viernes, 23 de enero de 2015

Despiértame una vez más

Aquel reflejo de plata en tu espalda morena mientras apretabas mi mano y, verde tu mirada, me tumbaba en la arena.
Un te quiero callado en mi orgullo nublado buscaba salir desde dentro pero la indiferencia que con miedo de ti esperaba predijo mis lamentos, y se quedó en mi boca, con todo aquello que echo de menos.
Y así se cumplió la profecía: una noche más, sin volver a hablar.
Escondida entre la espuma de mis recuerdos me frustro e intento olvidar, prometiéndome a mi misma que seas tú quien me vuelva a buscar.
Y me contesto hora tras hora que no lo harás, que no volverás jamás. Que no habrá otro día que me vengas a despertar.
Valiente tontería la mía, amando tanto el reflejo de algo que nunca fue mio en realidad.
Sólo soy un cuerpo, a fin de cuentas. ¿Qué más te va a importar? Sigo estando sola frente al mar.
Ya no sé si ansío más la libertad de tu aroma o que te quedes en mi boca.

domingo, 11 de enero de 2015

De donde vienen las olas

Nadie podría mirarte e imaginar que algo tan hermoso, tan perfectamente imperfecto, es obra de la casualidad. Casi me incita a creer en Dios ciegamente.
A veces me gusta pensar que la naturaleza intenta mejorarte aún más, si cabe, llevándote a través de tanto dolor. A veces, incluso me permito pensar que puede que, cuando todo pase y estés preparado para desafiarte a ti mismo, vuelva a despertarte cuando te abrazo con mi pierna mientras dormirmos. Pero sólo por un instante, por si las estrellas fugaces deciden no pasar por mi ventana.
Creo que no hay nada que nadie pueda decir para que te sientas mejor, pero me gustaría que supieras que me preocupo, que estoy atenta, que sigo aquí por si necesitas algo. Aunque sé, casi me atrevería a jurar, que no te apetezco y que no me pedirás una hora o dos de charla con cervezas y papas porque tal vez crees que te llevaré por otras conversaciones. O porque no quieres verme.
No soy tan egoísta. Y lo entiendo casi llegándolo a comprender.
Sé bien que soy mucho de "naturaleza" y "destino" pero debo creer en algo para no volverme loca porque si no, al mirarte ahora, al mirarnos después de todo, al mirarme a mi misma o al resto de seres tristes, me desplomaría en la injusticia que sería responderme: esto ocurre porque sí.
No, me niego. Ocurre porque tenemos que llegar a algo, a algo bueno, porque así apreciaremos y seremos apreciados de maneras inconcebibles, porque así nos elevaremos más grandes, más fuertes; sabios abuelos de alpargata y párpados caídos en los que buscarán consejo.
Todo pasa, todo cura, todo cicatriza y te revela el secreto de seguir adelante de tantas formas que ya no habrá nada que te lleve a las sombras.
Hay luz en ti. Es esa luz intensa, atrayente que los líderes natos albergan en sus pupilas. Es a esa luz de la que hablo, es ese destello dorado y verde lo que me hace creer en un Dios que no me atiende, porque tan pronto te ofrece como te aparta de mi, entre otras muchas maldades.
Pero no, no es él quien te ha creado. Tu alma está hecha de experiencias que te hacen ser quien eres. Y esta es otra más.
Sé bien que tu herida es mucho más grande y distinta que la que llevo yo ahora vendada dentro del pecho pero, como alguien dijo una vez, "te dejo porque me importan más tus sentimientos que los míos." Así que aquí seguiré, por si acaso, aunque no vuelvas a aparecer.
Ojalá encuentres alivio, porque nada más importa ahora. Nada más.

Qué caótica estoy siendo.

jueves, 8 de enero de 2015

Qué cojones, los de mi suerte.

Llegados a este punto, incluso el silencio me enerva, me comprime y me agota hasta lo más profundo. Siento los nervios tensos y el intestino hecho un nudo. Me agobia el sonido de mi respiración y el bombeo de la sangre en las puntas de mis dedos. Es como si no llevasen a ninguna parte. ni coherencia albergo.
¿Me mantienen viva? No, perdonadme; me impiden moverme, incitándome a sólo sobrevivir.
Qué hastío de cuerpo y mente, los míos. Qué coraje de fortuna. Qué impotencia y qué necesidad de un final digno, en voz alta y cara a cara.
En resumen; qué cojones, los de mi suerte.

martes, 6 de enero de 2015

De un ciento que vuela, el ruido; de un ciento que nada, el aire

Cómoda es de sentir la tristeza, así como cortante es el volar de las aves que portan memorias del mismo día presente, de cómo lo viví cierto tiempo atrás. Y así día a día. Es curiosa la maldad con la que hurgan en la herida abierta y que no parece querer sanar.
Es agotador. Aunque todavía no soy tan sabia como para poder decir, con total seguridad, si duele más la esperanza de un gesto o no tener ninguna.
Desearía morder una manzana envenenada y dormir, hacer pasar el tiempo que tan sanador proclaman las leyendas. Dormir, dormir y descansar. Sólo por un minuto. Quizá una pequeña eternidad.