Ella camina entre las mesas sintiendo las miradas de los hombres, deseándola. Él se gira desde su asiento en la barra del bar. La ha sentido llegar incluso cuando aún no había entrado por la oxidada puerta.
Fingen que no se conocen pero él se siente ganador, que ha sido elegido entre todos aquellos a los que, incluso, llega a considerar inferiores.
Ella se deshace en una sonrisa, girando la sombrilla de su bebida. Sabe que seguirá siendo así. Y lo acepta. De verdad lo acepta, pero lo mira sin querer resignarse a que es él quien no acepta, entiende o quiere entender. Y no hay forma humana de hacerle ver su lado de la realidad sin que se deslice entre pensamientos que ella no cuestiona, llevando todo al lado en que su mente habita.
Los hombres siguen mirándola y ella sabe bien quién es. Es a la que llaman "morena", a veces "ojos de gata". Conoce las intenciones de muchas otras. Todas. Algunas incluso tienen nombre. Y no sólo ella lo ve.
Y sabe. Sabe mucho. Mucho más de lo que él cree. Y lo deja pasar. Porque nadie podrá nunca llegar a lo que ella es. Y él lo sabe. O cree saberlo. No se hace una idea, en realidad, de con quién comparte barra.
¿Él? Él no entiende. No quiere entender. Está tan cómodo ignorando, dejando ser, huyendo, siendo egoísta. Tan jodidamente cómodo...
Y ella lo sabe.
Sabe tanto...
Y monta en cólera porque él puede retarla, enfadarla, decir lo que no debiera; pero ella no, ella debe callar o la hace culpable, lleva todo a su mundo, a su forma de ver... Y no se entera.
No se entera de que ella acepta todo, cada verbo, cada falsa ilusión, cada esperanza frustrada una y otra vez, cada silencio y negativa, cada rechazo, el miedo, cada palabra de aliento y de retroceso. Acepta cada desaire, cada cambio de opinión, cada laguna, cada farol (que él piensa que no advierte), cada niñata, cada uno de los recuerdos, los traumas, los motivos y los pensamientos. Cada mierda.
Acepta que nadie en ese maldito bar conoce lo que pasa entre sábanas o cómo la enamora. Ahora ni su orgullo ni su enfado le permiten detenerse en cómo (pregunta de muchos, pues su fama es de imposible) lo ha conseguido.
Pero no es capaz de aceptar que él no acepte. Que no acepte su inseguridad, sus miedos, sus preguntas sin respuesta, su necesidad de saber que está todo bien, que él está bien (sin detenerse en nada de lo que él cree que le recrimina por encubierto). No acepta su manera de hablar, de decir las cosas, su sarcasmo, su ironía, su carácter insumiso. No acepta que le pida que se cabree y confíe en él pero, al hacerlo, se encuentre con ser culpable de algo que siquiera sabe que ha hecho. No acepta que no sepa dónde encontrar el punto medio. No acepta su temperamento, sus celos hacia alguien por quien él no entiende el odio, a pesar de todo. No acepta su visión del mundo, de su extraña relación, no acepta que será la única que aguante y quiera seguir aguantando, que no encontrará a nadie mejor y que, mientras no sepa ni quiera saber lo que quiere, jamás estará en paz consigo mismo o con ella, o quizá -Dios no lo quiera- con otra.
No acepta sus mierdas.
Y en cada lágrima de impotencia -a veces de tristeza- él pierde algo de ella. Y ella gana otra forma de frustrarse.
Aun con todo, ella sigue. Porque merece la pena. Porque es feliz. Porque lo acepta. Porque lo quiere y, a veces, puede que él también la quiera.
Y en lo que su boca termina el último trago de vodka y guarda la sombrilla en su bolso decide que, cuando salga por aquella puerta oxidada, con todas esas miradas lascivas que le dan igual, ella seguirá siendo así.
Y si él considera que ver su punto de vista es cambiar su personalidad, que se joda. Porque nunca sabrá qué es la paz completa. Porque ahí, con todo su orgullo, su miedo al fracaso y la fragilidad, jamás comprenderá que ver el mar desde el acantilado en vez de desde la arena no es ser menos humano, sino más valiente. Y los ojos con los que observa las olas seguirán siendo los mismos, tal vez vean más, vean mejor, pero seguirán siendo los mismos.
Ella sonríe de nuevo, pero es una sonrisa triste, de lunes. Porque sabe que ella también quiso ver el mar sólo desde la arena. Y consiguió subirse al acantilado. Es más, llegó a nadar hasta la boya.
Quizá él sienta que cada vez que habla le está recriminando algo, pero ella sólo quiere hacerle ver que no todo es tal y como él lo toma. Y mucho menos cómo lo deja.
A veces cree que las voces de su rededor influyen demasiado en él, aunque no lo note. Pero, por supuesto, nunca podrá decírselo.
Aunque lo que más le cabrea de todo son los "te quiero". Sí. Porque suenan tan reales pero... otras son tan engañosos. Se dicen pero no se muestran. Por mucho que él pretenda que ella los crea a veces, con poco más de dos frases, los echa por tierra días después.
Porque un "te quiero" implica aceptación. Y él no la acepta.
¿Veis qué fácil es todo?
Pues os diré que ella salió por esa puerta y él la siguió. Con la mirada. El resto de su cuerpo se quedó agarrado a su bebida fría, pensando. Pensando. Y pensando.
Ella esperó fuera, entre las sombras. Pensando. Y pensando. Replanteándose su lugar en aquel pueblo en el que, ella ve en su forma de mirar, él no quiere que esté. Y ella aceptaba esa burbuja, al igual que las demás.
Pero recordó la noche en que, de no ser por una tercera persona muy amiga suya, casi marcha del santuario donde suelen yacer dos veces por semana. A veces una, a veces tres. Y en ese recuerdo cayó en algo muy importante: no es que no sea suficiente, no es que haga las cosas mal; es que ya no depende de ella, pues no puede hacer nada más.
Y lo aceptó.
No sé si él llegó a salir del cálido refugio de la barra del bar. Lo único que os puedo contar es que ella ha caminado ya por esa oscuridad y conoce lo que es la falta de aliento.
Aunque él no lo sepa, no lo entienda o no lo quiera ver.
Ni lo acepte.
Diréis: ella es tonta y él un cabrón egoísta. La culpa es de los dos.
Y tendréis razón. Pero adivinadlo: ella lo sabe y lo acepta.
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