El suelo tiembla bajo mis pies descalzos. Los focos me dan pie para salir de la última caja del escenario. Empieza la música.
Tras el primer chassé va la pirueta que me impulsará a subir en un grand-jeté. Y volar.
Vuelo, puedo sentirme ligera moviéndome de un lado a otro, bailando. Soy libre. Mi vestido es más etéreo que el aire que corto con mis manos, largas y delicadas en la flexible prolongación de mis brazos, mi torso, mis piernas, mis pies en punta. Mi barbilla alta y mi pelo suelto.
Me fundo con cada nota en mi propio peso, mi cabeza no piensa y mi corazón estalla. Sólo soy capaz de sentir, porque hago esto para mi.
Giro y giro y giro y salto y ruedo por el linóleo, retorciéndome en figuras imposibles, alzándome sobre mis hombros y saliendo despedida en volteretas vestidas de negro. Soy una llama mecida por las respiraciones de quienes me miran, aunque haya ausencias. Quiero que me vea, que no me olvide; así que corro hasta el borde del escenario y extiendo los brazos, como si se sentase en primera fila, y abrazo el aire hasta caer de espaldas y elevarme con fluidez para subirme a la punta de mi derecha.
Y me dejo caer, porque es mi momento, y lo vivo como quiero; sintiéndolo a él para sacar hasta mi último aliento, aunque no me vea bailar; o implorando a mi cuerpo que controle su furia cuando golpea el bajo; a veces soy dulce y me hago pequeña para luego estirar mis brazos, preparar un arabesque y dilatarme hasta que duele.
Soy toda yo, bailo para mis recuerdos, para mis deseos, que forman parte de mi. Y dan el sentido a mi arte.
Tal vez mi técnica no sea perfecta, pero nadie vuela más alto que yo aun tirada en el suelo, nadie llena tanto un lugar tan pequeño, nadie se apasiona en un simple relevé como lo hacen los dedos de mis pies.
Y, aunque no me vea, hoy se lo dedico a él.
Para que ese "ahora no" no se convierta en un "ahora contigo no".
Para que no me olvide.
Y me retuerzo en la última pirueta, porque sigo en pie.
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