Estoy enfadada con Dios. Aunque, si soy sincera, siquiera sé si creo en él de verdad. Pero estoy enfadada, cabreada y dolida, porque si realmente nos amase a todos por igual, a mi no me tocaría vivir cierto tipo de cosas. Tal vez Dios sea mujer y me tiene envidia, no lo sé.
Será egoísta, que mire por mi y no por los cientos de niños, enfermos y gente buena que apenas puede sobrevivir; pero es que esto me toca a mi. A mi y no a otra persona.
Y me pregunto por qué. Todos los días. Y le he pedido que me escuche de vez en cuando, sólo un ratito. Pero me ignora.
Habrá cosas más importantes, de seguro. Pero, ¿ni un sólo segundo? Si se quiere, se puede, se saca tiempo de debajo de las piedras. O eso dicen.
Pero no en mi caso. Así que estoy cabreada, porque suelo culparme de las cosas y hoy en día estoy bastante segura de que no me lo merezco.
Así que sí, estoy cabreada con Dios. Y me da igual blasfemar, porque ya no sé si creo en él o en mi. No sé si creo en nadie.
Tampoco tiene sentido que piense esto siendo yo y mis circunstancias, mis estudios y mi forma de ser. Pero lo estoy. Estoy muy enfadada y me da rabia, tener fe es para los que son escuchados de vez en cuando.
Estoy muy enfadada, Dios. Y no espero una disculpa ni una solución. Quiero poder vivir de una vez lo que me corresponde vivir. Y que me dejes disfrutarlo, que no me lo quites, que dejes de tocarte los cojones viéndome llorar y berrear, tirarme al suelo y patear paredes, gritar en cojines e hincharme a súplicas a alguien o algo intangible. No me ignores, necesito un logro, un éxito, una victoria.
Escúchame de una puta vez.