Acaricio la solapa de mi abrigo negro con los labios mientras mis manos descansan lánguidas enfundadas en los bolsillos. Es de noche y la estación está vacía, sólo el vapor de mi aliento y un mendigo entre mantas en la sala de espera, muy lejos de mi. Yo sigo en el andén, como las últimas cuatro horas y treinta y siete minutos. De tanto en tanto, alguien apeándose del tren me mira con curiosidad, como esperando atreverse a decirme que ya ha llegado. Lo que no sabe es que paso aquí cada noche desde que tengo memoria. Y sé que dentro de unos minutos habré sido olvidada.
Mi piel está varios grados por debajo de lo saludable, pero no sufro. Siempre hace frío por dentro.
Una pareja se despide entre lágrimas con una promesa que no valdrá la mitad del reloj que él aceptó de otra mujer. Dos amigos se reencuentran, una anciana de cabellos largos y canosos se equivoca de andén y una maleta espera, olvidada en el tercer asiento junto al gran reloj.
El tren de las cinco menos tres minutos es anunciado por el interfono. No sé a dónde lleva, pero es el que espero. Sé que es el que tengo que coger. Creo que algo parecido a una sonrisa surca mi rostro, no puedo asegurarlo.
Cuando para ante mi se abren las compuertas y alzo la mirada, al fin. Otra vez él, en el mismo asiento, junto a la ventanilla; el mismo pelo alborotado, lacio y negro; los mismos ojos verdes, rasgados; y la misma boca, de la que decir cualquier adjetivo que no implique perfección sería pecar por calumnia.
Me mira. Avanzo.
Lo miro, siempre en el mismo abrigo largo, para que me reconozca, y le dedico la más cálida de mis miradas aunque intuyo que puede ver la oscuridad dentro de mi.
Sonríe. Esa sonrisa eterna.
Ya casi estoy en la puerta, con mi billete arrugado en el bolsillo derecho. Siempre en el derecho.
Me apresuro. Tal vez hoy...
Y las puertas se cierran otra noche más, dejándome de pie ante su mirada, inescrutable.
Me muerdo el labio y siento estallar el nudo en mi garganta.
"Hasta mañana."
Por más cerca que me sitúe, calculando la distancia exacta para poder ver cuál habrá tomado esta vez, nunca llego a tiempo. Como si el maldito conductor se burlase de mi, dejándome en tierra una y otra vez. El tiempo se ralentiza en mi cuerpo, paralizándome; y corre aprisa para el resto de viajeros. Para él.
Me juro que al día siguiente lo conseguiré. Pero así pasa el tiempo hasta que, una noche, no aparece en ninguno de aquellos en los que suele viajar. Ni a la siguiente. Ni a la siguiente.
Y mis billetes siguen arrugados en el bolsillo derecho, una tras otra, esperando.
Quizá haya gente que, simplemente, no tiene tren.
No podría asegurar cuánto tiempo ha pasado desde entonces, pero una noche cualquiera salgo de la estación y la Luna baña mi rostro, recibiéndome con vaga indulgencia.
Camino cansada, con el abrigo raído y sin ningún billete en los bolsillos.
Rivera abajo entono para mi canciones que humedecen mi boca de desesperanza.
Alguien se acerca corriendo, cansado. Como quien pierde el último tren.
Casi sonrío.
Entre la niebla distingo el cabello revuelto y lacio fundirse con la suave llovizna que empapa los inviernos de esta ciudad a estas horas de la noche.
Cuando nos encontramos lo suficientemente cerca como para reconocernos el rostro, paro en seco y él apenas da un paso más, lo justo para equilibrarse. Exhala con vehemencia mientras me mira.
Entrecierro los ojos.
Su boca se abre.
Y no sé si estoy soñando, si se ha ido o sigue en mi cama, pero me juro que compraré cada billete de cada tren, hasta que llegue el mío, implorando al Cielo que él siga en su asiento junto a la ventanilla.
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