Se sienta descalzo al piano. No sé qué toca, pero la suave caricia de sus dedos me hipnotiza nota tras nota. A veces alza la mirada y me mira; a veces sonríe para sí. Tiene un vínculo especial con ese piano de cola en concreto: es una relación sencilla, pura. A veces lo envidio.
Me indica con un gesto de su cabeza que lo acompañe, pero temo estropear su tributo al amor melancólico.
Entonces para, dejando a la última nota sentirse perdida y confusa. Toma mi mano y coloca los dedos en las teclas correctas, indicándome con breves toques el orden en que han de ser empujadas. Mi izquierda se cree valiente y le pide consejo, que ella también quiere tocar.
Es él quien empieza y yo me uno cuando su rodilla roza la mía. La sincronización es perfecta, como si no supiésemos hacer nada más.
Al acabar, me sonríe dulce y pícaro para llevarme ante el ventanal. Su cabello se mueve por la brisa del mar mientras mira sin ver las olas bailar sobre la arena.
-A veces la cura no está en un lugar, una persona o una acción. A veces lo que necesito es verte observando el horizonte, como si buscases una respuesta en el aire; y saberte aquí, conmigo.
-¿Esta cursilada es producto de la música?
-Tal vez. - Sonríe, resignado. - Pero te ha encantado.
-Tal vez. - Escondo mi sonrisa.
Tira de mi mano con brusquedad y echa a correr hasta llevarme a la playa donde, descalzos, corremos hasta mojarnos los pies.
Inspiro profundo y me adentro en las aguas sin deshacerme de mi vestido. Me sumerjo y buceo hasta que mis pulmones piden ayuda. Él sonríe desde la orilla y sé que es feliz. Lo saludo, ávida de que me acompañe e, impaciente, sigo disfrutando del mar cubriendo mi cuerpo por completo, de mi pelo fundiéndose con su movimiento y mis manos interrumpiendo el sigilo con el que las burbujas protegen mi aliento, perdiéndose.
Es paz, es calma, es piano. Es azul.
Algo me agarra de un tobillo y me arrastra hacia sí. Juguetón, baila conmigo bajo las aguas hasta abrazarme y susurrar en mi oído con temor:
-Ven conmigo.
Y sus ojos me llevan hasta el fondo, de la mano hacia el azul más intenso, casi negro: donde no veo, no intuyo, no conozco. Y me fío.
Porque no quiero hacer nada más.
martes, 29 de julio de 2014
miércoles, 23 de julio de 2014
Mira, es el mar
Meter el océano en una botella y regalártelo trago a trago cada día para ver ese brillo en tus ojos, esa ilusión velada cuando me decías desde tu asiento de pasillo, arrinconándome y señalando con tu dedo hasta casi tocar la ventanilla: mira, es el mar.
sábado, 5 de julio de 2014
Quien no tiene tren
Acaricio la solapa de mi abrigo negro con los labios mientras mis manos descansan lánguidas enfundadas en los bolsillos. Es de noche y la estación está vacía, sólo el vapor de mi aliento y un mendigo entre mantas en la sala de espera, muy lejos de mi. Yo sigo en el andén, como las últimas cuatro horas y treinta y siete minutos. De tanto en tanto, alguien apeándose del tren me mira con curiosidad, como esperando atreverse a decirme que ya ha llegado. Lo que no sabe es que paso aquí cada noche desde que tengo memoria. Y sé que dentro de unos minutos habré sido olvidada.
Mi piel está varios grados por debajo de lo saludable, pero no sufro. Siempre hace frío por dentro.
Una pareja se despide entre lágrimas con una promesa que no valdrá la mitad del reloj que él aceptó de otra mujer. Dos amigos se reencuentran, una anciana de cabellos largos y canosos se equivoca de andén y una maleta espera, olvidada en el tercer asiento junto al gran reloj.
El tren de las cinco menos tres minutos es anunciado por el interfono. No sé a dónde lleva, pero es el que espero. Sé que es el que tengo que coger. Creo que algo parecido a una sonrisa surca mi rostro, no puedo asegurarlo.
Cuando para ante mi se abren las compuertas y alzo la mirada, al fin. Otra vez él, en el mismo asiento, junto a la ventanilla; el mismo pelo alborotado, lacio y negro; los mismos ojos verdes, rasgados; y la misma boca, de la que decir cualquier adjetivo que no implique perfección sería pecar por calumnia.
Me mira. Avanzo.
Lo miro, siempre en el mismo abrigo largo, para que me reconozca, y le dedico la más cálida de mis miradas aunque intuyo que puede ver la oscuridad dentro de mi.
Sonríe. Esa sonrisa eterna.
Ya casi estoy en la puerta, con mi billete arrugado en el bolsillo derecho. Siempre en el derecho.
Me apresuro. Tal vez hoy...
Y las puertas se cierran otra noche más, dejándome de pie ante su mirada, inescrutable.
Me muerdo el labio y siento estallar el nudo en mi garganta.
"Hasta mañana."
Por más cerca que me sitúe, calculando la distancia exacta para poder ver cuál habrá tomado esta vez, nunca llego a tiempo. Como si el maldito conductor se burlase de mi, dejándome en tierra una y otra vez. El tiempo se ralentiza en mi cuerpo, paralizándome; y corre aprisa para el resto de viajeros. Para él.
Me juro que al día siguiente lo conseguiré. Pero así pasa el tiempo hasta que, una noche, no aparece en ninguno de aquellos en los que suele viajar. Ni a la siguiente. Ni a la siguiente.
Y mis billetes siguen arrugados en el bolsillo derecho, una tras otra, esperando.
Quizá haya gente que, simplemente, no tiene tren.
No podría asegurar cuánto tiempo ha pasado desde entonces, pero una noche cualquiera salgo de la estación y la Luna baña mi rostro, recibiéndome con vaga indulgencia.
Camino cansada, con el abrigo raído y sin ningún billete en los bolsillos.
Rivera abajo entono para mi canciones que humedecen mi boca de desesperanza.
Alguien se acerca corriendo, cansado. Como quien pierde el último tren.
Casi sonrío.
Entre la niebla distingo el cabello revuelto y lacio fundirse con la suave llovizna que empapa los inviernos de esta ciudad a estas horas de la noche.
Cuando nos encontramos lo suficientemente cerca como para reconocernos el rostro, paro en seco y él apenas da un paso más, lo justo para equilibrarse. Exhala con vehemencia mientras me mira.
Entrecierro los ojos.
Su boca se abre.
Y no sé si estoy soñando, si se ha ido o sigue en mi cama, pero me juro que compraré cada billete de cada tren, hasta que llegue el mío, implorando al Cielo que él siga en su asiento junto a la ventanilla.
Mi piel está varios grados por debajo de lo saludable, pero no sufro. Siempre hace frío por dentro.
Una pareja se despide entre lágrimas con una promesa que no valdrá la mitad del reloj que él aceptó de otra mujer. Dos amigos se reencuentran, una anciana de cabellos largos y canosos se equivoca de andén y una maleta espera, olvidada en el tercer asiento junto al gran reloj.
El tren de las cinco menos tres minutos es anunciado por el interfono. No sé a dónde lleva, pero es el que espero. Sé que es el que tengo que coger. Creo que algo parecido a una sonrisa surca mi rostro, no puedo asegurarlo.
Cuando para ante mi se abren las compuertas y alzo la mirada, al fin. Otra vez él, en el mismo asiento, junto a la ventanilla; el mismo pelo alborotado, lacio y negro; los mismos ojos verdes, rasgados; y la misma boca, de la que decir cualquier adjetivo que no implique perfección sería pecar por calumnia.
Me mira. Avanzo.
Lo miro, siempre en el mismo abrigo largo, para que me reconozca, y le dedico la más cálida de mis miradas aunque intuyo que puede ver la oscuridad dentro de mi.
Sonríe. Esa sonrisa eterna.
Ya casi estoy en la puerta, con mi billete arrugado en el bolsillo derecho. Siempre en el derecho.
Me apresuro. Tal vez hoy...
Y las puertas se cierran otra noche más, dejándome de pie ante su mirada, inescrutable.
Me muerdo el labio y siento estallar el nudo en mi garganta.
"Hasta mañana."
Por más cerca que me sitúe, calculando la distancia exacta para poder ver cuál habrá tomado esta vez, nunca llego a tiempo. Como si el maldito conductor se burlase de mi, dejándome en tierra una y otra vez. El tiempo se ralentiza en mi cuerpo, paralizándome; y corre aprisa para el resto de viajeros. Para él.
Me juro que al día siguiente lo conseguiré. Pero así pasa el tiempo hasta que, una noche, no aparece en ninguno de aquellos en los que suele viajar. Ni a la siguiente. Ni a la siguiente.
Y mis billetes siguen arrugados en el bolsillo derecho, una tras otra, esperando.
Quizá haya gente que, simplemente, no tiene tren.
No podría asegurar cuánto tiempo ha pasado desde entonces, pero una noche cualquiera salgo de la estación y la Luna baña mi rostro, recibiéndome con vaga indulgencia.
Camino cansada, con el abrigo raído y sin ningún billete en los bolsillos.
Rivera abajo entono para mi canciones que humedecen mi boca de desesperanza.
Alguien se acerca corriendo, cansado. Como quien pierde el último tren.
Casi sonrío.
Entre la niebla distingo el cabello revuelto y lacio fundirse con la suave llovizna que empapa los inviernos de esta ciudad a estas horas de la noche.
Cuando nos encontramos lo suficientemente cerca como para reconocernos el rostro, paro en seco y él apenas da un paso más, lo justo para equilibrarse. Exhala con vehemencia mientras me mira.
Entrecierro los ojos.
Su boca se abre.
Y no sé si estoy soñando, si se ha ido o sigue en mi cama, pero me juro que compraré cada billete de cada tren, hasta que llegue el mío, implorando al Cielo que él siga en su asiento junto a la ventanilla.
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