Me deslizo a través de las luces. Pero la oscuridad de esos ojos me observa desde dentro.
Suspiran. Estoy en calma.
Entonces se cierran y vuelvo a caer, y es fácil, sencillo. Y todo desciende en un grácil baile de cristales reflejando su mirada, mientras alargo los brazos hacia unas manos fuertes que salen del cielo, intentando atraparme.
De repente soy pequeña y frágil, y oigo su voz ardiendo dentro de mi pecho.
"Ven."
Pero no puedo ir, estoy cayendo. La lluvia arrecia, empujándome hacia abajo. En cada gota veo mis recuerdos, azotando crueles mis entrañas.
Intento gritar a la voz, pero nada sale de mi garganta.
Sigo cayendo, deprisa, sin gloria. "Ayúdame."
Los ojos siguen cerrados. Les grito de nuevo, pero no me escuchan.
"Ven."
Tan inconsciente la lluvia meciéndose entre mis arterias, impidiéndole abrirlos. "Ábrelos."
"¡Mírame!"
Y se abre el cielo, la Luna brilla exultante prendiendo fuego al reflejo de unos ojos oscuros, benévolos.
"Ahora puedes venir. Cree."
Y creo. Creo con todo mi ser, pero sigo cayendo. "Cree tú por mi, entonces."
Despierto.
Los ojos ahora son azules, me invitan a los brazos de Morfeo de nuevo, pero esta vez no voy. No puedo ir. La música sigue sonando. Y no quiero ver más el mar donde tantas veces me ahogué. Quiero la Luna. ¿Cómo voy hacia la Luna?
Una vibración me saca del sopor y, somnolienta, respiro. Profundo. Ya no hace frío.
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