Y, ardiendo con pausa y calma, habiendo aprendido el valor del sigilo, arremete contra la debilidad de un cuerpo humano, consciente de la fortaleza del espíritu que lo alberga. Hasta él llega como lánguidas respiraciones, y cruje. Cruje en su pecho el hielo por quebrarse en hondos lamentos que caerán al vacío, dejando al fuego consumir el cuerpo y tornando la lluvia en llamas.
Y ese todo se reduce a un nombre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario