Ella nunca fue de mariposas en el estómago, ella tenía cuervos. Decían que tenía arte hasta para sufrir y que sus pies más que tacones calzaban abanicos negros. De voz delgada y tono robusto, era como una canción rasgada.
Él era una contradicción coherente, como el aire que avienta el pelo del rostro y te cierra los ojos.
Khale Nightingale, mordida de temor, acariciaba la Luna con el pensamiento. Con una copa de vino rosado en una mano y un cigarro en la otra, esperaba. No fumaba, pero aferrarse al humo era más seguro que a la esperanza. Se había deshecho en cobardía y se mantenía sin firmeza en esa decisión.
Llegaba la hora y debía salir a la calle. Y caminar. Sus manos se retorcían en "por si acasos".
Tras el último trago se pintó los labios de coral y, erguida, se recolocó los pechos dentro del sujetador antes de pisar la calle.
Sus piernas flaquearon cuando llegó discreto entre la música. Así, de golpe, apareció lo inesperado y besó la brisa de una sonrisa. Siquiera se sorprendió de haber incumplido su propósito, porque era lo natural. No pensaba, no sufría, no flaqueaba. De nuevo, era distinto, como vestir tirantes en una montaña nevada.
Había montado en un tren con destino desconocido, sumido en lo desconcertante, en esa clase de peligro que no daña pero aterra.
Imponente.
Si llegase a la estación de una pieza, sin accidentes o trasbordos... bueno, ya vería lo que hacía. Mejor improvisar sin ilusión, por si Strauss bajase antes de tiempo, por si los cuervos decidiesen volar demasiado alto, por si la tormenta volvía a arreciar.
En el último vagón, desde la distancia, alguien conocido la miraba indiferente, como si no le importase pero sin poder apartar la mirada de su melena. Y Khale, en susurros inaudibles:
-En vez de quererme "un huevo", haberme querido con dos cojones.
Y se despidió de propósitos de huida, sin perseguir el Sol pero en dirección al horizonte.
Con cautela. Con cautela. Con cautela...
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