Todo el mundo quiere una gran historia: atormentada, que vaya del amor al odio como del arrojo al miedo. Llena de pasión, exagerada, que halle el Cielo en una mirada y el Infierno en dos palabras. Envidiada, que haga historia y llene cuerpo y alma; que vacíe cada nervio cuando tiemblan los pilares sobre los que se levanta. Una historia dramática en su inicio, trágicamente hermosa en cada aliento y que culmine en el más feliz de los finales. Que gane el amor, que se sobreponga a todo al abrir los ojos una noche bajo la lluvia más copiosa del año. Así, de repente.
Ilusos.
Yo no quiero nada de eso, a mi me sobran tragedias y aparatosos momentos de claridad; a mi me sobran príncipes o querer que sólo le toque el Sol cuando yo estoy cerca. Yo sólo quiero su sonrisa.
Porque cuando él sonríe, ahí está mi hogar.
sábado, 27 de septiembre de 2014
Qué gilipollez
Eran pequeños detalles: veinte minutos por la mañana, un pique de mediodía o una llamada por la noche. A veces un "vente, que no quiero verte" que sonaba a guiño color esmeralda; una pregunta que pide dormir la siesta con la televisión encendida; el "¿nos vamos de tapeo?" de aquella vez o esa foto al fondo de la conversación; provocarme, retarme y luego adularme así, de repente, sin venir a cuento. La adoración de aquel unicornio azul o esa forma de mirar en un bar de bocadillos.
De pronto lo tenía, de pronto desaparecía. Era como saltar al vacío sin saber cuándo o contra qué vas a chocar.
Tonterías. Quizá sin importancia, ¿quién sabe?
Pero eran esas estupideces las que le daban seguridad.
Todo se basaba en la necesidad de sentir seguridad. No pretendía nada más. No quería nada más. Ya no.
Qué gilipollez.
De pronto lo tenía, de pronto desaparecía. Era como saltar al vacío sin saber cuándo o contra qué vas a chocar.
Tonterías. Quizá sin importancia, ¿quién sabe?
Pero eran esas estupideces las que le daban seguridad.
Todo se basaba en la necesidad de sentir seguridad. No pretendía nada más. No quería nada más. Ya no.
Qué gilipollez.
miércoles, 17 de septiembre de 2014
Los Labios del Diablo II
Él.
-Oh, señor Cavanaugh, es usted todo un galán.
La señorita Cassidy me miraba a través de sus pestañas, era realmente molesta. Pero mi affair con la señora Munch había terminado de improviso y no me había dado tiempo a cubrirme las espaldas. Gran error por mi parte. Necesitaba una cama de inmediato, aún eran frías las noches en primavera, y la cabaña del campo de mi hermano no era un lugar acogedor. Menos aún cuando traía esas vulgares señoritas de compañía. Putas, no había por qué nombrarlas con eufemismos. No eran más que rameras que me miraban con lujuria y provocaban al impetuoso de mi hermano a darme con sus anillos en la espalda al caer yo dormido. Ya éramos mayores para seguir con ese juego.
Desconecté mi mente de su incansable parloteo durante unos segundos. Sabía que mi plan podría fallar si lo hacía, pero su aguda voz se clavaba en mis oídos, provocándome dolor de cabeza.
Me permití un barrido de la pequeña sala de baile por curiosidad, a fin de cuentas, la señorita Cassidy no dejaba de mirar los pliegues de su vestido.
Y ahí la vi, de nuevo. ¿Quién era ella? Hoy no llevaba el cabello completamente recogido y yo no quería más que sumir mi respiración en sus rizos negros. Miraba con hastío un punto fijo en la pared. Quizá era obligada a venir a cada evento social.
-¿Señor Cavanaugh? ¿Me está usted escuchando?
-¿Eh? Oh, lo siento Cassidy, usted hace que mi mente vuele a rincones muy lejanos. Permítame.
A rincones lo más lejanos posibles de ella, por supuesto. Tomé su mano y besé el dorso con desgana, olía demasiado dulce.
Se sonrojó, regocijándose de ser la elegida entre todas sus amigas. Como si no conociese esa mirada.
Malditas mujeres caprichosas. Todas sometidas a los deberes sociales que con tanta ilusión esperan para caer rendidas a los encantos de hombres adinerados con los que procrear.
Ah, si yo contase las historias de cama de las mujeres...
-Si me permite traerle un refresco...
Y logré desaparecer entre el gentío. Qué bendición para mis oídos.
Eché otro vistazo alrededor de las mesas para verla, pero había desaparecido.
Llené dos copas de licor. Con suerte, Cassidy tendría prohibido el alcohol y sería más fácil salir de este infame lugar, terminar rápido el trabajo y descansar.
Oh, tres mesas a mi derecha un joven vestido con el traje del ejército hablaba con ella. Reía, y yo sentía los celos cubrir mi pecho. ¿Quién era el indeseable que intentaba llevársela? Sacó un abanico de plumas y escondió su boca tras él, mirando al hombre con picardía. Ah, la estrategia del abanico. Bostezar tras él era tan común... En mi forma de vida, había tenido que aprenderme cada treta femenina al dedillo. ¡Qué habría sido de mí sin ellas!
La señorita ahora miraba la mesa, perdida en sus pensamientos, mientras el maldito militar intentaba recobrar su atención.
Yo no la aburriría con, de seguro, falsas historias de guerras inexistentes. Yo le hablaría de los rincones de Roma.
¿Cuándo me atrevería yo a hablar con ella? Verla rechazar tantos bailes, tantas ofertas de matrimonio denegadas habían llegado a mis oídos... Si había rechazado a Sir Dante, ¿cómo iba yo a...? Sacudí la cabeza para sacarme este pensamiento. ¿Qué buscaba entonces? ¿A quién? No aceptaba divertirse bailando, no aceptaba dinero ni joyas, siquiera paseos por el río.
Alzó de pronto su hermoso rostro, unos ojos del color de la miel atraparon los míos. Y desvié la mirada. Ah, Drake, Drake, ¿dónde está tu valor, amigo? Esas cejas en perfecto arco, esos labios sonrosados, esa pálida tez.. Su nariz, pequeña y adorable. Yo quería besar esa nariz.
El militar concentró su atención, con los ojos desmesuradamente abiertos, en el escotado vestido de mi señorita. Qué repulsivo. Ella es una dama, bastardo, no Cassidy, ni Elisheva, ni la señora Dinth.
-Señor Cavanaugh. -Un hombre de mediana edad tocó mi hombro.
-Sí, señor...
-Von Schelt.
Asentí, reconociendo al famoso comerciante.
-Es un placer, señor, ¿en qué puedo servirle?
-En realidad, es asunto de mi curiosidad. Sería maleducado por mi parte preguntarle sin invitarlo a un trago. ¿Le gustaría acompañarme a mi mesa? Si no está ocupado.
-En realidad esperaba llevarle estas bebidas a la señorita Cassidy, pero puedo preguntarle si esperaría.
-Oh, tranquilo muchacho, mi sobrina lo esperará con gusto, aunque no le recomendaría irse con ella esta noche. Es estúpida y ya nos ha causado suficiente deshonor. Conozco su fama.
Tragué, he de admitir que con miedo.
-Tranquilo. ¡Quién fuese usted! Reconozco que lo admiro, es un canalla.
-Bueno, de algo hay que vivir.
-Hágalo mientras pueda. Mi mujer es una arpía. Le cambiaba el puesto con gusto.
Sonreí, aliviado.
Lo acompañé a su mesa y tomamos una copa, hablando de trabajo, mujeres y vino. Los brazos de Morfeo me llamaban, presurosos.
-Bueno, señor Cavanaguh, sacie mi curiosidad. ¿A qué se dedica?
-Ya se lo he dicho.
-¿De verdad sólo vive de catres y regalos? Es usted un prostituto, amigo. ¿Y si embarazase a alguna?
-No es el primero ni será el último que me tache de ello. Pero no tengo la suerte de una familia acomodada. En cuanto a los embarazos, he tenido suerte por ahora. O, al menos, nadie me ha culpado de nada.
Von Schelt reflexionó un instante, cabizbajo.
-Hay por ahí trabajos honrados.
-¿Minero? ¿Tendero? Señor, sin desprestigiar esos duros trabajos, no estoy hecho para ello. Llámeme estúpido, pero prefiero el mío. Soy quien elige, recibo regalos y hago disfrutar a las damas.
Omití a mi hermano y su ávido interés por partirme las piernas. Dar pena no era lo mío. Pero estaba orgulloso de no haber sido yo quien acabase con el labio partido la última vez.
-¿Tiene, al menos, una filosofía?
-Si se refiere a un lema o doctrina, no tengo razones para creer en ellos.
-¿Ni perfume de mujer que nuble sus sentidos?
-¡Qué poético es usted, señor Von Schelt! A decir verdad, una sola dama me ha cautivado, pero no sé su nombre.
-Dígame quién es. Conozco a todas las jovencitas de esta ciudad.
No sabía si era seguro señalarle a un desconocido tan poderoso la mujer que me traía de cabeza, pero mi avidez de información era tal que, sin pensarlo, la busqué. Por suerte el abominable joven no estaba ya con ella.
-¿Ve a esa dama, de pie, al lado del señor Fatson? La del vestido negro con encajes de plata, muy escotada.
-¿La señorita del pelo medio suelto, morena?
-Ella es por lo que dejaría mi vida y serviría de mozo de cuadra, aunque fuese, para comprar una cinta que decorase su vestido.
-Señor Cavanaugh, lo veo encandilado. ¿Cuántos bailes debe de haber pasado usted contemplando a la bella hija del general?
La hija del general. Dios mío... Mis esperanzas se vieron más rotas, si cabía. Pero no era capaz de recordar el maldito apellido de su padre. Yo quería poner su nombre a mis noches.
-La vi por primera vez en la fiesta de presentación en sociedad de la hija de la hija de Lord Harry Hudson.
-De eso hace ya seis meses, Cavanaugh. -Rió con ganas.- Sáquela a bailar. Quizá tenga suerte. Pero no se ha comprometido con ninguno, que se sepa. Ni la alcahueta de mi mujer sabe nada, por más que ha querido.
-Oh no, ¿cómo iba yo a hacerlo? Con mi fama pensaría cualquier cosa de mi.
-¿Acaso no son esas sus intenciones?
-¡Por supuesto que no!
Mi indignación pasó a realismo. Era lógico que pensase de tal manera. Si él lo hacía, ¿qué no pensaría ella? Von Schelt me miraba con los ojos entrecerrados, como enternecido.
-Muchacho, vaya a por ella. Lo veo sufriendo el amor que yo no sentía cuando me casé con mi señora. Si le dice que no, habrá escuchado su nombre de su boca al menos. Y, por su expresión, eso es suficiente regalo para usted. -Volvió a reírse de mi.
Tenía razón, yo debía hacer algo. Me gustaban los retos, aunque este fuese casi imposible.
Cassidy se estaba acercando a nuestra mesa, airada. Qué mujer tan pesada. Von Schelt la entretuvo, dejándome espacio para pensar en mis posibilidades. Seguridad no me faltaba, y conocimientos tampoco. Sólo valor y su nombre. La tonta muchacha seguía aquí y resultaba indecoroso preguntarle a su tío el nombre de mi señorita. Ah, la educación, maldito trámite social.
Tuve que conversar amigablemente con los dos, pero por suerte el comerciante mandó a su sobrina a casa, quien me miró con pena.
-Bueno Cavanaugh, ha sido un placer charlar con usted. Es una buena persona, aun con su oficio y los rumores a sus espaldas. ¿Quién lo diría? Le deseo toda clase de suerte con la señorita Evans.
¡Evans!
-Y, ¿su nombre de pila?
-Alexandría. Buenas noches, espero volver a verlo. Es usted interesante. Y, en confidencia, he de aceptar que si fuese mujer, ya me hubiese ido con usted. ¡Diablos! No me extraña... Pero he de pedirle un favor, no lo intente con ella. Es una bruja, pero es mi señora. Moriría sólo, con mi fortuna.
-Tiene mi palabra, señor. Buenas noches.
Asentí y Von Schelt se marchó, quedándome yo sentado en la mesa vacía.
Alexandría Evans.
Alexandría...
La miré marchar del brazo de una mujer mayor. Y, de inmediato, la eché de menos.
El próximo evento sería en dos semanas. Quizá entonces...
Minutos después, planeando mi presentación, partí sin gloria caminando hacia mi cabaña, preparándome para enfrentar puños con mi hermano.
-Oh, señor Cavanaugh, es usted todo un galán.
La señorita Cassidy me miraba a través de sus pestañas, era realmente molesta. Pero mi affair con la señora Munch había terminado de improviso y no me había dado tiempo a cubrirme las espaldas. Gran error por mi parte. Necesitaba una cama de inmediato, aún eran frías las noches en primavera, y la cabaña del campo de mi hermano no era un lugar acogedor. Menos aún cuando traía esas vulgares señoritas de compañía. Putas, no había por qué nombrarlas con eufemismos. No eran más que rameras que me miraban con lujuria y provocaban al impetuoso de mi hermano a darme con sus anillos en la espalda al caer yo dormido. Ya éramos mayores para seguir con ese juego.
Desconecté mi mente de su incansable parloteo durante unos segundos. Sabía que mi plan podría fallar si lo hacía, pero su aguda voz se clavaba en mis oídos, provocándome dolor de cabeza.
Me permití un barrido de la pequeña sala de baile por curiosidad, a fin de cuentas, la señorita Cassidy no dejaba de mirar los pliegues de su vestido.
Y ahí la vi, de nuevo. ¿Quién era ella? Hoy no llevaba el cabello completamente recogido y yo no quería más que sumir mi respiración en sus rizos negros. Miraba con hastío un punto fijo en la pared. Quizá era obligada a venir a cada evento social.
-¿Señor Cavanaugh? ¿Me está usted escuchando?
-¿Eh? Oh, lo siento Cassidy, usted hace que mi mente vuele a rincones muy lejanos. Permítame.
A rincones lo más lejanos posibles de ella, por supuesto. Tomé su mano y besé el dorso con desgana, olía demasiado dulce.
Se sonrojó, regocijándose de ser la elegida entre todas sus amigas. Como si no conociese esa mirada.
Malditas mujeres caprichosas. Todas sometidas a los deberes sociales que con tanta ilusión esperan para caer rendidas a los encantos de hombres adinerados con los que procrear.
Ah, si yo contase las historias de cama de las mujeres...
-Si me permite traerle un refresco...
Y logré desaparecer entre el gentío. Qué bendición para mis oídos.
Eché otro vistazo alrededor de las mesas para verla, pero había desaparecido.
Llené dos copas de licor. Con suerte, Cassidy tendría prohibido el alcohol y sería más fácil salir de este infame lugar, terminar rápido el trabajo y descansar.
Oh, tres mesas a mi derecha un joven vestido con el traje del ejército hablaba con ella. Reía, y yo sentía los celos cubrir mi pecho. ¿Quién era el indeseable que intentaba llevársela? Sacó un abanico de plumas y escondió su boca tras él, mirando al hombre con picardía. Ah, la estrategia del abanico. Bostezar tras él era tan común... En mi forma de vida, había tenido que aprenderme cada treta femenina al dedillo. ¡Qué habría sido de mí sin ellas!
La señorita ahora miraba la mesa, perdida en sus pensamientos, mientras el maldito militar intentaba recobrar su atención.
Yo no la aburriría con, de seguro, falsas historias de guerras inexistentes. Yo le hablaría de los rincones de Roma.
¿Cuándo me atrevería yo a hablar con ella? Verla rechazar tantos bailes, tantas ofertas de matrimonio denegadas habían llegado a mis oídos... Si había rechazado a Sir Dante, ¿cómo iba yo a...? Sacudí la cabeza para sacarme este pensamiento. ¿Qué buscaba entonces? ¿A quién? No aceptaba divertirse bailando, no aceptaba dinero ni joyas, siquiera paseos por el río.
Alzó de pronto su hermoso rostro, unos ojos del color de la miel atraparon los míos. Y desvié la mirada. Ah, Drake, Drake, ¿dónde está tu valor, amigo? Esas cejas en perfecto arco, esos labios sonrosados, esa pálida tez.. Su nariz, pequeña y adorable. Yo quería besar esa nariz.
El militar concentró su atención, con los ojos desmesuradamente abiertos, en el escotado vestido de mi señorita. Qué repulsivo. Ella es una dama, bastardo, no Cassidy, ni Elisheva, ni la señora Dinth.
-Señor Cavanaugh. -Un hombre de mediana edad tocó mi hombro.
-Sí, señor...
-Von Schelt.
Asentí, reconociendo al famoso comerciante.
-Es un placer, señor, ¿en qué puedo servirle?
-En realidad, es asunto de mi curiosidad. Sería maleducado por mi parte preguntarle sin invitarlo a un trago. ¿Le gustaría acompañarme a mi mesa? Si no está ocupado.
-En realidad esperaba llevarle estas bebidas a la señorita Cassidy, pero puedo preguntarle si esperaría.
-Oh, tranquilo muchacho, mi sobrina lo esperará con gusto, aunque no le recomendaría irse con ella esta noche. Es estúpida y ya nos ha causado suficiente deshonor. Conozco su fama.
Tragué, he de admitir que con miedo.
-Tranquilo. ¡Quién fuese usted! Reconozco que lo admiro, es un canalla.
-Bueno, de algo hay que vivir.
-Hágalo mientras pueda. Mi mujer es una arpía. Le cambiaba el puesto con gusto.
Sonreí, aliviado.
Lo acompañé a su mesa y tomamos una copa, hablando de trabajo, mujeres y vino. Los brazos de Morfeo me llamaban, presurosos.
-Bueno, señor Cavanaguh, sacie mi curiosidad. ¿A qué se dedica?
-Ya se lo he dicho.
-¿De verdad sólo vive de catres y regalos? Es usted un prostituto, amigo. ¿Y si embarazase a alguna?
-No es el primero ni será el último que me tache de ello. Pero no tengo la suerte de una familia acomodada. En cuanto a los embarazos, he tenido suerte por ahora. O, al menos, nadie me ha culpado de nada.
Von Schelt reflexionó un instante, cabizbajo.
-Hay por ahí trabajos honrados.
-¿Minero? ¿Tendero? Señor, sin desprestigiar esos duros trabajos, no estoy hecho para ello. Llámeme estúpido, pero prefiero el mío. Soy quien elige, recibo regalos y hago disfrutar a las damas.
Omití a mi hermano y su ávido interés por partirme las piernas. Dar pena no era lo mío. Pero estaba orgulloso de no haber sido yo quien acabase con el labio partido la última vez.
-¿Tiene, al menos, una filosofía?
-Si se refiere a un lema o doctrina, no tengo razones para creer en ellos.
-¿Ni perfume de mujer que nuble sus sentidos?
-¡Qué poético es usted, señor Von Schelt! A decir verdad, una sola dama me ha cautivado, pero no sé su nombre.
-Dígame quién es. Conozco a todas las jovencitas de esta ciudad.
No sabía si era seguro señalarle a un desconocido tan poderoso la mujer que me traía de cabeza, pero mi avidez de información era tal que, sin pensarlo, la busqué. Por suerte el abominable joven no estaba ya con ella.
-¿Ve a esa dama, de pie, al lado del señor Fatson? La del vestido negro con encajes de plata, muy escotada.
-¿La señorita del pelo medio suelto, morena?
-Ella es por lo que dejaría mi vida y serviría de mozo de cuadra, aunque fuese, para comprar una cinta que decorase su vestido.
-Señor Cavanaugh, lo veo encandilado. ¿Cuántos bailes debe de haber pasado usted contemplando a la bella hija del general?
La hija del general. Dios mío... Mis esperanzas se vieron más rotas, si cabía. Pero no era capaz de recordar el maldito apellido de su padre. Yo quería poner su nombre a mis noches.
-La vi por primera vez en la fiesta de presentación en sociedad de la hija de la hija de Lord Harry Hudson.
-De eso hace ya seis meses, Cavanaugh. -Rió con ganas.- Sáquela a bailar. Quizá tenga suerte. Pero no se ha comprometido con ninguno, que se sepa. Ni la alcahueta de mi mujer sabe nada, por más que ha querido.
-Oh no, ¿cómo iba yo a hacerlo? Con mi fama pensaría cualquier cosa de mi.
-¿Acaso no son esas sus intenciones?
-¡Por supuesto que no!
Mi indignación pasó a realismo. Era lógico que pensase de tal manera. Si él lo hacía, ¿qué no pensaría ella? Von Schelt me miraba con los ojos entrecerrados, como enternecido.
-Muchacho, vaya a por ella. Lo veo sufriendo el amor que yo no sentía cuando me casé con mi señora. Si le dice que no, habrá escuchado su nombre de su boca al menos. Y, por su expresión, eso es suficiente regalo para usted. -Volvió a reírse de mi.
Tenía razón, yo debía hacer algo. Me gustaban los retos, aunque este fuese casi imposible.
Cassidy se estaba acercando a nuestra mesa, airada. Qué mujer tan pesada. Von Schelt la entretuvo, dejándome espacio para pensar en mis posibilidades. Seguridad no me faltaba, y conocimientos tampoco. Sólo valor y su nombre. La tonta muchacha seguía aquí y resultaba indecoroso preguntarle a su tío el nombre de mi señorita. Ah, la educación, maldito trámite social.
Tuve que conversar amigablemente con los dos, pero por suerte el comerciante mandó a su sobrina a casa, quien me miró con pena.
-Bueno Cavanaugh, ha sido un placer charlar con usted. Es una buena persona, aun con su oficio y los rumores a sus espaldas. ¿Quién lo diría? Le deseo toda clase de suerte con la señorita Evans.
¡Evans!
-Y, ¿su nombre de pila?
-Alexandría. Buenas noches, espero volver a verlo. Es usted interesante. Y, en confidencia, he de aceptar que si fuese mujer, ya me hubiese ido con usted. ¡Diablos! No me extraña... Pero he de pedirle un favor, no lo intente con ella. Es una bruja, pero es mi señora. Moriría sólo, con mi fortuna.
-Tiene mi palabra, señor. Buenas noches.
Asentí y Von Schelt se marchó, quedándome yo sentado en la mesa vacía.
Alexandría Evans.
Alexandría...
La miré marchar del brazo de una mujer mayor. Y, de inmediato, la eché de menos.
El próximo evento sería en dos semanas. Quizá entonces...
Minutos después, planeando mi presentación, partí sin gloria caminando hacia mi cabaña, preparándome para enfrentar puños con mi hermano.
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