miércoles, 9 de abril de 2014

Que mi boca sonreirá sin saberlo

Me despierta tu aliento en mi nuca, erizando cada una de las células de mi piel. Cuando abro los ojos no te veo, pero puedo sentirte aún entre la vigilia y el sueño, arropándote entre risas con aire triunfador.
Revuelvo mis sábanas buscándote hasta que me doy cuenta de que has vuelto a meterte en mi cabeza cuando sólo quería dormir. Y no es que me disguste, pero también te veo ahí sentado, en el borde de la bañera, mirando cómo me peino cada mañana; u observándome, divertido, cocinar un par de huevos a las tantas de la madrugada, recostado en la silla a punto de caer dormido; por no hablar de mi portal, medio escondidos... Y mi cama. Aún puedo olerte si hundo mi nariz justo a la izquierda de la almohada, cuando las flores no están del revés.
Al intentar que coja una rabieta con tus tretas; las peores "malas artes" que he conocido, y mira que he vivido un ciento, te encorrería hasta el fin del mundo. Pero luego vienes y me das un beso de esos en los que los labios tiemblan tan imperceptiblemente que ni lo notas, pero te inunda la garganta y dejas de respirar.
Y es que siquiera entiendo qué es esto que me hace enfadar, desearte y temerte al tiempo. Reventaría de rabia y te escupiría un "te quiero". Entonces sonreirías enseñando todos tus dientes en un gesto que aún ahora me sorprende que sea para mi. A decir verdad, la tuya es una de mis favoritas.
La seguridad en tu abrazo, el ser pequeña y grande y que me llames por mi nombre en la curiosa cadencia de tu hablar; la sonoridad juvenil de tu nombre y la prepotencia, chulería, a veces arrogancia y maldita condescendencia con la que a veces me hablas: todo ello me frustra y rebela. Porque es al sobrecogerme cuando me doy cuenta de que tal vez los de allá arriba nos hayan puesto en el mismo camino por alguna razón, siempre volviéndonos a encontrar a lo largo de los tres últimos años, -curiosa nuestra historia, ¿no crees?- y que los mismos puedan quitarme esto que no me atrevo a pensar perder, impotente de mi.
Te quiero. Te quiero, te quiero, te quiero. Te quiero entre lágrimas y te quiero a carcajadas, sobre tu cama o el sofá; sometido al vodka o enfadado; te quiero cocinando mientras cantas o callado pensando en sabe Dios qué retorcida causa.
Y no puedo evitarlo, ya es tarde para echarme atrás, por menos que te guste, por menos que lo quieras. O por más.
Y me quieres, y estoy dentro de ti, aunque te lo niegues, te contradigas o te sabotees sin darte cuenta.
Y, ¿qué será, será? La vida nos lo dirá, hasta entonces... sigue acariciándome mientras duermo, que mi boca sonreirá sin saberlo.