Llamémosle Leigh.
Camina hacia mí como agitando un látigo invisible. Sus pasos son rápidos, con la abrumadora seguridad de quien se sabe con poder. Agita su látigo de nuevo.
Sexual.
Sube la cabeza mientras entrecierra los ojos para mirarme con prepotencia... y eleva el labio superior en una sonrisa torcida.
Nada más que una chaqueta de cuero desabrochada, vaqueros negros y botas. Como demonio de la noche bajo una lluvia que empapa todo su cuerpo, definido. Su cabello se deshace del agua mientras agita el látigo una vez más. Si no fuese invisible podría atarlo al poste más cercano y...
La calle se dobla en reverencia ante él mientras se detiene y mete las manos en sus bolsillos, baja la cabeza y lame con suave lentitud su labio superior mientras sonríe. Baja la mirada y enseña sus colmillos en una sonrisa traviesa que se abre casi en toda su amplitud mientras vuelve a mirarme.
Saca la izquierda del bolsillo y dobla el brazo sosteniéndome la mirada. Chasquea los dedos. Aquel maldito látigo restalla de nuevo en mi cabeza, me ata y me obliga a caminar hacia él.
Soy consciente de que camino erguida, aparentando la seguridad que no tengo, caminando por una pasarela que también está en mi mente. Deseo que el sonido de mis altos tacones suene en su cabeza igual que su látigo lo ha hecho en la mía.
Alza la barbilla desafiante. Me mira fijamente, serio, entrecerrando ligeramente los ojos.
Si había diferencia entre sensual y sexual, él era el ejemplo perfecto.
A cinco metros, aún inmersa entre las sombras, bajo el resguardo de la lluvia, me detengo cruzando los brazos en una seductora pose que exagere la longitud de mis piernas. Levanto una ceja, intentando recordar todo lo que sé sobre la seducción.
Él entorna los ojos y suelta una carcajada mientras vuelve a esconder las manos en los bolsillos. Ríe durante unos segundos hasta que vuelve a mirarme y, muy lentamente, desaparece la sonrisa de sus labios, mirándome de nuevo con los ojos entrecerrados. Su rostro se torna adusto de repente topándose con mi mismo gesto serio, inamovible.
Su mueca es ahora pura furia y desanda tres de sus pasos antes de darse la vuelta y marchar. Le sigo, sé que debo hacerlo. Chasquea otro dedo y un descapotable negro enciende sus luces. Se monta, enciende el motor mientras yo me apoyo en la puerta del vehículo y me mira, esperando.
-Tú eliges.
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