martes, 29 de julio de 2014

Mar adentro

Se sienta descalzo al piano. No sé qué toca, pero la suave caricia de sus dedos me hipnotiza nota tras nota. A veces alza la mirada y me mira; a veces sonríe para sí. Tiene un vínculo especial con ese piano de cola en concreto: es una relación sencilla, pura. A veces lo envidio.
Me indica con un gesto de su cabeza que lo acompañe, pero temo estropear su tributo al amor melancólico.
Entonces para, dejando a la última nota sentirse perdida y confusa. Toma mi mano y coloca los dedos en las teclas correctas, indicándome con breves toques el orden en que han de ser empujadas. Mi izquierda se cree valiente y le pide consejo, que ella también quiere tocar.
Es él quien empieza y yo me uno cuando su rodilla roza la mía. La sincronización es perfecta, como si no supiésemos hacer nada más.
Al acabar, me sonríe dulce y pícaro para llevarme ante el ventanal. Su cabello se mueve por la brisa del mar mientras mira sin ver las olas bailar sobre la arena.
-A veces la cura no está en un lugar, una persona o una acción. A veces lo que necesito es verte observando el horizonte, como si buscases una respuesta en el aire; y saberte aquí, conmigo.
-¿Esta cursilada es producto de la música?
-Tal vez. - Sonríe, resignado. - Pero te ha encantado.
-Tal vez. - Escondo mi sonrisa.
Tira de mi mano con brusquedad y echa a correr hasta llevarme a la playa donde, descalzos, corremos hasta mojarnos los pies.
Inspiro profundo y me adentro en las aguas sin deshacerme de mi vestido. Me sumerjo y buceo hasta que mis pulmones piden ayuda. Él sonríe desde la orilla y sé que es feliz. Lo saludo, ávida de que me acompañe e, impaciente, sigo disfrutando del mar cubriendo mi cuerpo por completo, de mi pelo fundiéndose con su movimiento y mis manos interrumpiendo el sigilo con el que las burbujas protegen mi aliento, perdiéndose.
Es paz, es calma, es piano. Es azul.
Algo me agarra de un tobillo y me arrastra hacia sí. Juguetón, baila conmigo bajo las aguas hasta abrazarme y susurrar en mi oído con temor:
-Ven conmigo.
Y sus ojos me llevan hasta el fondo, de la mano hacia el azul más intenso, casi negro: donde no veo, no intuyo, no conozco. Y me fío.
Porque no quiero hacer nada más.

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