Revuelvo mis sábanas buscándote hasta que me doy cuenta de que has vuelto a meterte en mi cabeza cuando sólo quería dormir. Y no es que me disguste, pero también te veo ahí sentado, en el borde de la bañera, mirando cómo me peino cada mañana; u observándome, divertido, cocinar un par de huevos a las tantas de la madrugada, recostado en la silla a punto de caer dormido; por no hablar de mi portal, medio escondidos... Y mi cama. Aún puedo olerte si hundo mi nariz justo a la izquierda de la almohada, cuando las flores no están del revés.
Al intentar que coja una rabieta con tus tretas; las peores "malas artes" que he conocido, y mira que he vivido un ciento, te encorrería hasta el fin del mundo. Pero luego vienes y me das un beso de esos en los que los labios tiemblan tan imperceptiblemente que ni lo notas, pero te inunda la garganta y dejas de respirar.
Y es que siquiera entiendo qué es esto que me hace enfadar, desearte y temerte al tiempo. Reventaría de rabia y te escupiría un "te quiero". Entonces sonreirías enseñando todos tus dientes en un gesto que aún ahora me sorprende que sea para mi. A decir verdad, la tuya es una de mis favoritas.
La seguridad en tu abrazo, el ser pequeña y grande y que me llames por mi nombre en la curiosa cadencia de tu hablar; la sonoridad juvenil de tu nombre y la prepotencia, chulería, a veces arrogancia y maldita condescendencia con la que a veces me hablas: todo ello me frustra y rebela. Porque es al sobrecogerme cuando me doy cuenta de que tal vez los de allá arriba nos hayan puesto en el mismo camino por alguna razón, siempre volviéndonos a encontrar a lo largo de los tres últimos años, -curiosa nuestra historia, ¿no crees?- y que los mismos puedan quitarme esto que no me atrevo a pensar perder, impotente de mi.
Te quiero. Te quiero, te quiero, te quiero. Te quiero entre lágrimas y te quiero a carcajadas, sobre tu cama o el sofá; sometido al vodka o enfadado; te quiero cocinando mientras cantas o callado pensando en sabe Dios qué retorcida causa.
Y no puedo evitarlo, ya es tarde para echarme atrás, por menos que te guste, por menos que lo quieras. O por más.
Y me quieres, y estoy dentro de ti, aunque te lo niegues, te contradigas o te sabotees sin darte cuenta.
Y, ¿qué será, será? La vida nos lo dirá, hasta entonces... sigue acariciándome mientras duermo, que mi boca sonreirá sin saberlo.
Y es que siquiera entiendo qué es esto que me hace enfadar, desearte y temerte al tiempo. Reventaría de rabia y te escupiría un "te quiero". Entonces sonreirías enseñando todos tus dientes en un gesto que aún ahora me sorprende que sea para mi. A decir verdad, la tuya es una de mis favoritas.
La seguridad en tu abrazo, el ser pequeña y grande y que me llames por mi nombre en la curiosa cadencia de tu hablar; la sonoridad juvenil de tu nombre y la prepotencia, chulería, a veces arrogancia y maldita condescendencia con la que a veces me hablas: todo ello me frustra y rebela. Porque es al sobrecogerme cuando me doy cuenta de que tal vez los de allá arriba nos hayan puesto en el mismo camino por alguna razón, siempre volviéndonos a encontrar a lo largo de los tres últimos años, -curiosa nuestra historia, ¿no crees?- y que los mismos puedan quitarme esto que no me atrevo a pensar perder, impotente de mi.
Te quiero. Te quiero, te quiero, te quiero. Te quiero entre lágrimas y te quiero a carcajadas, sobre tu cama o el sofá; sometido al vodka o enfadado; te quiero cocinando mientras cantas o callado pensando en sabe Dios qué retorcida causa.
Y no puedo evitarlo, ya es tarde para echarme atrás, por menos que te guste, por menos que lo quieras. O por más.
Y me quieres, y estoy dentro de ti, aunque te lo niegues, te contradigas o te sabotees sin darte cuenta.
Y, ¿qué será, será? La vida nos lo dirá, hasta entonces... sigue acariciándome mientras duermo, que mi boca sonreirá sin saberlo.