Las calles se habrían a su paso. Su seguridad al caminar provocaba al azabache de sus rizos a bailar salvaje con el viento. El resonar de sus altos tacones, mitigados por el ruido de la ciudad, se hacía escuchar en la imaginación de los caminantes. De vez en cuando miraba con fiereza y, tal vez un ligero toque de superioridad fingida, directamente a los ojos de aquel que se atrevía a intentar penetrar en ellos… y bajaban la mirada, cohibidos. Perfilados en el negro del infierno, jamás permitirían que nadie osase a entrar en su alma. Sus labios, con un suave toque rojizo, se entreabrían al mirar hacia la curiosidad de alguna que otra distracción de las calles digna de su interés.
Al cruzar, siempre en rojo, pues no era paciente, los conductores de según qué vehículos deseaban recorrer sus curvas y perderse en ellas en el trágico accidente que pondría fin a sus vidas.
La presencia de la muchacha de negro, la seguridad de los toques de rojo, la elegancia y el peligro, la agresividad, no dejaban que nadie se interpusiese en su camino.
Caminaba como si fuese al ritmo de quién sabe qué melodía, sus gestos siempre respondían al mismo compás al que su cuerpo se movía. La miel de su febril mirar intimidaba a aquellos que no la conocían.
Digna hija del ángel más oscuro, con un pasado por olvidar, estaba dispuesta a volver a las calles… como si nada hubiese ocurrido. El frío más helador y el más ardiente fuego coexistían en su interior.
Ella había regresado.
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