martes, 2 de diciembre de 2014

La Maldición de los Ojos Verdes

Dejar de existir por un tiempo te sitúa en el mejor palco del teatro pero, aun con tal perspectiva, todo sigue siendo una representación. Hay que salir del recinto y respirar aire puro para olvidar el precio que pagaste.
¿Que cómo pagué? Vendí el sentido común para comprar un deseo que me hiciese perder el resto de la cordura.
Y así regresó a mi la maldición de los ojos verdes, de la misma manera que con quien comenzó: los mismos gestos, las mismas situaciones, la  misma forma de huir sin explicaciones, las mismas humillaciones, el mismo rechazo en cada uno de los sentidos, el mismo sentimiento de abandono;  más aún, pues esta vez él conocía mi pasado. Devaluarme, negarme, no recibir lo que es dado, el agobio de la desinformación, las excusas que esconden que eres lo más sencillo de lo que deshacerse cuando la vida sobrepasa un límite.
Así, de pronto, sin coherencia, sin merecerlo.
Me pide que cree algo fácil y sencillo cuando ni él es fácil o sencillo ni me lo pone fácil y sencillo. Qué impotencia no hacerle comprender, que no camine diez metros siquiera con mis zapatos.
¿Dónde está el hechizo que arranque de mi pecho este vivir una y otra vez esta infernal historia? De ahora en adelante sólo el cuerpo voy a dar si esto es lo que para mi va a significar amar; y mi alma se quedará conmigo hasta que encuentre mi final, que tantas veces quise arrojar al mar. Al fin y al cabo, fui yo quien eligió el verde ante la madera aquel diecinueve de diciembre. Yo elegí, yo firmé la paz con aquella de su pasado, aunque él ni lo imagine. Yo fui paciente. Yo acepté. Y mía es la responsabilidad de acabar con el patrón que el corazón y no la mente dicta, aunque el instinto insista en que ahí, en su abrazo, estaba mi hogar.
Ya no sé qué pensar, qué sentir, qué camino tomar. Sin señales, o quizá sin querer verlas. Quizá ese fue el último beso, quizá fue la última noche, quizá el paquete de lo alto en mi estantería se quede allí para siempre.
Quizá soy de esas personas que no tienen tren.
Ah, qué frustrante quedarse siempre golpeando las puertas del Cielo.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Agua y Fuego

Los focos se apagaron uno tras otro desde el frente hasta detrás del escenario. El local sólo era iluminado por la pequeña luz de emergencia, dos minúsculas bombillas verdes a las que las pupilas pronto se adaptarían para ver la sombra que se apoyaba en una de las sillas de la mesa, justo en medio de la sala.
Sheba pestañeó impaciente por saciar su curiosidad a pesar de que su instinto o, más bien, el olor almizclado a madera le dijera de quién se trataba.
Los dos focos laterales se encendieron, cruzándola en un haz de luz condenatorio.
Avathos, jugueteando con la silla, rió triunfante mirándola con lo que algunos llamarían desafío. Ella lo llamaba vanidad.
Tras un mohín, Sheba alzó la botella de tequila con su mano izquierda y bebió ansiosa antes de arrojársela con rabia. El chico la esquivó con un grácil movimiento pero no se giró para ver cómo se deshacía estruendosamente en mil cristales contra la barra.
-Vamos, no me tengas miedo.
-¿Quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer? Lárgate.
-Orgullosa.
-Imbécil.
Avathos la invitó a bajar del escenario pero ella, valiéndose de un elegante salto sobre sus tacones, caminó ignorando con descaro la mano que el joven le ofrecía en busca de otra botella de algo fuerte.
-Vamos nena, no me odies. Sabes que sólo vengo a saludar.
-Tú nunca saludas.
-Cierto. Te invito a cenar. Te llevo a ese restaurante del centro que te gusta. Te dejo pagar tu parte si quieres.
-No ceno con gilipollas.
El joven hizo una mueca, recordando el temperamento de esos ojos ámbar.
-Vaya, qué elegante...  Te recordaba más sutil. Sé que puedes hacerlo mejor, nena. Vamos, te doy otra oportunidad.
Sheba buscó tras la barra una botella de vodka y sirvió dos vasos hasta el borde; una gota más y se hubiesen derramado.
-Ah, ¿tú invitas?
-A esto sí. - Y bebió de un trago.
-Con calma amor, aún no has cenado.
Avathos tenía esa clase de mirada. Esa de ojos claros, de un azul inconcebible y profundos como los abismos bajo el océano, enmarcados en espesas pestañas y cejas pobladas de cierta definición masculina. Cuando miraba sentías al peligro lamer el vello de tu nuca y soplar después.
-¿Qué quieres?
-Ya lo sabes. Que me elijas.
-Nunca fuiste una opción.
-Haz que lo sea.
Sheba bufó y sirvió otra ronda. "Qué sencillo." Alzó una ceja mientras ambos bebían, mirándose sumidos en una conexión que aumentaba copa tras copa. La botella de vodka dio su último suspiro en la boca de la morena.
Un puñetazo inesperado encima de la barra la asustó.
-Mierda niña, puedo hacerte reina.
-No se me caen los anillos por ser campesina. Y no me gusta estar en silencio contigo.
-¿Te pongo nerviosa?
-Me irritas profundamente.
Avathos se estaba divirtiendo como nunca y ella lo sabía. Casi le importaba.
-Felina irascible...  - Intentó contener una carcajada que sabía sería el colmo de la paciencia de Sheba bajando la cabeza y dejando a su despeinado pelo negro deshacerse tapándole la frente.
-Miau.
Sheba salió de detrás de la barra con una media sonrisa y caminó hacia la puerta. Avathos tomó su mano y la obligó a girarse para mirarlo directamente a los ojos.
-No podrás librarte de mi esta noche. No importa cuánto me cueste convencerte. Estoy aquí y lo necesitas. Lo sabes.

Conducía su Honda Houston azul metalizada a ciento ochenta kilómetros por hora. El viento azotaba sus rizos mientras se tragaba el miedo de montar sin casco. Nunca había subido a una moto y debía confesar que era excitante, pero no por la velocidad. Sus ojos se clavaban en el rostro de Avathos a través del reflejo del retrovisor, sus manos recorrían su abdomen con deseo, con lujuria, sin nada que perder.
Las paredes de la habitación eran oscuras en su justa medida, al igual que las cortinas y las sábanas negras de la cama que la invitaba a yacer, desprotegida.
Avathos arrojó su cazadora de cuero al suelo antes de girarse hacia ella y elevarla con fuerza hasta acomodarse entre el nudo de sus piernas, mordiéndole el labio inferior mientras tiraba de su pelo hacia atrás.
Él la empotró contra la pared. Ella gimió.
Se miraron sin verse, intentando modular la respiración. Los dedos largos del que hacía dos horas era el Señor Gilipollas acariciaban su cuerpo con soltura experta.
La cama estaba cerca, pero no llegaron. La chimenea parecía avivar su fuego al sentir el de Sheba. Sobre el suelo se despojaron de la ropa casi arrancándola, luchando el uno contra el otro; ella arañando su espalda haciéndola sangrar, él besando allá por donde pasaba. Odio, ira, orgullo, celos y competición.
-Naciste para mi.
-Cállate.
Sheba salió de la prisión bajo sus brazos y se colocó a horcajadas sobre él. Lo besó con furia, descontrolada. Los labios de Avathos sangraron y ella lamió excitada antes de levantarse y sentarse sobre la cama. Cuando el chico se hubo acercado, sonriendo con triunfo desmedido, una pierna rodeó sus caderas y lo empujó hacia ella.
La chimenea chispeó furiosa.
Sheba se deslizaba provocándolo sobre las sábanas mientras él se agazapaba sobre ella como un puma hambriento.
-Vamos pantera, ¿dónde está tu orgullo ahora? - La tenía bajo su cuerpo, sujetándole las manos contra el catre.
La pantera enseñó sus dientes felina, rabiosa. El fuego parecía ansiar quemar la habitación.
Lamió su oreja, bajando por el cuello hasta llegar al pecho y continuó su camino a través del vientre hasta tener que desasirla y dejarla libre para que se agarrase al cabecero de la cama.
El fuego se apoderó de la habitación, rodeando el catre. Demasiado intenso para salir vivo de allí.
Sus muslos contrajeron los músculos, casi temblando. Avathos subió hacia ella y ésta tomó el control.
-Necesitarás mucho más que esto para calmar a la fiera. - Sheba se acomodó sobre las caderas del muchacho mientras él se revolvía hasta volver a manejarla bajo sí.
-Tú me necesitas a mi.
-No necesito a nadie.
-Pareces muy segura... - sonreía enterrando la respiración en su cuello y aspirando el olor de su pelo.
-Capullo.
-Perra.
Sheba se encontraba al borde de la hiperventilación. Las manos de Avathos la acariciaban dulces pero ansiosas, agarraban su cuerpo con firmeza, en el límite del dolor. Se aferró a él con furia, mordiéndose el labio inferior y enseñando los dientes.
Bendito infierno.
Cuando quiso bajar y someterlo a un castigo deliberadamente lento, él la embistió con fuerza. Sus caderas se movían en un baile que sólo ellos dos conocían.
Sheba tomó el mando, dominante. Avathos le dedicó un gemido que salía desde lo más profundo de su garganta. Bailó sobre él; tocando su pecho, atlético; su cuello, tenso; su pelo, mojado; su rostro, ahora sonrosado y sudoroso, al borde del éxtasis, con los labios entreabiertos y los ojos cerrados, agarrando con fuerza la parte más alta de sus muslos.
La felina avanzó hacia sus labios sin dejar de moverse y se abrió paso entre ellos. Avathos respondió llevando sus manos a la cuna del placer, buscando hasta que el clímax los unió en la explosión de la combinación de todos sus sentidos.
Sheba se irguió y tiró su melena hacia atrás. Avathos se incorporó hacia ella sin abandonar su interior y besó su cuello con suavidad.
Una y otra vez, hasta el amanecer, el fuego lo consumía todo.
Yacían exhaustos entre las sábanas. El fuego había cesado y Sheba estaba en calma.
El rostro de Avathos, salvaje y dormido, era iluminado por la tenue luz que se abría paso curiosa entre las cortinas.
-Yo soy mi única opción.
Dejó un suave beso sobre sus labios y se vistió con calma.
-Eres fuego, Sheba. El agua te calma, pero siempre habrá aire que te avive. Sólo la combinación de los dos podrá contigo.
Ella sonrió condescendiente.
-¿Y ese eres tú?
-No.
Silencio.

Dos años después, alguien cantaba desde el escenario en el mismo bar, casi vacío. Esta vez, para un solitario muchacho de ojos azules que bebía vodka con hielo sentado en la barra. Brindó con su reflejo en el espejo tras las botellas de la pared del frente.
-Por ella.
La campanita de la puerta indicó que alguien entraba. Unos tacones resonaron, desviando hacia ellos la atención de los clientes. Los ojos azules no se giraron, pues conocían de sobra la cadencia con la que caminaban.
-Tequila.
La morena se sentó a tres taburetes de él. Tomó la copa, girándose para mirarlo con ojos vidriosos.
-Por ti.
Y la bebió de un trago.
En silencio, dejó un billete sobre la barra, señalando al camarero con la cabeza que también se hacía cargo del pedido del joven a su derecha.
Y, con un sigilo sólo interrumpido por sus pasos, salió del bar, refugiándose en su cazadora de cuero del frío viento de la madrugada.

Despertó en su cama. Tomó el teléfono móvil, que vibraba bajo su almohada. Un mensaje picó su curiosidad, pues ya no esperaba recibir noticias de nadie a esa hora.
"Sigo esperando a que me elijas. O me hagas ser una opción. No debí dejarte marchar."
Sheba sonrió. Tanto tiempo después, sólo viéndolo en irritantes sueños, ya tenía una respuesta digna de su final. Y no era discutible.
"Siempre he sido reina."

lunes, 27 de octubre de 2014

El temor al pretérito imperfecto

Es quedarte atrapada en el silencio, escuchando tu respiración. Porque respirar, respiras; sólo porque prometiste seguir haciéndolo.
Es dejar la luz encendida por si la negrura de la habitación propicia el regreso de tus propios pensamientos.
Es el sabor a pretérito imperfecto, que tanto aterra a las cuerdas vocales. Ya no saben sino temblar en callados quejidos.
Es ese olor a madera almizclada, que temes te inunde y no puedas reprimir llover por dentro.
Es ese jarabe que dura unas horas y, cuando te crees curado, decide dejar de hacer efecto. Y es peor la recaída. 
Es pisotear una colilla y que siga ardiendo. Maldita lucha interna.
Dicen que todo sana pero, ¿qué pasa cuando has vivido siempre enferma? Y te has creído con fuerzas; y has creído que funciona esa vacuna de cinco letras. 
Nada puede contra el monstruo que vive interno.
Ay, silencio. Cuánto te amé y cuánto te temo. 

miércoles, 22 de octubre de 2014

Espejito, espejito mágico

Esa rabia roja que palpita en tu yugular. Ese óxido que recorre el interior de tu cuerpo destrozándote las venas. Es esa ventisca helada en los ojos; ese coraje ardiendo en tu garganta, luchando por salir en gruñidos aterradores.
Es querer partir los labios de un puñetazo firme y seco. Limpio. Y que sangre todo el dolor que llevas dentro, la ira que te consume, que te frustra y corroe, que desgarra con la letalidad del tigre.
Es un oso hambriento acechándote en cada esquina; un león vengativo intentando no llamar la atención. Es no creer en el Diablo al temer que inicie una guerra por sentirse amenazado ante la magnitud de tu cólera.
Ejércitos de hienas hambrientas. Los colmillos de una pantera enjaulada.
Es apuñalar cada segundo, cada hora, cada silencio y sentir el estallido del orgullo, digno y furioso, en las puntas de los dedos.
Tormentas de arena y fuego. Abandonarte al instinto más primario.
Estar la límite de las fuerzas: los sentidos comienzan a fallar de tanto retener la paciencia dentro del pecho, de tirar. La boca ya no sabe lo que es hablar, porque siquiera grita; berrea.
Escupir humo negro y saborear hiel cada vez que la lengua toca el paladar. Envenenarse cada vez que la muerdes.
Vestirse de fuego y apagarlo en un caminar homicida. Impotencia de mil demonios.
Te odio. Te odio, te odio, te odio.
Destrozas sin querer enteder. Destrozas. Y no te das cuenta.
Pues destrózame, joder. Pero arréglame después.
Y aún así te quiero. ¿Qué coño te pasa que no me dejas quererte?

El espejo nunca responde, aun cuando sus cristales rasgan la piel de tus nudillos.

martes, 21 de octubre de 2014

"Parece que sonríes..." Y me mira la boca, sonriendo

Así, cuando dibujas el contorno de las estrellas y el olor de tu ropa me despierta de madrugada. Así. Así me calmas, así me llenas. Así me pierdo.

lunes, 13 de octubre de 2014

¿Sabes, Pierre?

¿Sabes, Pierre? Hoy he vuelto a soñar con él. Sí, sé lo que estás pensando. Pero me preguntó si podía acompañarme al río a ver los fuegos artificiales. Sabe que los adoro, que tienen esa magia especial, inconcebible para la imaginación; que hay que verlos para sentir ese bombeo inexplicable de "no sé qué" a través de las venas, ese que te hace dormir o despertar.
También me preguntó si había ido a las ferias, ya sabes... aunque me pongan triste. Él quería llevarme al "saltamontes" porque sabe que es mi atracción favorita.
Luego le dije que había montado y sonrió. Sí, así como tú sabes, como diciendo "tienes algo que me apetece."
Ay Pierre, ¿qué voy a hacer? Si cada vez que se cuela en mi inconsciente hace mecer estruendosas tormentas a través de mis venas.
Y no quiero adentrarme en sus ojos porque es el único capaz de convencerme.
Pero sé, amigo Pierre, que esta noche los veré desde mi terraza, sentada en soledad en el césped, sonriendo al secar lágrimas de silenciosa emoción.
Los fuegos artificiales... quién subiese tan alto como ellos.

martes, 7 de octubre de 2014

Fuera

Me muerdo las uñas, ennegrecidas. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo.
Crujo mis nudillos. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo.
Oigo un ruido, creo que se ha caído una piedra. Me acerco gateando a los barrotes que separan mi cueva de húmeda roca de... de algo. De fuera, creo. No recuerdo qué es "fuera."
Los agarro con fuerza y apoyo mi frente y mis mejillas, mirando ansiosa el angosto pasadizo de piedra que no recuerdo a dónde lleva. Fuera, creo.
No escucho nada más, así que vuelvo con mis pinturas. Encuentro un espacio en la pared del frente, cerca de una esquina. Me recoloco el trapo que cubre mi desnudez: estoy sucia, desnutrida y tengo sed.
Cojo la cera verde y empiezo mi dibujo. He pintado ojos verdes por toda mi jaula, ya casi no tengo espacio.
Me crujo un dedo. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo.
Sé que susurro algo, pero no soy consciente de lo que digo. Creo que no es mi voz, sólo es un sonido que sale de mi boca. Dice "alguien vendrá por mi." Mi boca siempre dice eso. Y mis dedos tiemblan.
El ruido. Lo he vuelto a oír.
-Eh.
Una patada impacta contra uno de los barrotes, el que tiene una mancha de óxido en forma de corazón. Me gustan los corazones. Y los ojos verdes.
Me arrastro un metro para incorporarme y me encaramo al frío hierro.
-¿Tienes hambre?
Asiento con brío para recibir rápido mi pata de pollo rancia y fría. Me gusta el pollo. Recuerdo haberlo probado con patatas.
Me deja un cuenco como el de los perros junto a la jaula. Alargo la mano, mirándolo. Espero que no me lo quite. Hoy no hay pollo. Creo que es... ¡sí! Son tres bolas de carne con una salsa roja que no sabe a tomate. Debe de ser viernes.
También ha traído una botella de plástico y me la ofrece para que beba. Nunca me deja cogerla. Me da de beber mientras busca algo en su bolsillo. Creo que es otra pintura. Se me está acabando la negra. Tengo negra, verde y amarilla. Me gusta la amarilla, es ambarina, como mis ojos. Creo.
Pero no es otra cera, es un peine. A veces arregla mis rizos, erizados y nudosos, para adecentarme un poco.
Se va y yo me quedo mirando al vacío.
"Alguien vendrá por mi. Alguien vendrá por mi. Alguien vendrá por mi."
Sigo dibujando. Al día siguiente no hay comida. Ni al siguiente. Lamo una pared húmeda. Tengo mucha sed.
Pasan algunos días, o eso creo. He encontrado una gotera y sale agua. No sé si me sienta bien, estoy mareada.
Oigo otra vez el ruido y salto hacia los barrotes.
"Alguien vendrá por mi. Alguien vendrá por mi. Alguien vendrá por mi."
Silencio.
Me crujo los nudillos. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo.
El ruido.
Otra vez. Son pasos. Creo que los conozco. Son distintos, pero algo en mi memoria hace que el corazón me lata de forma familiar. Se acerca. Lo siento. Reconozco esa voz. Creo que dice mi nombre. ¡Sí! Ese es mi nombre. Y lo dice él. ¿Cuándo viene? Quiero que se acerque. Quiero verlo.
Aparece algo encorvado, como con miedo. No quiero que me tema.
Lo miro con silencioso pasmo, embelesada por esos ojos verdes. Son más bonitos que mis ceras.
Abre la jaula con cuidado, dejándome espacio para salir, pero yo me quedo arrinconada en la pared.
No me tiende la mano, sólo se queda ahí de pie, mirándome con fijeza. Creo que intuye que estoy asustada, que no conozco fuera.
Mi boca ha callado, pero esa misma voz dice algo en mi cabeza, algo que suena a "ahí está mi milagro." No me gusta. No creo en los milagros. No hay milagros para mi.
Entonces, él habla:
-¿Sabes lo improbable que es que exista alguien como tú? -Me sonríe. Esa sonrisa, la conozco. - Sal fuera.
Fuera.
Sí, quiero ir con él. Quiero fuera.
Me levanto torpemente y me acerco intentando no hacer ruido, no quiero que se asuste y se vaya. Me aliso el trapo que cubre mis vergüenzas e intento arreglarme los rizos. Quiero estar guapa.
Mis pies me acercan a él y ansío tocarle, pero no sé si hacerlo.
Toma mi mano y me conduce a través del túnel. Creo que no me habían cogido de la mano nunca, pero no logro recordarlo. Es una sensación extraña. Me gusta. Es seguro. No quiero que me suelte. Jamás.
"Que no me suelte. Que no me suelte. Que no me suelte."
La luz del Sol nos espera al final de las escaleras, que subimos sin prisa, con la lentitud que caracteriza a la incertidumbre.
"Que no me suelte. Que no me suelte. Que no me suelte."
Llegamos fuera. Él se gira para mirarme y se aleja dejándome allí, junto a la entrada.
Me está enseñando fuera, pero no sé si quiere que lo siga. Decido quedarme, esperando una señal. Pero ahí estamos, el uno frente al otro, sin saber qué hacer.
Me muerdo las uñas. No puedo evitarlo. No puedo dejarlo. Alguna vez sé que fueron largas y bonitas, tal vez pintadas de algún color.
¿Qué se hace fuera?
Me mira, y eso es suficiente. Sé que es suficiente y, de repente, deja de doler... y aterra.
Aterra porque no sé qué se hace fuera y no quiero volver a la jaula, duerma donde duerma, cueste lo que cueste. No quiero fallarle. No quiero que se asuste. Quiero pintar sus ojos verdes. ¿Qué se hace fuera?
Tengo miedo, pero me quedo, que siga ahí es suficiente.
Me gusta fuera. 

sábado, 27 de septiembre de 2014

No deseo nada más

Todo el mundo quiere una gran historia: atormentada, que vaya del amor al odio como del arrojo al miedo. Llena de pasión, exagerada, que halle el Cielo en una mirada y el Infierno en dos palabras. Envidiada, que haga historia y llene cuerpo y alma; que vacíe cada nervio cuando tiemblan los pilares sobre los que se levanta. Una historia dramática en su inicio, trágicamente hermosa en cada aliento y que culmine en el más feliz de los finales. Que gane el amor, que se sobreponga a todo al abrir los ojos una noche bajo la lluvia más copiosa del año. Así, de repente.
Ilusos.
Yo no quiero nada de eso, a mi me sobran tragedias y aparatosos momentos de claridad; a mi me sobran príncipes o querer que sólo le toque el Sol cuando yo estoy cerca. Yo sólo quiero su sonrisa.
Porque cuando él sonríe, ahí está mi hogar.

Qué gilipollez

Eran pequeños detalles: veinte minutos por la mañana, un pique de mediodía o una llamada por la noche. A veces un "vente, que no quiero verte" que sonaba a guiño color esmeralda; una pregunta que pide dormir la siesta con la televisión encendida; el "¿nos vamos de tapeo?" de aquella vez o esa foto al fondo de la conversación; provocarme, retarme y luego adularme así, de repente, sin venir a cuento. La adoración de aquel unicornio azul o esa forma de mirar en un bar de bocadillos.
De pronto lo tenía, de pronto desaparecía. Era como saltar al vacío sin saber cuándo o contra qué vas a chocar.
Tonterías. Quizá sin importancia, ¿quién sabe?
Pero eran esas estupideces las que le daban seguridad.
Todo se basaba en la necesidad de sentir seguridad. No pretendía nada más. No quería nada más. Ya no.
Qué gilipollez.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Los Labios del Diablo II

Él.

-Oh, señor Cavanaugh, es usted todo un galán.
La señorita Cassidy me miraba a través de sus pestañas, era realmente molesta. Pero mi affair con la señora Munch había terminado de improviso y no me había dado tiempo a cubrirme las espaldas. Gran error por mi parte. Necesitaba una cama de inmediato, aún eran frías las noches en primavera, y la cabaña del campo de mi hermano no era un lugar acogedor. Menos aún cuando traía esas vulgares señoritas de compañía. Putas, no había por qué nombrarlas con eufemismos. No eran más que rameras que me miraban con lujuria y provocaban al impetuoso de mi hermano a darme con sus anillos en la espalda al caer yo dormido. Ya éramos mayores para seguir con ese juego.
Desconecté mi mente de su incansable parloteo durante unos segundos. Sabía que mi plan podría fallar si lo hacía, pero su aguda voz se clavaba en mis oídos, provocándome dolor de cabeza.
Me permití un barrido de la pequeña sala de baile por curiosidad, a fin de cuentas, la señorita Cassidy no dejaba de mirar los pliegues de su vestido.
Y ahí la vi, de nuevo. ¿Quién era ella? Hoy no llevaba el cabello completamente recogido y yo no quería más que sumir mi respiración en sus rizos negros. Miraba con hastío un punto fijo en la pared. Quizá era obligada a venir a cada evento social.
-¿Señor Cavanaugh? ¿Me está usted escuchando?
-¿Eh? Oh, lo siento Cassidy, usted hace que mi mente vuele a rincones muy lejanos. Permítame.
A rincones lo más lejanos posibles de ella, por supuesto. Tomé su mano y besé el dorso con desgana, olía demasiado dulce.
Se sonrojó, regocijándose de ser la elegida entre todas sus amigas. Como si no conociese esa mirada.
Malditas mujeres caprichosas. Todas sometidas a los deberes sociales que con tanta ilusión esperan para caer rendidas a los encantos de hombres adinerados con los que procrear.
Ah, si yo contase las historias de cama de las mujeres...
-Si me permite traerle un refresco...
Y logré desaparecer entre el gentío. Qué bendición para mis oídos.
Eché otro vistazo alrededor de las mesas para verla, pero había desaparecido.
Llené dos copas de licor. Con suerte, Cassidy tendría prohibido el alcohol y sería más fácil salir de este infame lugar, terminar rápido el trabajo y descansar.
Oh, tres mesas a mi derecha un joven vestido con el traje del ejército hablaba con ella. Reía, y yo sentía los celos cubrir mi pecho. ¿Quién era el indeseable que intentaba llevársela? Sacó un abanico de plumas y escondió su boca tras él, mirando al hombre con picardía. Ah, la estrategia del abanico. Bostezar tras él era tan común... En mi forma de vida, había tenido que aprenderme cada treta femenina al dedillo. ¡Qué habría sido de mí sin ellas!
La señorita ahora miraba la mesa, perdida en sus pensamientos, mientras el maldito militar intentaba recobrar su atención.
Yo no la aburriría con, de seguro, falsas historias de guerras inexistentes. Yo le hablaría de los rincones de Roma.
¿Cuándo me atrevería yo a hablar con ella? Verla rechazar tantos bailes, tantas ofertas de matrimonio denegadas habían llegado a mis oídos... Si había rechazado a Sir Dante, ¿cómo iba yo a...? Sacudí la cabeza para sacarme este pensamiento. ¿Qué buscaba entonces? ¿A quién? No aceptaba divertirse bailando, no aceptaba dinero ni joyas, siquiera paseos por el río.
Alzó de pronto su hermoso rostro, unos ojos del color de la miel atraparon los míos. Y desvié la mirada. Ah, Drake, Drake, ¿dónde está tu valor, amigo? Esas cejas en perfecto arco, esos labios sonrosados, esa pálida tez.. Su nariz, pequeña y adorable. Yo quería besar esa nariz.
El militar concentró su atención, con los ojos desmesuradamente abiertos, en el escotado vestido de mi señorita. Qué repulsivo. Ella es una dama, bastardo, no Cassidy, ni Elisheva, ni la señora Dinth.
-Señor Cavanaugh. -Un hombre de mediana edad tocó mi hombro.
-Sí, señor...
-Von Schelt.
Asentí, reconociendo al famoso comerciante.
-Es un placer, señor, ¿en qué puedo servirle?
-En realidad, es asunto de mi curiosidad. Sería maleducado por mi parte preguntarle sin invitarlo a un trago. ¿Le gustaría acompañarme a mi mesa? Si no está ocupado.
-En realidad esperaba llevarle estas bebidas a la señorita Cassidy, pero puedo preguntarle si esperaría.
-Oh, tranquilo muchacho, mi sobrina lo esperará con gusto, aunque no le recomendaría irse con ella esta noche. Es estúpida y ya nos ha causado suficiente deshonor. Conozco su fama.
Tragué, he de admitir que con miedo.
-Tranquilo. ¡Quién fuese usted! Reconozco que lo admiro, es un canalla.
-Bueno, de algo hay que vivir.
-Hágalo mientras pueda. Mi mujer es una arpía. Le cambiaba el puesto con gusto.
Sonreí, aliviado.
Lo acompañé a su mesa y tomamos una copa, hablando de trabajo, mujeres y vino. Los brazos de Morfeo me llamaban, presurosos.
-Bueno, señor Cavanaguh, sacie mi curiosidad. ¿A qué se dedica?
-Ya se lo he dicho.
-¿De verdad sólo vive de catres y regalos? Es usted un prostituto, amigo. ¿Y si embarazase a alguna?
-No es el primero ni será el último que me tache de ello. Pero no tengo la suerte de una familia acomodada. En cuanto a los embarazos, he tenido suerte por ahora. O, al menos, nadie me ha culpado de nada.
Von Schelt reflexionó un instante, cabizbajo.
-Hay por ahí trabajos honrados.
-¿Minero? ¿Tendero? Señor, sin desprestigiar esos duros trabajos, no estoy hecho para ello. Llámeme estúpido, pero prefiero el mío. Soy quien elige, recibo regalos y hago disfrutar a las damas.
Omití a mi hermano y su ávido interés por partirme las piernas. Dar pena no era lo mío. Pero estaba orgulloso de no haber sido yo quien acabase con el labio partido la última vez.
-¿Tiene, al menos, una filosofía?
-Si se refiere a un lema o doctrina, no tengo razones para creer en ellos.
-¿Ni perfume de mujer que nuble sus sentidos?
-¡Qué poético es usted, señor Von Schelt! A decir verdad, una sola dama me ha cautivado, pero no sé su nombre.
-Dígame quién es. Conozco a todas las jovencitas de esta ciudad.
No sabía si era seguro señalarle a un desconocido tan poderoso la mujer que me traía de cabeza, pero mi avidez de información era tal que, sin pensarlo, la busqué. Por suerte el abominable joven no estaba ya con ella.
-¿Ve a esa dama, de pie, al lado del señor Fatson? La del vestido negro con encajes de plata, muy escotada.
-¿La señorita del pelo medio suelto, morena?
-Ella es por lo que dejaría mi vida y serviría de mozo de cuadra, aunque fuese, para comprar una cinta que decorase su vestido.
-Señor Cavanaugh, lo veo encandilado. ¿Cuántos bailes debe de haber pasado usted contemplando a la bella hija del general?
La hija del general. Dios mío... Mis esperanzas se vieron más rotas, si cabía. Pero no era capaz de recordar el maldito apellido de su padre. Yo quería poner su nombre a mis noches.
-La vi por primera vez en la fiesta de presentación en sociedad de la hija de la hija de Lord Harry Hudson.
-De eso hace ya seis meses, Cavanaugh. -Rió con ganas.- Sáquela a bailar. Quizá tenga suerte. Pero no se ha comprometido con ninguno, que se sepa. Ni la alcahueta de mi mujer sabe nada, por más que ha querido.
-Oh no, ¿cómo iba yo a hacerlo? Con mi fama pensaría cualquier cosa de mi.
-¿Acaso no son esas sus intenciones?
-¡Por supuesto que no!
Mi indignación pasó a realismo. Era lógico que pensase de tal manera. Si él lo hacía, ¿qué no pensaría ella? Von Schelt me miraba con los ojos entrecerrados, como enternecido.
-Muchacho, vaya a por ella. Lo veo sufriendo el amor que yo no sentía cuando me casé con mi señora. Si le dice que no, habrá escuchado su nombre de su boca al menos. Y, por su expresión, eso es suficiente regalo para usted. -Volvió a reírse de mi.
Tenía razón, yo debía hacer algo. Me gustaban los retos, aunque este fuese casi imposible.
Cassidy se estaba acercando a nuestra mesa, airada. Qué mujer tan pesada. Von Schelt la entretuvo, dejándome espacio para pensar en mis posibilidades. Seguridad no me faltaba, y conocimientos tampoco. Sólo valor y su nombre. La tonta muchacha seguía aquí y resultaba indecoroso preguntarle a su tío el nombre de mi señorita. Ah, la educación, maldito trámite social.
Tuve que conversar amigablemente con los dos, pero por suerte el comerciante mandó a su sobrina a casa, quien me miró con pena.
-Bueno Cavanaugh, ha sido un placer charlar con usted. Es una buena persona, aun con su oficio y los rumores a sus espaldas. ¿Quién lo diría? Le deseo toda clase de suerte con la señorita Evans.
¡Evans!
-Y, ¿su nombre de pila?
-Alexandría. Buenas noches, espero volver a verlo. Es usted interesante. Y, en confidencia, he de aceptar que si fuese mujer, ya me hubiese ido con usted. ¡Diablos! No me extraña... Pero he de pedirle un favor, no lo intente con ella. Es una bruja, pero es mi señora. Moriría sólo, con mi fortuna.
-Tiene mi palabra, señor. Buenas noches.
Asentí y Von Schelt se marchó, quedándome yo sentado en la mesa vacía.
Alexandría Evans.
Alexandría...
La miré marchar del brazo de una mujer mayor. Y, de inmediato, la eché de menos.
El próximo evento sería en dos semanas. Quizá entonces...
Minutos después, planeando mi presentación, partí sin gloria caminando hacia mi cabaña, preparándome para enfrentar puños con mi hermano.

martes, 19 de agosto de 2014

Siente

Imagina, sólo por un instante, tu vida sin esa persona. Piénsalo. Adéntrate en ello y siéntelo como si no fuera un sueño, sino algo real, factible, que pudieses vivir. Toca su ausencia, la cama vacía, alarga la mano para acariciar sus labios y descúbrela cayendo a través del aire... porque no están.
Ahora habla. Háblale en susurros con los ojos cerrados y dile todo lo que no te atreves a decir en voz alta. ¿Escuchas su voz, callándote con palabras que sólo ella logra que tengan sentido?
Abre los ojos. Mira las sábanas revueltas, no importa si es pareja o amante: mira su lado de la cama. Hunde la nariz en la almohada y aspira. ¿Lo notas? Es tu propio olor. Porque ella no está. Nunca ha estado.
Imagina, sólo por un instante, que ella nunca ha existido, que nunca la has conocido, que jamás has besado su mejilla y le has dicho que era tonta.
Piensa en ella como alguien a quien quieres conocer, pero no le pongas rostro, pues recuerda que no la has conocido todavía. Siéntela como si quisieras alcanzarla de una vez porque la elevas al grado de ser la que pondrá orden en tu caos, la calma de tus tempestades, la arena bajo el mar. ¿Ves cómo la haces mito? ¿Ves la leyenda de la que la haces protagonista?
Ahora olvida todo eso y mírala a través de los ojos de un desconocido. Observa el movimiento de sus manos cuando habla, cada pisada al caminar; la forma en que se curva su espalda cuando duerme boca abajo, la mirada ausente cuando piensa en a saber qué tontería; sus ojos asustados o su media sonrisa tras abrazarla. Embelésate al verla bailar, cuando su canción preferida suena y su pelo se mueve en la misma dirección que el vuelo de su falda; su silencio al beber de tu cerveza con picardía, guardando para sí algo que no llegas a descubrir; mírala sentarse en el césped porque lo prefiere al banco o pintarse los labios a ciegas.
Intenta quedarte con la brisa que nace de sus pestañas y la forma exacta en la que se retira el cabello del rostro, aun cuando no es necesario.
Es magia. De la que no tiene truco.
Imagina ahora que no vas a conocerla nunca, que hay otro, que se la llevarán lejos y jamás la volverás a ver. Que nunca advertirás una pequeña lágrima en el fondo de sus ojos, que no serás tú quien la consuele porque no conocerá siquiera tu voz o recordará tu cara; que no adorarás su sonrisa antes de besarla, pues nunca saborearás su labial afrutado; que no intentarás enfadarla ni conseguirás que te siga un juego que acabará con ella en tus brazos, durmiendo profundamente, hablándote en sueños; sé consciente de que no te quitará tu sitio en el sofá ni cocinará mientras te duchas. No te sacará a bailar, no te tentará ni serás tú quien la tiente. No te tocará, no te molestará. No podrás mandarla sutilmente al Infierno cuando no te apetezca hablar ni con tu sombra. No te tocará la barba ni te dirá que eres feo; siquiera te saludará, pues no te conoce ni le interesas.
No te necesitará. No te amará.
Siéntelo. Siéntelo muy dentro, vívelo como si todo fuera real. Acepta que no está y que no la tendrás cerca. Vamos, atrévete a sentirlo, porque no lo estás intentando. Siéntelo, joder. Su total ausencia.
Ella no está.
No está.
Ahora mira tu mano izquierda. La ha tocado. Ella es real. Está ahí. Existe. Esos dedos han apartado un rizo rebelde de sus ojos y se han parado en su cintura.
¿Puedes recordar el momento exacto en que te diste cuenta de que la querías?
¿Sabes por qué te eligió a ti?
No hace falta que imagines nada ahora. Sólo recuérdala en el momento que más te guste, sea enfadada o saltando de alegría; dormida o sentada viendo la televisión. Deja a tu mente ahondar en tus recuerdos y tráela al presente en tu instante preferido.
Mírala.
Ahora: siente.

Mientras espera, mientras esperas

No se ha perdido, no hace falta que la encuentres. Pero no dejes de buscarla.

lunes, 4 de agosto de 2014

Breakeven

Ella camina entre las mesas sintiendo las miradas de los hombres, deseándola. Él se gira desde su asiento en la barra del bar. La ha sentido llegar incluso cuando aún no había entrado por la oxidada puerta.
Fingen que no se conocen pero él se siente ganador, que ha sido elegido entre todos aquellos a los que, incluso, llega a considerar inferiores.
Ella se deshace en una sonrisa, girando la sombrilla de su bebida. Sabe que seguirá siendo así. Y lo acepta. De verdad lo acepta, pero lo mira sin querer resignarse a que es él quien no acepta, entiende o quiere entender. Y no hay forma humana de hacerle ver su lado de la realidad sin que se deslice entre pensamientos que ella no cuestiona, llevando todo al lado en que su mente habita.
Los hombres siguen mirándola y ella sabe bien quién es. Es a la que llaman "morena", a veces "ojos de gata". Conoce las intenciones de muchas otras. Todas. Algunas incluso tienen nombre. Y no sólo ella lo ve.
Y sabe. Sabe mucho. Mucho más de lo que él cree. Y lo deja pasar. Porque nadie podrá nunca llegar a lo que ella es. Y él lo sabe. O cree saberlo. No se hace una idea, en realidad, de con quién comparte barra.
¿Él? Él no entiende. No quiere entender. Está tan cómodo ignorando, dejando ser, huyendo, siendo egoísta. Tan jodidamente cómodo...
Y ella lo sabe.
Sabe tanto...
Y monta en cólera porque él puede retarla, enfadarla, decir lo que no debiera; pero ella no, ella debe callar o la hace culpable, lleva todo a su mundo, a su forma de ver... Y no se entera.
No se entera de que ella acepta todo, cada verbo, cada falsa ilusión, cada esperanza frustrada una y otra vez, cada silencio y negativa, cada rechazo, el miedo, cada palabra de aliento y de retroceso. Acepta cada desaire, cada cambio de opinión, cada laguna, cada farol (que él piensa que no advierte), cada niñata, cada uno de los recuerdos, los traumas, los motivos y los pensamientos. Cada mierda.
Acepta que nadie en ese maldito bar conoce lo que pasa entre sábanas o cómo la enamora. Ahora ni su orgullo ni su enfado le permiten detenerse en cómo (pregunta de muchos, pues su fama es de imposible) lo ha conseguido.
Pero no es capaz de aceptar que él no acepte. Que no acepte su inseguridad, sus miedos, sus preguntas sin respuesta, su necesidad de saber que está todo bien, que él está bien (sin detenerse en nada de lo que él cree que le recrimina por encubierto). No acepta su manera de hablar, de decir las cosas, su sarcasmo, su ironía, su carácter insumiso. No acepta que le pida que se cabree y confíe en él pero, al hacerlo, se encuentre con ser culpable de algo que siquiera sabe que ha hecho. No acepta que no sepa dónde encontrar el punto medio. No acepta su temperamento, sus celos hacia alguien por quien él no entiende el odio, a pesar de todo. No acepta su visión del mundo, de su extraña relación, no acepta que será la única que aguante y quiera seguir aguantando, que no encontrará a nadie mejor y que, mientras no sepa ni quiera saber lo que quiere, jamás estará en paz consigo mismo o con ella, o quizá -Dios no lo quiera- con otra.
No acepta sus mierdas.
Y en cada lágrima de impotencia -a veces de tristeza- él pierde algo de ella. Y ella gana otra forma de frustrarse.
Aun con todo, ella sigue. Porque merece la pena. Porque es feliz. Porque lo acepta. Porque lo quiere y, a veces, puede que él también la quiera.
Y en lo que su boca termina el último trago de vodka y guarda la sombrilla en su bolso decide que, cuando salga por aquella puerta oxidada, con todas esas miradas lascivas que le dan igual, ella seguirá siendo así.
Y si él considera que ver su punto de vista es cambiar su personalidad, que se joda. Porque nunca sabrá qué es la paz completa. Porque ahí, con todo su orgullo, su miedo al fracaso y la fragilidad, jamás comprenderá que ver el mar desde el acantilado en vez de desde la arena no es ser menos humano, sino más valiente. Y los ojos con los que observa las olas seguirán siendo los mismos, tal vez vean más, vean mejor, pero seguirán siendo los mismos.
Ella sonríe de nuevo, pero es una sonrisa triste, de lunes. Porque sabe que ella también quiso ver el mar sólo desde la arena. Y consiguió subirse al acantilado. Es más, llegó a nadar hasta la boya.
Quizá él sienta que cada vez que habla le está recriminando algo, pero ella sólo quiere hacerle ver que no todo es tal y como él lo toma. Y mucho menos cómo lo deja.
A veces cree que las voces de su rededor influyen demasiado en él, aunque no lo note. Pero, por supuesto, nunca podrá decírselo.
Aunque lo que más le cabrea de todo son los "te quiero". Sí. Porque suenan tan reales pero... otras son tan engañosos. Se dicen pero no se muestran. Por mucho que él pretenda que ella los crea a veces, con poco más de dos frases, los echa por tierra días después.
Porque un "te quiero" implica aceptación. Y él no la acepta.
¿Veis qué fácil es todo?
Pues os diré que ella salió por esa puerta y él la siguió. Con la mirada. El resto de su cuerpo se quedó agarrado a su bebida fría, pensando. Pensando. Y pensando.
Ella esperó fuera, entre las sombras. Pensando. Y pensando. Replanteándose su lugar en aquel pueblo en el que, ella ve en su forma de mirar, él no quiere que esté. Y ella aceptaba esa burbuja, al igual que las demás.
Pero recordó la noche en que, de no ser por una tercera persona muy amiga suya, casi marcha del santuario donde suelen yacer dos veces por semana. A veces una, a veces tres. Y en ese recuerdo cayó en algo muy importante: no es que no sea suficiente, no es que haga las cosas mal; es que ya no depende de ella, pues no puede hacer nada más.
Y lo aceptó.
No sé si él llegó a salir del cálido refugio de la barra del bar. Lo único que os puedo contar es que ella ha caminado ya por esa oscuridad y conoce lo que es la falta de aliento.
Aunque él no lo sepa, no lo entienda o no lo quiera ver.
Ni lo acepte.
Diréis: ella es tonta y él un cabrón egoísta. La culpa es de los dos.
Y tendréis razón. Pero adivinadlo: ella lo sabe y lo acepta.

sábado, 2 de agosto de 2014

Los labios del Diablo

Se escuchaban violines, suaves y desgarradores en la lentitud donde la elegancia suele reinar.
Las malas lenguas hacían susurrar que era un seductor, que no quedaba virgen en la ciudad ni esposa honrada. Se decía que no había amado jamás, y que nunca besaba dos veces a la misma mujer ni hallaba en su posesión lecho donde descansar. Aquel traidor de ojos azules no vestía otro color que no fuese el negro.
Se paseaba arrogante por el salón de baile, observado por mujeres adúlteras que mordían sus lascivos labios tras un abanico de plumas.
Quien no creía en rumores, era cautelosa.
Era también temido, al ser ladrón de corazones ricos donde los caballeros de poca fortuna querían hacer negocio. 
Sus ojos recorrían el salón, impenetrables. No eran de este mundo, nadie pudo ver jamás algo tan hermoso. Cuando miraba, todo desaparecía alrededor y tú eras lo único que parecía importar. Eran sensuales, eran dulces, atrevidos, eran aire, agua y fuego, eran trágicos y eran... eran soberbios y peligrosos. Se llegó a escuchar que una vez mató a cinco hombres en un callejón con una mirada. 
Las parejas bailaban entre el alma barroca de lámparas y velas en mitad de la estancia. Las mesas estaban semivacías y las copas no contenían ni educación.
Yo lo miraba, lo estudiaba, ansiaba bailar con él, sentir su mano en mi cintura.
Deslizó su mirada a través de la mía y apartó la vista. Pero volvió a mirarme. Sí, a mí. Yo era su próxima víctima. Me gustaba. 
Caminaba hacia mi. Lo miré. Sexo no era suficiente para describir lo que invocaba cada uno de sus movimientos. Bajo mis enaguas había espacio para él y mi imaginación.
Me erguí valiente, orgullosa. Se detuvo frente a mi, con una sonrisa de lado mientras se postraba en reverencia. Me sentí sometida.
Comenzó un juego del que no había pedido ser partícipe, aunque jamás hubiese abandonado la partida.
No le devolví el gesto. Quizá vi confusión en su rostro, no puedo saberlo. Pero me encontré en sus brazos bailando entre la hostilidad, la envidia y los celos del resto de... señoritas. Y señoras.
Si iba a caer, caería con elegancia.
-Señor Cavanaugh...
-Por favor, llámeme Drake. -Me interrumpió, tan descortés como se decía.
-Es un placer conocerlo, Drake.
-El placer es mío, Alexandría.
-Señorita Evans.
Una ráfaga de desconcierto nubló su rostro. Asintió, cauteloso.
-¿Está disfrutando de la velada, Drake?
-Es una magnífica fiesta, estoy muy complacido. -Sus dientes no pudieron ocultar el doble sentido.
Sonreí. Pude ver cómo la señora White agitaba su abanico con indignación, mirándome a través de sus pequeños ojos, desmesuradamente maquillados. Podía oír su murmullo como si estuviese a mi lado. "Qué desvergüenza bailar con alguien como él. Su fama no hará bien a la reputación de su familia." Muy dentro de mi sabía que no había mayor deseo en su haber que compartir un baile con quien ahora sostenía mi cintura.
-¿Le apetece una copa? A mi sí.
Me desasí de sus brazos y caminé hacia una de las mesas.
-El Bourbon no es una bebida para damas, Señorita Evans.
-Discúlpeme Drake, pero no se dónde ve una en esta sala.
Sonrió de medio lado, sirviendo dos copas de Bourbon.
-Usted parece ser la única decente aquí.
-Según lo que el señor entienda por decente...
Le lancé una mirada pícara mientras bebía un sorbo, dejando mi labial marcado en el cristal. Me estaba comportando como una descarada, pero no estaba dispuesta a que el señor Cavanaugh diese por sentado que obtendría con tanta facilidad lo que quisiese de mi. De hecho, siquiera estaba segura de querer caer en sus garras. Sería un deshonor.
Pero era algo que deseaba con fuerza.
Lo había visto ya en otros bailes, mas nunca me sacó a bailar. Quizá se le estuviesen acabando las mujeres de esta ciudad. Me daba igual la razón, esta noche era mía. Había estado tan obsesionada con esos ojos...
-Bien, señorita Evans, no es usted lo que cabría esperar de la hija de un general, si me permite ser sincero.
-Aunque no se lo hubiese permitido, usted ya lo habría dicho. Disculpe mi rudeza, pero no soporto que se esperen de mí comportamientos atados a normas sinsentido.
-Es usted rebelde, ¿no cree?
-Quizá.
Estaba perplejo. Oh, Dios, alzó la ceja de esa forma...
Cabizbajo, rió con inseguridad y, cuando me miró sin levantar la barbilla, sentí cómo dejaba de tener las riendas. ¿Me habría adivinado? Tal vez estuviese siendo demasiado brusca. Debía moderarme.
-Salgamos. -Su tono autoritario.
Lo seguí retocando mi vestido hacia uno de los balcones de mármol italiano, cubierto de enredaderas. Me tendió una mano para acomodarme en el asiento, que hacía las veces de una barandilla baja. Se sentó a mi lado.
-¿Brindamos?
-¿Por qué le gustaría brindar, Drake?
-Por la hostil señorita, que conoce la fama de un servidor y se muestra reticente a compartir la velada pero, aún así, me concede ese honor.
-Oh señor, preferiría brindar por que haya robado la botella de Bourbon para tener provisiones.
Sonrió travieso y me mostró una botella sin empezar.
Juntamos nuestras copas y bebimos mirándonos a los ojos.
-¿A qué se dedica?
-¿De verdad vamos a hablar de esas banalidades, señorita Evans?
-¿De qué quiere hablar?
Me miró con curiosidad y bebí otro sorbo, apenas quedaba. Descorchó la botella con una elegante floritura y llenó las dos copas de nuevo.
-¿Por qué no me sacó a bailar antes?
Abrió los ojos, sorprendido, pero no pudo articular palabra.
-Bueno... Yo... La verdad es...
-Puede llamarme Alexandría, era una broma...
Lo miré coqueta y me sonrió con dulzura, su expresión había cambiado. Era...cálido. Subió la cabeza de repente.
-Me asusta.
-¿Quién?
-¿De quién estamos hablando, Alexandría?
-Oh... ¿por qué?
-No lo sé.
-¿Es una de sus tretas?
Me miró triste. Si estaba fingiendo, era un excelente actor.
-No.
Se levantó y comenzó a caminar. Yo lo observaba, intentando adivinar si lo había ofendido.
-Mi fama me precede, ¿no es así?
Asentí, con miedo.
-Usted es decente. -Se encogió de hombros. - Eso me asusta. Porque es tan poco coaccionable... Y, ¿qué hago yo para llevármela conmigo?
Me levanté con la botella de Bourbon en una mano y la dignidad en la otra.
-Llene mi copa y la suya tantas veces como pueda colmarlas. Seguro que se le ocurre algo.
-¿Intenta emborracharme? Por que creo que usted caería antes que yo. -Soltó una risotada. Ese sonido musical, esa voz... era mejor que el Bourbon.
-¿Yo? -reí mareada- Yo soy una dama... -Y volví a reír.
Me sentía ligera, aunque me costaba dejar las risas y enfocaba la mirada con frustrante lentitud.
-Quizá tenga razón, Drake. Soy una dama desinhibida. Y, ¡me gusta!
-¿Tan rápido? Sólo ha bebido dos copas...
-Soy decente, yo no bebo a menudo, señor mío. Mhh... mío.
Me miraba desconcertado, riéndose. Estaba haciendo el ridículo.
-Al Diablo con la educación. Si me lo permite...- y bebió directamente de la botella un largo trago. Me lo ofreció con los ojos brillantes y obedecí sin pensarlo. Corrió a subirse al banco de mármol, estiró los brazos y gritó:
-¡La señorita Evans ha dicho que soy suyo!
Riéndome, corrí a tirar de él hacia abajo, no estaba en sus cabales. Aquel no era el joven conquistador del que me habían hablado, ¿a dónde fue su caballerosidad? A decir verdad, lo prefería así, me sentía cómoda. Y seguí bebiendo.
Cuando bajó me sonrió eufórico, jadeante.
-¿Sabe qué? -bebió otro largo trago- No me gusta fingir que soy educado, que me divierto en estos bailes tan finos, estas farsas. Me gusta el alcohol, bailar con señoritas rebeldes y guapas como usted, y montar a caballo sin silla. Y odio tener que cortejar bellas damas para...-calló de repente.- Sabía que usted era distinta. Y me gustan las mujeres desinhibidas. ¡Por usted, Alexandría!
Alzó la botella y la inclinó sobre mi boca para que bebiese. Mientras el líquido caía se acercó y bebió de la fuente de alcohol, salpicándome el rostro.
-Es usted un indeseable y seguro que un pésimo esposo.
-¿Y?
-Me gusta.
Me sonrió. Parecía libre, se lo estaba pasando en grande.
Miró la botella vacía y sus ojos volvieron a ser niños. Levantó la cabeza y se mordió el labio. Yo quería morderlo también. Se acercó con cruel lentitud, boca entreabierta. Sus dientes, blancos como la Luna, brillaban bajo la noche. Se detuvo frente a mí, a menos de dos centímetros su nariz de la mía. Pude sentir su respiración en lo más hondo de mi cuerpo. Sonrió ligeramente mientras se acercaba a mi oído para susurrarme si debíamos tomar prestada otra botella de whiskey. Asentí, tragando todos mis impulsos.
Su aliento recorrió mi mandíbula hasta llegar a la boca y posó sus labios suavemente en los míos durante lo que dura el batir de alas de una mariposa.
Tomó mi mano y me sacó corriendo del balcón para llevarme de nuevo al salón. Pude ver nuestro reflejo en los grandes espejos dorados que cubrían las paredes. Éramos como dos niños traviesos en busca de golosinas bajo los manteles. Nos acercamos a la gran mesa de bebidas fingiendo sobriedad.
-Señorita Evans, la veo muy formal.
-Señor Cavanaugh, soy muy formal. ¿No se da usted cuenta de...? Oh, hola padre.
Drake se giró bruscamente hacia el frente, con el miedo firmando su semblante.
Reí, quizá demasiado alto, de forma que algunas de las sobrias señoras que esperaban aburridas alrededor de sus maridos concentraron su atención en nosotros. Me callé, de nuevo en mi papel.
-Alexandría, es usted malvada conmigo.
-Y, ¿qué hará usted para castigarme?
Se mordió el labio de nuevo, mirando mi boca.
Nos acercamos a la gran mesa y, quiero pensar que discretamente, cogimos dos botellas. Una de Bourbon y otra de champagne. Escondí la última entre mis enaguas.
Salimos al pie de la escalera. Con un "por aquí" presuroso me envalentoné a coger a su mano y llevarlo hacia  una puerta de roble escondida.
Al abrirla, entramos en otro gran salón, con una gran alfombra roja de terciopelo y paredes forradas con tela de encaje negro sobre blanco, revestidas por cuadros que llegaban hasta el elevado techo. Cada uno parecía la entrada a otro mundo, exquisitas obras de arte que debían valer su peso en oro.
Drake miraba con ojos grandes hacia una gran araña de velas negras, de cuyos brazos colgaban piedras semipreciosas en forma de lágrima. Pero la única luz que nos iluminaba era la que la Luna nos daba a través de las cristaleras.
Le sonreí, él seguía mirando cada rincón de la estancia.
-¿Se ha vuelto inseguro de repente?
Me miró enseñando todos los dientes.
-Nunca había visto nada parecido a esto.
-Lo sé, causo ese efecto en los hombres...-bromeé.
-Es usted una descarada, Alexandría.
-No soy yo quien besa a señoritas inocentes mientras están ebrias.
Me adentré en la sala, soltándome el moño y dejando que mis rizos negros cayesen en cascada por mi espalda, hasta la cintura.
Escuché sus pasos tras de mí.
-Las señoritas se mantienen sobrias.
-Yo no soy una señorita. -Me giré moviendo el pelo y le guiñé un ojo por encima de mi hombro. -Yo quiero divertirme. Las señoritas se aburren sentadas en una silla esperando a que un caballero las saque a bailar y se case con ellas, tengan muchos hijos y se hagan viejas. Yo quiero vivir. Y si un joven quiere mi mano,... que acepte eso.
-Muchos son los que quieren casarse con usted.
-Yo no me casaría conmigo.
Bajó la mirada con una sonrisa triste.
-¿Por qué no se ha casado con ninguna de las mujeres con las que ha yacido? Algunas eran solteras.
-Porque no las amaba. Sólo necesitaba una cama donde dormir y un traje de vez en cuando.
-Entonces, ¿no lo hace por amasar fortuna?
-Señorita Evans, soy pobre pero no estúpido. Moriría en desgracia, aburrido y sometido.
-Entonces, nunca se ha enamorado...
-No. ¿Usted?
-¿Hubiese importado?
Me miró con lástima, casi tanta como la que debía tener hacia sí.
Me tomó de la mano y me condujo hacia el tercer cuadro. Un fuego descontrolado quemaba las rocas mientras algunos condenados con ropas rotas caminaban entre sus llamas. Una mujer sentada a la izquierda de un trono miraba con veneración a un hombre sumido en la sombra.
-El Infierno.
Observé con interés a la mujer y desvié mis ojos a su esculpido rostro.
-No frunzas la boca, es demasiado bonita para hacer muecas.
Liberó sus carnosos labios del mohín y sonrió. Fui vagamente consciente de que ahora era yo la que se mordía. Se acercó a mi con cautela, la mitad de su rostro era bañado por la luz, la otra mitad estaba sumido en la sombra. Sus ojos centelleaban, más azules, con las pupilas dilatadas.
-Hay quien dice que mi marcha, por la mañana, trae el Infierno a cada cama en la que he fingido amar.
-Yo lo ataré a la mía. No le dejaré escapar.
Y su boca se unió a la mía, abriendo mis labios con delicada fiereza al tiempo que me atraía hacia su cuerpo, agarrándome por la cintura. Así su pelo mientras nuestras lenguas acariciaban el recuerdo del Bourbon.
-Los labios del Diablo...
Sonreía mientras uníamos nuestras frentes. Pestañeó deprisa varias veces y suspiró. No podía ver esos labios tristes, así que mordí el inferior con cuidado y abrió la boca, dejándome hacer. Desde su suavidad se tornó fiero, incluso violento. Tomó mis manos, empujándolas contra la cristalera por encima de mi cabeza mientras me empotraba contra ella, dejándome prisionera de sus caderas.
Escuchamos unos pasos acompañando dos voces masculinas y el crujir del roble de la puerta.
Oh no...
-Por aquí, Alexandría.
Su voz era calma. Me llevó corriendo al final de la habitación, donde pudimos escondernos entre unas voluptuosas cortinas que caían hasta el suelo.
-¿Cree que...?
Me calló con un corto beso.
-Como verá, tengo mi propia colección, no los vendo baratos. -La primera voz masculina era potente y grave, de alguien que rondaría los cincuenta.
-Estoy interesado en un Romano desde hace años y estoy dispuesto a pagar mucho. Como ya sabe, no soy hombre de poco dinero. -La segunda voz era fría.
Sentí cómo Drake se ponía tenso de repente.
-Alexandría, tenemos que salir de aquí como sea.
-No podemos. No hay más salida que la puerta de roble.
Inspiró con profundidad, ¿qué le asustaba tanto? No, no estábamos en buen lugar. Pero éramos jóvenes, podríamos estar jugando a los enamorados y, aunque fuese con alguien con su fama, no estábamos comprometidos con nadie. Sería un deshonor pero...
-La esposa del segundo hombre. Digamos que él sabe quién soy.
Drake interrumpió el hilo de mis pensamientos para dar paso a un acto casi reflejo del que jamás me creí capaz.
-Corre en cuanto se den la vuelta.
-¿Qué?
Até un pañuelo que saqué de mi escote cubriéndome los ojos y me desenganché el corset. Salí a la luz con las manos por delante.
-¿Marco?
-¿Quién es usted?
-¿Marco?
-Señorita, creo que se ha confundido de habitación, ¿qué está haciendo aquí?
-Usted no es Marco.
-No, no lo somos. - El hombre de la voz fría... - ¿Quiere quitarse esa venda de los ojos, por favor? Identifíquese.
Avancé por la estancia intentando no tropezar y logré sentir la huída de Drake. En ese momento, temí no volver a verlo más que al deshonor de mi familia si me quitaban el pañuelo. Y, para darle más tiempo, tiré de una de las cuerdas del corpiño con disimulo.
-No puedo, no ha contestado "Polo"; perderé si lo hago.
-Señorita, por favor, no puede estar aquí. - El hombre mayor se impacientaba, aunque sonaba lascivo.
-Oh...
Decidí que ya había tenido tiempo suficiente y eché a correr en dirección opuesta a la que había caminado mientras me quitaba la venda. Deseé que no me hubiesen reconocido mientras cerraba la puerta y comenzaba a ajustarme el vestido.
No vi al señor Cavanaugh por el recibidor de la escalera, así que asumí que se había ido, perdiendo mi esperanza.
Las lágrimas resbalaban por mis mejillas sin ser del todo consciente de por qué. Seguía algo mareada.
-¡Alexandría!
Su voz, gritando en susurros, venía de arriba. No me había abandonado, esos ojos volverían a mirarme.
-¿Drake?
-En las escaleras.
Me asomé a ellas y lo vi en lo alto, resplandeciente, con su sonrisa de niño y sus dientes perfectos. Oh, señor Cavanaugh...
Subí corriendo a pesar de los tacones hasta reunirme con él en un abrazo que me elevó. Cuando me hubo dejado en el suelo, miró mi corpiño desatado y una furia que no había visto antes le deshizo la sonrisa.
-¿Qué le han hecho?
-Nada, intentaba darle más tiempo.
-Alexandría... -me miraba, ¿con admiración?- Nadie habría hecho esto por mí. Gracias.
-Sigue borracho, ¿verdad? Ayúdeme a atarlo...
-No haré tal aberración. Vamos, encontremos un lugar seguro.
Corrimos mirando en cada habitación, discutiendo cuál sería más adecuada.
Encontramos un desván en el tercer piso. Había un piano viejo y una antigua cama con dosel. Lo menos importante se resumía a viejas ropas, muebles y algunos cuadros y esculturas sin aparente valor.
-Y todo esto por acostarse conmigo, ¡qué necesitado está usted! - Saqué la botella de champagne de mi cancán. No podía imaginar cómo no se había caído entre tanto alboroto. Mientras la intentaba descorchar, Drake me miró.
-¿Cree que me hubiese quedado después de lo que ha pasado si sólo quisiese una noche con usted? Es realmente ingenua, Alexandría. Deme esa botella. -Me tocó el pelo y me obligó a levantar la barbilla.  -Yo no voy a hacer nada hoy. Porque deseo que haya más noches. Así, quizá me asegure su presencia en otros bailes, o furtivamente en el parque. La había visto antes, como ya le he dicho, y no va a ser una de las "Sin Nombre". Recuerdo el suyo desde que lo pedí, y siquiera fue a usted. Pero créame, si no hubiese bebido, no estaría escuchando esto.
>>Y, aunque así fuese, sé que usted se negaría. Es pícara y desobediente, incluso puede que me desee, pero no es en absoluto tonta.
Y bebió un largo trago de champagne. ¿Cuándo había descorchado la botella?
Me quedé callada unos instantes cabizbaja, pensando qué hacer o decir. Pero el silencio no resultaba incómodo. Cuando alcé la mirada lo vi abriendo un balconcito de enrejado en bronce y apoyándose sobre los codos mientras bebía. Su silueta se adivinaba a través de las cortinas de tela blanca semitransparente que ondulaban salvajes con su aroma, robado por la brisa.
-Mire la Luna, tan sola ahí arriba. Puede contemplarlo todo, pero no tocarlo. Es un castigo cruel, ¿no cree?
Asentí aunque no pudiese verme y se giró, apoyado de nuevo contra el barandado.
-No estoy dispuesto a ser el único que beba.
Me ofrecía la botella como quien ofrece lo prohibido.
Bebí y me acerqué a su boca.
-Hay licores mejores que esto. -Miré sus labios con ansia y bajó su boca hacia mi cuello.
-Beba mientras toco para usted.- Y posó un suave beso bajo mi oreja.
Caminó hacia el viejo piano con elegancia y se sentó. Una melodía triste envolvía sus apasionados dedos.
Me encontré, no se cómo, sentada sobre la tapa con los pies sobre las teclas, y su izquierda acariciando mi tobillo derecho. Tenía las manos largas y los dedos finos.
-Es tarde, señorita Evans.
-¿Me está echando?
-No, pero me preguntaba si su padre estaría esperándola.
-No sería la primera vez que me escapo.
-¿Con un hombre?
-Con un vestido y un caballo hacia el mar.
Rió y se levantó, acercándose a mi. Me di la vuelta hasta que los pies me colgaron del piano y se acomodó entre mis piernas, agarró mi cintura y rozó su nariz con la mía.
-La llevaré a casa cuando termine de besarla. Lo único que pido a cambio es volver a verla.
-Me sería imposible no concederle ese deseo, mi señor.
-Su señor... qué bien suena eso. Júremelo.
Me besó tierno, durante segundos, minutos, horas, no puedo saberlo. Pero cuando abrí los ojos y me vi enredada en el azabache de su pelo, sus fuertes brazos abrazados a mi cintura, mientras me miraba con ese brillo en su boca, esa inocencia perdida en el azul de su cielo, no dudé.
-Lo juro.
Y volví a caer en los labios del Diablo.

martes, 29 de julio de 2014

Mar adentro

Se sienta descalzo al piano. No sé qué toca, pero la suave caricia de sus dedos me hipnotiza nota tras nota. A veces alza la mirada y me mira; a veces sonríe para sí. Tiene un vínculo especial con ese piano de cola en concreto: es una relación sencilla, pura. A veces lo envidio.
Me indica con un gesto de su cabeza que lo acompañe, pero temo estropear su tributo al amor melancólico.
Entonces para, dejando a la última nota sentirse perdida y confusa. Toma mi mano y coloca los dedos en las teclas correctas, indicándome con breves toques el orden en que han de ser empujadas. Mi izquierda se cree valiente y le pide consejo, que ella también quiere tocar.
Es él quien empieza y yo me uno cuando su rodilla roza la mía. La sincronización es perfecta, como si no supiésemos hacer nada más.
Al acabar, me sonríe dulce y pícaro para llevarme ante el ventanal. Su cabello se mueve por la brisa del mar mientras mira sin ver las olas bailar sobre la arena.
-A veces la cura no está en un lugar, una persona o una acción. A veces lo que necesito es verte observando el horizonte, como si buscases una respuesta en el aire; y saberte aquí, conmigo.
-¿Esta cursilada es producto de la música?
-Tal vez. - Sonríe, resignado. - Pero te ha encantado.
-Tal vez. - Escondo mi sonrisa.
Tira de mi mano con brusquedad y echa a correr hasta llevarme a la playa donde, descalzos, corremos hasta mojarnos los pies.
Inspiro profundo y me adentro en las aguas sin deshacerme de mi vestido. Me sumerjo y buceo hasta que mis pulmones piden ayuda. Él sonríe desde la orilla y sé que es feliz. Lo saludo, ávida de que me acompañe e, impaciente, sigo disfrutando del mar cubriendo mi cuerpo por completo, de mi pelo fundiéndose con su movimiento y mis manos interrumpiendo el sigilo con el que las burbujas protegen mi aliento, perdiéndose.
Es paz, es calma, es piano. Es azul.
Algo me agarra de un tobillo y me arrastra hacia sí. Juguetón, baila conmigo bajo las aguas hasta abrazarme y susurrar en mi oído con temor:
-Ven conmigo.
Y sus ojos me llevan hasta el fondo, de la mano hacia el azul más intenso, casi negro: donde no veo, no intuyo, no conozco. Y me fío.
Porque no quiero hacer nada más.

miércoles, 23 de julio de 2014

Mira, es el mar

Meter el océano en una botella y regalártelo trago a trago cada día para ver ese brillo en tus ojos, esa ilusión velada cuando me decías desde tu asiento de pasillo, arrinconándome y señalando con tu dedo hasta casi tocar la ventanilla: mira, es el mar.

sábado, 5 de julio de 2014

Quien no tiene tren

Acaricio la solapa de mi abrigo negro con los labios mientras mis manos descansan lánguidas enfundadas en los bolsillos. Es de noche y la estación está vacía, sólo el vapor de mi aliento y un mendigo entre mantas en la sala de espera, muy lejos de mi. Yo sigo en el andén, como las últimas cuatro horas y treinta y siete minutos. De tanto en tanto, alguien apeándose del tren me mira con curiosidad, como esperando atreverse a decirme que ya ha llegado. Lo que no sabe es que paso aquí cada noche desde que tengo memoria. Y sé que dentro de unos minutos habré sido olvidada.
Mi piel está varios grados por debajo de lo saludable, pero no sufro. Siempre hace frío por dentro.
Una pareja se despide entre lágrimas con una promesa que no valdrá la mitad del reloj que él aceptó de otra mujer. Dos amigos se reencuentran, una anciana de cabellos largos y canosos se equivoca de andén y una maleta espera, olvidada en el tercer asiento junto al gran reloj.
El tren de las cinco menos tres minutos es anunciado por el interfono. No sé a dónde lleva, pero es el que espero. Sé que es el que tengo que coger. Creo que algo parecido a una sonrisa surca mi rostro, no puedo asegurarlo.
Cuando para ante mi se abren las compuertas y alzo la mirada, al fin. Otra vez él, en el mismo asiento, junto a la ventanilla; el mismo pelo alborotado, lacio y negro; los mismos ojos verdes, rasgados; y la misma boca, de la que decir cualquier adjetivo que no implique perfección sería pecar por calumnia.
Me mira. Avanzo.
Lo miro, siempre en el mismo abrigo largo, para que me reconozca, y le dedico la más cálida de mis miradas aunque intuyo que puede ver la oscuridad dentro de mi.
Sonríe. Esa sonrisa eterna.
Ya casi estoy en la puerta, con mi billete arrugado en el bolsillo derecho. Siempre en el derecho.
Me apresuro. Tal vez hoy...
Y las puertas se cierran otra noche más, dejándome de pie ante su mirada, inescrutable.
Me muerdo el labio y siento estallar el nudo en mi garganta.
"Hasta mañana."
Por más cerca que me sitúe, calculando la distancia exacta para poder ver cuál habrá tomado esta vez, nunca llego a tiempo. Como si el maldito conductor se burlase de mi, dejándome en tierra una y otra vez. El tiempo se ralentiza en mi cuerpo, paralizándome; y corre aprisa para el resto de viajeros. Para él.
Me juro que al día siguiente lo conseguiré. Pero así pasa el tiempo hasta que, una noche, no aparece en ninguno de aquellos en los que suele viajar. Ni a la siguiente. Ni a la siguiente.
Y mis billetes siguen arrugados en el bolsillo derecho, una tras otra, esperando.
Quizá haya gente que, simplemente, no tiene tren.
No podría asegurar cuánto tiempo ha pasado desde entonces, pero una noche cualquiera salgo de la estación y la Luna baña mi rostro, recibiéndome con vaga indulgencia.
Camino cansada, con el abrigo raído y sin ningún billete en los bolsillos.
Rivera abajo entono para mi canciones que humedecen mi boca de desesperanza.
Alguien se acerca corriendo, cansado. Como quien pierde el último tren.
Casi sonrío.
Entre la niebla distingo el cabello revuelto y lacio fundirse con la suave llovizna que empapa los inviernos de esta ciudad a estas horas de la noche.
Cuando nos encontramos lo suficientemente cerca como para reconocernos el rostro, paro en seco y él apenas da un paso más, lo justo para equilibrarse. Exhala con vehemencia mientras me mira.
Entrecierro los ojos.
Su boca se abre.
Y no sé si estoy soñando, si se ha ido o sigue en mi cama, pero me juro que compraré cada billete de cada tren, hasta que llegue el mío, implorando al Cielo que él siga en su asiento junto a la ventanilla.

miércoles, 11 de junio de 2014

Llovía. Y él llevaba paraguas

Es esa intensidad atormentada, quizá esa rebeldía manifiesta, encubriendo suspiros de aburrimiento o la voz interior que se escucha entre rendijas, esa que emana por tus ojos desde tu pecho.
Tal vez sean tus manos, que acarician cuanto tocas; el aura que desprendes: con historia, así, como las rocas...
Tantos años ha llovido y de pronto tú, con tu labia y con tu boca; tus anhelos y desconciertos; esa mirada divina, un halo dorado y verde, envolvente, como si fueses lo único que importa.
Pasión, destino y rabia.
Lo que aquella noche empezó en una manera cómoda de quererte, se convirtió en el mayor riesgo que mi pecho ha tomado. Aún ahora sigo sin entender cómo tu mano resultó tener esa calidez inesperada, aunque a veces se torne en celos, ira, irritación, orgullo y falacias.
En mis recodos te cuelas, calcinando con tus ardientes aguas cualquier atisbo de vacío. Las quebraduras y mil grietas son curadas y el odio desaparece inseguro pero constante, con ganas.
Llegados a este punto, ya no dudo: lo es todo.
Y salga bien o mal, te llevaré conmigo hasta el final.

domingo, 1 de junio de 2014

En tu reino

Bum-bum. Bum-bum.
El frío cruje en mis dedos.
Bum-bum. Bum-bum.
Los ojos azules despiertan, abriéndose asustados, tal vez algo perezosos, pero vigilantes.
Alerta, su boca se entreabre para pronunciar las temidas palabras. Se mueve lento, con cuidado de no asustarme.
Giro mi rostro y cada uno de mis cabellos desprende un halo del color de la ira. Lo miro. Me mira, conocedor.
-Sigo aquí.
Levanto mi labio superior en una mueca de desprecio y le doy la espalda, caminando como si mis pies helados ansiasen quebrar el suelo para hallar un camino hacia donde descienden los condenados.
Bum-bum. Bum-bum.
-¡Eh! - me llama, pero no quiero verlo ahí, caminando aprisa, a punto de alcanzarme.
Toma mi mano y tira de mi. Intento deshacerme de sus brazos pero es fuerte, es recuerdo, es protección.
-Mírame. - No quiero hacerlo, no lo haré - He dicho que me mires.
Llueve.
-¡Mírame!
Me refugio en el hueco entre su hombro y su cuello, aspirando fuerte para calmar mis latidos. Un halo azul me envuelve y el frío se aleja.
-Shh, silencio.
Siento que no quiero escuchar esa frase, no esa. Nunca más. Y no se me ocurriría hundirme en sus ojos.
El blanco aterciopelado de nuestro rededor se espesa, pero puedo sentirlo sujetándome, aunque mucho más débil que la última vez.
Mi refugio se desvanece bajo la lluvia, pues no quiero mirarlo.
-Me llevas bajo la piel, grabado, tatuado. No puedes desprenderte de mi, no quieres perderme. Soy tus alas blancas, soy tu halo.
Y hablo al fin, mirándolo.
-Angelo.
Sonríe y yo me hundo en un terror intenso.
Bum-bum.
No siento mis latidos, sólo miedo. Y sé que él está ahí por eso; ha venido a guiarme hacia algo intangible, irreal, sólo parte de mi desmesurada imaginación para protegerme de lo que hace que mi corazón haya dejado de bombear.
Pero mi sangre ya no es sólo mía. Y amo mi realidad aunque, por unos segundos y hasta que quien la gobierna me calme, deje mi mente a la deriva y mi cuerpo sin vida.
Rápido, ojos verdes, que mi sangre espera, mi corazón no late y las alas blancas me atrapan.
La lluvia arrecia y él se gira brusco hasta dar con lo que lo incomoda.
Míralo, ahí viene, el que lleva mi paz por ojos y mi risa por boca. Su determinación hace que el ángel se quede a un lado mientras camina hacia mi y alzo los brazos para dejarme caer en mi lugar preferido, junto a su cuello.
Pero esta vez no me dedica su sonrisa eterna, me mira sin verme y mi mano traspasa su pecho, como si fuese poco más que una visión.
-Es mi reino, princesa. Aquí yo decido cuándo deja de llover.
-Yo lo creé. Yo elijo. Será tu reino, pero es mi mundo.
Y miro al que él considera intruso, me concentro en la punta de mis dedos hasta que siento su piel. Es entonces cuando abro los ojos y nos veo secos, nuestro cabello brillando y una extraña luz dorada protegiéndonos de la lluvia. Allá, no muy lejos, veo cómo las alas blancas siguen mojándose, mirándome con evidente enfado.
-Seguiré aquí. Sabes por qué.
Se va, y me quedo a solas con mis ojos verdes. Pero sigo sin poder despertar.

sábado, 31 de mayo de 2014

Ve en mis ojos la libertad

Búscame donde las luces de neón hayan dejado de servir de faro.
Fóllame como si el Diablo te hubiese arrancado el alma.
Quítame la vida y vívela como si fuese tuya.
Ámame como si fuera la última, como si no pudieses hacer nada más.
Luego méteme en tu bolsillo y vete.
No volvamos jamás a la oscuridad.

viernes, 16 de mayo de 2014

Despiértate. Despiértame

Acostada en tu pecho, justo sobre el latir de tu corazón, como si cientos de almohadas blancas sostuviesen mi cuerpo en el aire y el bombeo de tu sangre aullase al viento para mecerme. Ahí, en ese lugar perfecto, seguro, las pesadillas que encierra mi cabeza me privan de sentir tu respiración en la frente y soy consciente de que la mía se acelera, me falta el oxígeno y una creciente oscuridad se adueña de mi rostro. Intento zafarme pero mis manos no responden como debieran... y al instante siento tu tacto rozándome la piel. De pronto me calmo y siento la luz molestando mis párpados de nuevo.
Tu cuerpo se mece bajo mi presa y abro los ojos, cayendo en que la oscuridad resultaba de mi desordenada melena sobre mi cara. Las pesadillas se han quedado en mi inconsciente y en tu mirada rasgada veo que puedo volver a mi lecho de almohadas.
Hace frío, pero estoy ardiendo. Sé que es tarde, pero no quiero marchar. Estoy cansada, apenas he podido hablar o moverme desde que llegué al santuario en el que se ha convertido tu casa, pero estoy tranquila. Sé que lo haré mejor otro día, aun con el pavor de la incertidumbre en la que me retuerzo en cada despertar, hasta que dan las 8.50.
Me muevo y sé que frunzo el ceño, que no me ves y que estás dormido, sin intuir que estoy encerrada en mi inconsciente y que no puedo despertar por completo. Me atrapa mi mente y quiero gritar. Y quiero dejar de batirme violenta contra tu cuerpo y abrir la boca para contarte tantas cosas,... pero sé que estás dormido. Y yo quiero estar en tus sueños para decirte que me despiertes, que me muevas, que me mezas. Que abras los ojos y me saques de aquí.
"Despierta, Ferrara."
No despiertas y quiero salir. Salir del santuario. Quiero pisar la calle, la arena, la tierra, incluso el mármol. Correr de tu mano.
Y zambullida en las grandes almohadas una pluma desciende desde lo más azul del cielo, advirtiéndome. Pero la miro con enfado y replico.
"Que si no tuviese los ojos verdes, lo querría igual."
Tu respiración la ahuyenta, aunque terca se posa sobre mi tobillo.
-Shhh...
Tu susurro me hace saber que vuelvo a batirme contra ti, que he de calmarme.
Pero temo cada uno de tus pensamientos, temo hablar en demasía, temo dar un paso en falso. Y la pluma va recorriendo mis gemelos, mis muslos y mi vientre hasta quedar quieta en el ombligo.
"Por si no despierta." Me dice con displicencia.
Mi instinto me tensa y salto de la cama.
Y quiero quedarme porque aun a riesgo de tropezar con tus oídos y que vayan con el cuento a la parte más oscura de tu mente, siento que ahí, asegurándome de que tu corazón sigue latiendo, es donde está mi lugar.
Y me quedo, aunque mi cuerpo haya de volver a casa.
Me quedo porque tienes los ojos verdes, me quedo porque eres mío, porque soy tuya. Me quedo porque te quiero y te querré, aunque esté aterrada; me quedo porque he de arriesgarme si quiero ganar y demostrarte que tú también has ganado. Estás ganando, aunque te obligues a no creerlo. Me quedo porque merezco quedarme. Y tú mereces que me quede. Me quedo porque soy así, y me quieres. Me quedo. Me quedo, me quedo, me quedo. Me quedo porque quiero ser "Ella".
Y no te dejaré echarme.

miércoles, 9 de abril de 2014

Que mi boca sonreirá sin saberlo

Me despierta tu aliento en mi nuca, erizando cada una de las células de mi piel. Cuando abro los ojos no te veo, pero puedo sentirte aún entre la vigilia y el sueño, arropándote entre risas con aire triunfador.
Revuelvo mis sábanas buscándote hasta que me doy cuenta de que has vuelto a meterte en mi cabeza cuando sólo quería dormir. Y no es que me disguste, pero también te veo ahí sentado, en el borde de la bañera, mirando cómo me peino cada mañana; u observándome, divertido, cocinar un par de huevos a las tantas de la madrugada, recostado en la silla a punto de caer dormido; por no hablar de mi portal, medio escondidos... Y mi cama. Aún puedo olerte si hundo mi nariz justo a la izquierda de la almohada, cuando las flores no están del revés.
Al intentar que coja una rabieta con tus tretas; las peores "malas artes" que he conocido, y mira que he vivido un ciento, te encorrería hasta el fin del mundo. Pero luego vienes y me das un beso de esos en los que los labios tiemblan tan imperceptiblemente que ni lo notas, pero te inunda la garganta y dejas de respirar.
Y es que siquiera entiendo qué es esto que me hace enfadar, desearte y temerte al tiempo. Reventaría de rabia y te escupiría un "te quiero". Entonces sonreirías enseñando todos tus dientes en un gesto que aún ahora me sorprende que sea para mi. A decir verdad, la tuya es una de mis favoritas.
La seguridad en tu abrazo, el ser pequeña y grande y que me llames por mi nombre en la curiosa cadencia de tu hablar; la sonoridad juvenil de tu nombre y la prepotencia, chulería, a veces arrogancia y maldita condescendencia con la que a veces me hablas: todo ello me frustra y rebela. Porque es al sobrecogerme cuando me doy cuenta de que tal vez los de allá arriba nos hayan puesto en el mismo camino por alguna razón, siempre volviéndonos a encontrar a lo largo de los tres últimos años, -curiosa nuestra historia, ¿no crees?- y que los mismos puedan quitarme esto que no me atrevo a pensar perder, impotente de mi.
Te quiero. Te quiero, te quiero, te quiero. Te quiero entre lágrimas y te quiero a carcajadas, sobre tu cama o el sofá; sometido al vodka o enfadado; te quiero cocinando mientras cantas o callado pensando en sabe Dios qué retorcida causa.
Y no puedo evitarlo, ya es tarde para echarme atrás, por menos que te guste, por menos que lo quieras. O por más.
Y me quieres, y estoy dentro de ti, aunque te lo niegues, te contradigas o te sabotees sin darte cuenta.
Y, ¿qué será, será? La vida nos lo dirá, hasta entonces... sigue acariciándome mientras duermo, que mi boca sonreirá sin saberlo.

viernes, 21 de marzo de 2014

Cruzando el umbral

Ferrara conducía rápido mientras hundía el mentón en el cuello de su jersey negro. Las ruedas apenas acariciaban el suelo, cruzando el umbral de lo letal. Sumido en el sonido de sus pensamientos fruncía los labios, evitando ver en el retrovisor la moto que lo perseguía.
El corcel negro rugía bajo sus muslos, advirtiéndola de la necesidad de cubrirse los rizos con un casco que no podría salvar su vida en el momento en que perdiese el control.
El coche aceleró hasta el límite. Las curvas de la carretera permitían a la moto ganar espacio tras Ferrara. Apenas a dos metros, Serena aprovechó el espacio que el joven no pudo cerrar en la curva y se colocó a la altura de la puerta trasera. Podía sentir su perfume evaporándose a través de la ventanilla.
Los ojos verdes la observaron fijos a través del espejo, dejando a sus manos conducir por instinto. Si uno frenaba, la vida de ambos mancharía el asfalto. En aquel instante todo quedaba a ciegas, dependían únicamente de la confianza.
El camino se hacía estrecho, obligando a Serena a quedar a menos de diez centímetros de la carrocería plateada del coche. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a bajar la velocidad pues, de hacerlo, habrían de frenar juntos para retomar el camino siguiendo unas reglas que no necesitaban. Era sencillo. Podrían recorrerlo con los ojos vendados, que cualquier bache sería una pequeña piedra de arenisca.
-Ferrara... - El inesperado susurro irrumpió en la cabeza del muchacho, desconcentrándolo. Su frustración se vio reflejada en un peligroso movimiento que apenas pudo controlar.
-No puedo.
A lo lejos, una silueta irreconocible se mantenía erguida, inmóvil. Serena podría esquivarla con facilidad, pero el coche apenas tendría margen de movimiento si quería salvar el obstáculo que veía impuesto.
La muchacha lo miró en el segundo antes de maniobrar para quedar justo delante de Ferrara, cuando este ya había decidido desacelerar nada más cruzarse con la miel de sus ojos.
Se agachó sobre el manillar, recordando la elegancia de la pantera que latía dentro de su cazadora de cuero y, enseñando los dientes, aceleró consciente de que ya no había vuelta atrás.
Ferrara gritó, retomando la carrera, pero su voz quedó mitigada por el ensordecedor ruido de la moto de Serena ante él. Podía sentir sus intenciones aun sin saber ella lo que estaba a punto de hacer. Era puro reflejo, llevada por un instinto que no comprendía. Los ojos verdes quisieron darle ventaja al encender las luces largas, pero la noche ya había decidido por los dos.
Si él no podía sortear la figura, sería ella quien la quitase del camino.
Frenó en un derrape justo antes de ver que no era más que la sombra de algo que no tuvo tiempo de descubrir, dando vueltas sobre sí misma, quemando su piel contra el ardiente asfalto. Escuchó el brutal frenazo de Ferrara antes de quedar quieta sobre su brazo izquierdo.
Todo se tornó borroso. Unas manos masculinas la giraron para alzar su cuello y colocarlo con delicadeza sobre lo que creyó un hombro. Cuando recobró la consciencia plena, sintió un líquido cálido acariciar su rostro, del mismo color del que bañaba los labios del moreno.
Ferrara alzó la mirada en busca de la inexistente silueta, pero sólo pudo ver cómo el combustible de la moto goteaba a unos metros, frágil, muy cerca del humeante capó de su coche.
-Debiste haber frenado.
-Debiste haberme dejado montar en el coche.
Apartó un rizo negro de su boca para dejarla reír, deshaciéndose en un abrazo mientras aspiraba el olor de su pelo. Antes de fijar su mirada en ella, abrió la boca para hablar, pero fue la voz de Serena la que interrumpió el tímido silencio en el que la noche los envolvía.
-Déjame arder.
Ferrara sonrió, permitiéndola ser feliz antes de que la explosión los consumiese.

jueves, 13 de febrero de 2014

Fumándote

La sombra de su índice se desliza por mi brazo, erizando mi vello. Sube acariciando el codo, deteniéndose un instante. A tenue contraluz, mi respiración se lamenta a punto de ser descubierta. Siento que bate sus pestañas mientras me observa, satisfecho. Casi parece intuir mis pensamientos.
Entreabre los labios como sacudiéndose un halo dorado. Apenas puedo pensar. Y llega a mi cuello.
Me exaspera, aunque no entiendo cómo termina.
Trago saliva y lo nota. Más que eso, lo siente. Siento que lo siente. Y cuando parecía que iba a unirse a mi boca, recorre la base de la garganta hasta el lóbulo de mi oreja, bajando por la línea de la mandíbula hasta quedar quieto en el hoyuelo bajo mi labio.
Suspira.
Ahora es su pulgar quien abre mi boca para dejar paso a la suya... Y entra. Entra como agua fría hecha fuego. Sabe cómo hacerse paso, líquido, a través de mi tráquea.
No siento nada. Nada más que mi cuerpo tumbado sobre su cama.
Exhalo y, humeante, sale revoloteando en difusas formas, etéreo, imperceptible, acariciando mis dientes hasta fundirse con el aire que respiro. Así vuelve a entrar.
Una y otra vez.

domingo, 26 de enero de 2014

Y hazme resucitar

Inúndame en densa neblina el pecho, que no quiero oír el cese de mis latidos.
Cubre mis oídos con tus manos, que no quiero verme sangrar.