Imagina, sólo por un instante, tu vida sin esa persona. Piénsalo. Adéntrate en ello y siéntelo como si no fuera un sueño, sino algo real, factible, que pudieses vivir. Toca su ausencia, la cama vacía, alarga la mano para acariciar sus labios y descúbrela cayendo a través del aire... porque no están.
Ahora habla. Háblale en susurros con los ojos cerrados y dile todo lo que no te atreves a decir en voz alta. ¿Escuchas su voz, callándote con palabras que sólo ella logra que tengan sentido?
Abre los ojos. Mira las sábanas revueltas, no importa si es pareja o amante: mira su lado de la cama. Hunde la nariz en la almohada y aspira. ¿Lo notas? Es tu propio olor. Porque ella no está. Nunca ha estado.
Imagina, sólo por un instante, que ella nunca ha existido, que nunca la has conocido, que jamás has besado su mejilla y le has dicho que era tonta.
Piensa en ella como alguien a quien quieres conocer, pero no le pongas rostro, pues recuerda que no la has conocido todavía. Siéntela como si quisieras alcanzarla de una vez porque la elevas al grado de ser la que pondrá orden en tu caos, la calma de tus tempestades, la arena bajo el mar. ¿Ves cómo la haces mito? ¿Ves la leyenda de la que la haces protagonista?
Ahora olvida todo eso y mírala a través de los ojos de un desconocido. Observa el movimiento de sus manos cuando habla, cada pisada al caminar; la forma en que se curva su espalda cuando duerme boca abajo, la mirada ausente cuando piensa en a saber qué tontería; sus ojos asustados o su media sonrisa tras abrazarla. Embelésate al verla bailar, cuando su canción preferida suena y su pelo se mueve en la misma dirección que el vuelo de su falda; su silencio al beber de tu cerveza con picardía, guardando para sí algo que no llegas a descubrir; mírala sentarse en el césped porque lo prefiere al banco o pintarse los labios a ciegas.
Intenta quedarte con la brisa que nace de sus pestañas y la forma exacta en la que se retira el cabello del rostro, aun cuando no es necesario.
Es magia. De la que no tiene truco.
Imagina ahora que no vas a conocerla nunca, que hay otro, que se la llevarán lejos y jamás la volverás a ver. Que nunca advertirás una pequeña lágrima en el fondo de sus ojos, que no serás tú quien la consuele porque no conocerá siquiera tu voz o recordará tu cara; que no adorarás su sonrisa antes de besarla, pues nunca saborearás su labial afrutado; que no intentarás enfadarla ni conseguirás que te siga un juego que acabará con ella en tus brazos, durmiendo profundamente, hablándote en sueños; sé consciente de que no te quitará tu sitio en el sofá ni cocinará mientras te duchas. No te sacará a bailar, no te tentará ni serás tú quien la tiente. No te tocará, no te molestará. No podrás mandarla sutilmente al Infierno cuando no te apetezca hablar ni con tu sombra. No te tocará la barba ni te dirá que eres feo; siquiera te saludará, pues no te conoce ni le interesas.
No te necesitará. No te amará.
Siéntelo. Siéntelo muy dentro, vívelo como si todo fuera real. Acepta que no está y que no la tendrás cerca. Vamos, atrévete a sentirlo, porque no lo estás intentando. Siéntelo, joder. Su total ausencia.
Ella no está.
No está.
Ahora mira tu mano izquierda. La ha tocado. Ella es real. Está ahí. Existe. Esos dedos han apartado un rizo rebelde de sus ojos y se han parado en su cintura.
¿Puedes recordar el momento exacto en que te diste cuenta de que la querías?
¿Sabes por qué te eligió a ti?
No hace falta que imagines nada ahora. Sólo recuérdala en el momento que más te guste, sea enfadada o saltando de alegría; dormida o sentada viendo la televisión. Deja a tu mente ahondar en tus recuerdos y tráela al presente en tu instante preferido.
Mírala.
Ahora: siente.
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