martes, 29 de noviembre de 2011

Ira

A medida que la jaula se estrecha, a medida que el control la muerde, su rabia aumenta.
¿De qué le sirve vivir si no es libre de marchar cuando lo desee?
Más negativas recibe en su rededor más próximo que allá afuera.
Lo que más ha ansiado toda su vida se le niega una y otra vez siendo lo más inteligente tirar la toalla. Y eso, es asesinarla.
Contrólala y atente a las consecuencias, intenta entrar en su cabeza y nunca salgas por temor a lo que en tu saber se halla. Pero, esta vez… esta vez han ido demasiado lejos.
Ella obedece sin dar opiniones que sabe serán rebatidas y puestas como objeto de mofa. Ella no debe contradecir, ella solo ha de quedarse quieta, callada.
Pero  su alma no es sumisa, así su cuerpo finja lo que su apariencia contradice.
Y no puede hacer nada para evitarlo, pues las órdenes son claras y, esta vez, no puede romper las reglas establecidas. Ella lo sabe, no hace falta que nadie más lo entienda.
Ella conoce el punto hasta el que puede llegar a rebelarse. Nada puede hacer.
Pero nadie tiene el derecho de retenerla contra su voluntad, nadie puede negarle ser feliz.
Su felicidad se encuentra en un mundo en el que debiera hacerse con el hueco que le han ofrecido. Mas, los que no la reconocen allí, no dejan salir de su jaula de frío acero a su alma ansiosa por llevarse el cuerpo que necesita para cumplir sus anhelos.
Sueño truncado. Adiós, vida.

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