sábado, 27 de septiembre de 2014

Qué gilipollez

Eran pequeños detalles: veinte minutos por la mañana, un pique de mediodía o una llamada por la noche. A veces un "vente, que no quiero verte" que sonaba a guiño color esmeralda; una pregunta que pide dormir la siesta con la televisión encendida; el "¿nos vamos de tapeo?" de aquella vez o esa foto al fondo de la conversación; provocarme, retarme y luego adularme así, de repente, sin venir a cuento. La adoración de aquel unicornio azul o esa forma de mirar en un bar de bocadillos.
De pronto lo tenía, de pronto desaparecía. Era como saltar al vacío sin saber cuándo o contra qué vas a chocar.
Tonterías. Quizá sin importancia, ¿quién sabe?
Pero eran esas estupideces las que le daban seguridad.
Todo se basaba en la necesidad de sentir seguridad. No pretendía nada más. No quería nada más. Ya no.
Qué gilipollez.

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