratos. No estoy segura. Sólo sé que me revientas por dentro porque me cierro de corazón y piernas a cualquiera que no tenga tu nombre y apellidos. 
Que hagas esto precisamente tú. Tú, el que conoce mi pasado; tú, el de las promesas; tú, el que ha sufrido toda la vida. No tiene sentido. Tú no tienes sentido. Qué difícil es crear algo fácil contigo.
Rompería tu corazón si pudiese o supiese y luego lamería tus heridas, haciéndote un traje de saliva que te protegiese de lo que te aguarda fuera. 
Qué asco da que no llames después del último domingo. Qué asco da ser el juguetito sexual, otra vez. Qué jodido asco, ser utilizada de nuevo. Te has pasado.
Que sí, que el Sol acaricia el horizonte cada mañana y todo cura con alcohol y lágrimas, mes a mes. Pero como haya de pasar un sólo día más aprendiendo a olvidarte, no sé si voy a volverme loca o meterme en un hoyo y no volver a ver la luz. 
Porque no hay luz sin ti, ¿sabes? No la hay. Me cago en ti y en tus mierdas, en tu cabezonería y en tu mínima empatía. Me cago en tus ojos, en tus dientes que desgarran y en tu labia que encandila. Me cago en tu encanto y en todas tus cosas buenas. Porque las adoro. Y me canso de quererte y que no me dejes hacerlo.
Con lo tranquila que yo estaba, caradura. 
Hace tiempo se me ocurrió que si te daba el paquete que guardo en lo más alto de mi estantería, no estarías tan triste. En ese momento te ilusionaría y podría hacer olvidarte de todo como lo hacía antes.
Como antes, eso es. Eso es lo que yo quería, por lo que preguntaba, el por qué, el por qué había cambiado, era por lo que te incordiaba hasta hacerme pesada, joder. No pedía más. Quería lo de antes. Tal y como estaba, sin nada más. Quería saber qué coño pasaba, cómo podíamos arreglarlo.
No me sirven excusas, no me sirve nada; qué egoísta has sido y más que lo sigues siendo. Aunque lo creas, no estás en tu derecho. Pero no voy a ser yo quien ceda. Porque no te lo mereces, y yo tampoco me lo merezco. Ya me he arrastrado suficiente. Yo no soy como las demás, lo sabes desde el principio.
Así que si el cielo un día se torna de tu gusto espero que... no espero nada. Ya no espero nada. Ni de ti ni de nadie. Aun con ello, aunque me pese, sigo estando aquí por si necesitas algo, dispuesta a ayudarte. 
Tonta de mi.
Y no creas que no sé que habrá habido alguna otra desde que parece que me abandonaste. Yo debiera hacer lo mismo, porque oportunidades y pretendientes no me faltan. Y vuelvo a cagarme en la castración a la que me somete mi mente y mi cuerpo. Porque no puedo besar o tocar a otro, preguntándome si tus labios seguirán sabiendo a felicidad o a chocolate.
No sé si llamarlo injusticia o muerte por devoción. 
Qué putada, amor. Sinceramene, qué putada.

martes, 3 de febrero de 2015

Aun sin ti, espero

Aun con indiscretas cicatrices bajo la cadencia triste de mi voz, me queda algo hermoso por dar.
O eso intento.

viernes, 23 de enero de 2015

Despiértame una vez más

Aquel reflejo de plata en tu espalda morena mientras apretabas mi mano y, verde tu mirada, me tumbaba en la arena.
Un te quiero callado en mi orgullo nublado buscaba salir desde dentro pero la indiferencia que con miedo de ti esperaba predijo mis lamentos, y se quedó en mi boca, con todo aquello que echo de menos.
Y así se cumplió la profecía: una noche más, sin volver a hablar.
Escondida entre la espuma de mis recuerdos me frustro e intento olvidar, prometiéndome a mi misma que seas tú quien me vuelva a buscar.
Y me contesto hora tras hora que no lo harás, que no volverás jamás. Que no habrá otro día que me vengas a despertar.
Valiente tontería la mía, amando tanto el reflejo de algo que nunca fue mio en realidad.
Sólo soy un cuerpo, a fin de cuentas. ¿Qué más te va a importar? Sigo estando sola frente al mar.
Ya no sé si ansío más la libertad de tu aroma o que te quedes en mi boca.

domingo, 11 de enero de 2015

De donde vienen las olas

Nadie podría mirarte e imaginar que algo tan hermoso, tan perfectamente imperfecto, es obra de la casualidad. Casi me incita a creer en Dios ciegamente.
A veces me gusta pensar que la naturaleza intenta mejorarte aún más, si cabe, llevándote a través de tanto dolor. A veces, incluso me permito pensar que puede que, cuando todo pase y estés preparado para desafiarte a ti mismo, vuelva a despertarte cuando te abrazo con mi pierna mientras dormirmos. Pero sólo por un instante, por si las estrellas fugaces deciden no pasar por mi ventana.
Creo que no hay nada que nadie pueda decir para que te sientas mejor, pero me gustaría que supieras que me preocupo, que estoy atenta, que sigo aquí por si necesitas algo. Aunque sé, casi me atrevería a jurar, que no te apetezco y que no me pedirás una hora o dos de charla con cervezas y papas porque tal vez crees que te llevaré por otras conversaciones. O porque no quieres verme.
No soy tan egoísta. Y lo entiendo casi llegándolo a comprender.
Sé bien que soy mucho de "naturaleza" y "destino" pero debo creer en algo para no volverme loca porque si no, al mirarte ahora, al mirarnos después de todo, al mirarme a mi misma o al resto de seres tristes, me desplomaría en la injusticia que sería responderme: esto ocurre porque sí.
No, me niego. Ocurre porque tenemos que llegar a algo, a algo bueno, porque así apreciaremos y seremos apreciados de maneras inconcebibles, porque así nos elevaremos más grandes, más fuertes; sabios abuelos de alpargata y párpados caídos en los que buscarán consejo.
Todo pasa, todo cura, todo cicatriza y te revela el secreto de seguir adelante de tantas formas que ya no habrá nada que te lleve a las sombras.
Hay luz en ti. Es esa luz intensa, atrayente que los líderes natos albergan en sus pupilas. Es a esa luz de la que hablo, es ese destello dorado y verde lo que me hace creer en un Dios que no me atiende, porque tan pronto te ofrece como te aparta de mi, entre otras muchas maldades.
Pero no, no es él quien te ha creado. Tu alma está hecha de experiencias que te hacen ser quien eres. Y esta es otra más.
Sé bien que tu herida es mucho más grande y distinta que la que llevo yo ahora vendada dentro del pecho pero, como alguien dijo una vez, "te dejo porque me importan más tus sentimientos que los míos." Así que aquí seguiré, por si acaso, aunque no vuelvas a aparecer.
Ojalá encuentres alivio, porque nada más importa ahora. Nada más.

Qué caótica estoy siendo.

jueves, 8 de enero de 2015

Qué cojones, los de mi suerte.

Llegados a este punto, incluso el silencio me enerva, me comprime y me agota hasta lo más profundo. Siento los nervios tensos y el intestino hecho un nudo. Me agobia el sonido de mi respiración y el bombeo de la sangre en las puntas de mis dedos. Es como si no llevasen a ninguna parte. ni coherencia albergo.
¿Me mantienen viva? No, perdonadme; me impiden moverme, incitándome a sólo sobrevivir.
Qué hastío de cuerpo y mente, los míos. Qué coraje de fortuna. Qué impotencia y qué necesidad de un final digno, en voz alta y cara a cara.
En resumen; qué cojones, los de mi suerte.

martes, 6 de enero de 2015

De un ciento que vuela, el ruido; de un ciento que nada, el aire

Cómoda es de sentir la tristeza, así como cortante es el volar de las aves que portan memorias del mismo día presente, de cómo lo viví cierto tiempo atrás. Y así día a día. Es curiosa la maldad con la que hurgan en la herida abierta y que no parece querer sanar.
Es agotador. Aunque todavía no soy tan sabia como para poder decir, con total seguridad, si duele más la esperanza de un gesto o no tener ninguna.
Desearía morder una manzana envenenada y dormir, hacer pasar el tiempo que tan sanador proclaman las leyendas. Dormir, dormir y descansar. Sólo por un minuto. Quizá una pequeña eternidad.