Llamémosle Leigh.
Camina hacia mí como agitando un látigo invisible. Sus pasos son rápidos, con la abrumadora seguridad de quien se sabe con poder. Agita su látigo de nuevo.
Sexual.
Sube la cabeza mientras entrecierra los ojos para mirarme con prepotencia... y eleva el labio superior en una sonrisa torcida.
Nada más que una chaqueta de cuero desabrochada, vaqueros negros y botas. Como demonio de la noche bajo una lluvia que empapa todo su cuerpo, definido. Su cabello se deshace del agua mientras agita el látigo una vez más. Si no fuese invisible podría atarlo al poste más cercano y...
La calle se dobla en reverencia ante él mientras se detiene y mete las manos en sus bolsillos, baja la cabeza y lame con suave lentitud su labio superior mientras sonríe. Baja la mirada y enseña sus colmillos en una sonrisa traviesa que se abre casi en toda su amplitud mientras vuelve a mirarme.
Saca la izquierda del bolsillo y dobla el brazo sosteniéndome la mirada. Chasquea los dedos. Aquel maldito látigo restalla de nuevo en mi cabeza, me ata y me obliga a caminar hacia él.
Soy consciente de que camino erguida, aparentando la seguridad que no tengo, caminando por una pasarela que también está en mi mente. Deseo que el sonido de mis altos tacones suene en su cabeza igual que su látigo lo ha hecho en la mía.
Alza la barbilla desafiante. Me mira fijamente, serio, entrecerrando ligeramente los ojos.
Si había diferencia entre sensual y sexual, él era el ejemplo perfecto.
A cinco metros, aún inmersa entre las sombras, bajo el resguardo de la lluvia, me detengo cruzando los brazos en una seductora pose que exagere la longitud de mis piernas. Levanto una ceja, intentando recordar todo lo que sé sobre la seducción.
Él entorna los ojos y suelta una carcajada mientras vuelve a esconder las manos en los bolsillos. Ríe durante unos segundos hasta que vuelve a mirarme y, muy lentamente, desaparece la sonrisa de sus labios, mirándome de nuevo con los ojos entrecerrados. Su rostro se torna adusto de repente topándose con mi mismo gesto serio, inamovible.
Su mueca es ahora pura furia y desanda tres de sus pasos antes de darse la vuelta y marchar. Le sigo, sé que debo hacerlo. Chasquea otro dedo y un descapotable negro enciende sus luces. Se monta, enciende el motor mientras yo me apoyo en la puerta del vehículo y me mira, esperando.
-Tú eliges.
martes, 10 de abril de 2012
lunes, 2 de abril de 2012
Pero ojalá que no lo seas
No es lugar para explicar cómo unos ojos verdes pueden arruinarte la vida, como tampoco lo es para concretar qué sonrisa es capaz de evadirte de ellos una segunda vez, sabiendo a ciencia cierta que nunca la besarás.
Tampoco contaré cómo su olor se adhiere a mí cada vez que soy su día, su noche, a veces sus mañanas, sin siquiera tocarlo, y cubre mi cama.
Y, ¿qué mas da decir lo mucho que temo el rozar su piel, por lo curativa que es si después lo miras a la cara? No, no intentaré excusarme convenciéndome de que no es ese tipo de sentimiento, porque no es una excusa. Es cierto. Pero tampoco es un cualquiera.
Quizá sea porque es diferente a lo que me atrae, o porque una vez sentí algo.
No quiero pensar cuán me llena cuando estoy con él. Es un lugar cómodo, tranquilo, sin obsesiones ni celos, tampoco ira ni pasado amor. No es distancia, ni ambigüedad.
Es calor. ¿Alguna vez he tenido frío cuando él ha estado cerca?
No puedo saber qué es lo que me ha hecho darme cuenta de esto, saltó sin más, y luego me invadió al verlo ahí...
Sensualidad cautiva que solo sale cuando...jamás lo vi de esta forma.
Maldita sea, amigo, ¿qué haces aquí dentro de nuevo? ¿Quieres que recuerde lo feliz que fui en aquella ilusión durante escasos días?
No podría permitirte entrar más en mí, porque de hacerlo, estaría más perdida incluso, si cupiese.
No deberías curarme.
Y la culpa es tuya, por ser tú.
No desearé que algún día, de repente, pienses en mí y encuentres lo mismo que yo he descubierto, pero ojalá lo hicieras.
Ojalá fueses quien ha de aparecer.
Pero no, no me gustas, no me gustas en absoluto...
Solo lo estoy descubriendo.
Tampoco contaré cómo su olor se adhiere a mí cada vez que soy su día, su noche, a veces sus mañanas, sin siquiera tocarlo, y cubre mi cama.
Y, ¿qué mas da decir lo mucho que temo el rozar su piel, por lo curativa que es si después lo miras a la cara? No, no intentaré excusarme convenciéndome de que no es ese tipo de sentimiento, porque no es una excusa. Es cierto. Pero tampoco es un cualquiera.
Quizá sea porque es diferente a lo que me atrae, o porque una vez sentí algo.
No quiero pensar cuán me llena cuando estoy con él. Es un lugar cómodo, tranquilo, sin obsesiones ni celos, tampoco ira ni pasado amor. No es distancia, ni ambigüedad.
Es calor. ¿Alguna vez he tenido frío cuando él ha estado cerca?
No puedo saber qué es lo que me ha hecho darme cuenta de esto, saltó sin más, y luego me invadió al verlo ahí...
Sensualidad cautiva que solo sale cuando...jamás lo vi de esta forma.
Maldita sea, amigo, ¿qué haces aquí dentro de nuevo? ¿Quieres que recuerde lo feliz que fui en aquella ilusión durante escasos días?
No podría permitirte entrar más en mí, porque de hacerlo, estaría más perdida incluso, si cupiese.
No deberías curarme.
Y la culpa es tuya, por ser tú.
No desearé que algún día, de repente, pienses en mí y encuentres lo mismo que yo he descubierto, pero ojalá lo hicieras.
Ojalá fueses quien ha de aparecer.
Pero no, no me gustas, no me gustas en absoluto...
Solo lo estoy descubriendo.
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