domingo, 1 de junio de 2014

En tu reino

Bum-bum. Bum-bum.
El frío cruje en mis dedos.
Bum-bum. Bum-bum.
Los ojos azules despiertan, abriéndose asustados, tal vez algo perezosos, pero vigilantes.
Alerta, su boca se entreabre para pronunciar las temidas palabras. Se mueve lento, con cuidado de no asustarme.
Giro mi rostro y cada uno de mis cabellos desprende un halo del color de la ira. Lo miro. Me mira, conocedor.
-Sigo aquí.
Levanto mi labio superior en una mueca de desprecio y le doy la espalda, caminando como si mis pies helados ansiasen quebrar el suelo para hallar un camino hacia donde descienden los condenados.
Bum-bum. Bum-bum.
-¡Eh! - me llama, pero no quiero verlo ahí, caminando aprisa, a punto de alcanzarme.
Toma mi mano y tira de mi. Intento deshacerme de sus brazos pero es fuerte, es recuerdo, es protección.
-Mírame. - No quiero hacerlo, no lo haré - He dicho que me mires.
Llueve.
-¡Mírame!
Me refugio en el hueco entre su hombro y su cuello, aspirando fuerte para calmar mis latidos. Un halo azul me envuelve y el frío se aleja.
-Shh, silencio.
Siento que no quiero escuchar esa frase, no esa. Nunca más. Y no se me ocurriría hundirme en sus ojos.
El blanco aterciopelado de nuestro rededor se espesa, pero puedo sentirlo sujetándome, aunque mucho más débil que la última vez.
Mi refugio se desvanece bajo la lluvia, pues no quiero mirarlo.
-Me llevas bajo la piel, grabado, tatuado. No puedes desprenderte de mi, no quieres perderme. Soy tus alas blancas, soy tu halo.
Y hablo al fin, mirándolo.
-Angelo.
Sonríe y yo me hundo en un terror intenso.
Bum-bum.
No siento mis latidos, sólo miedo. Y sé que él está ahí por eso; ha venido a guiarme hacia algo intangible, irreal, sólo parte de mi desmesurada imaginación para protegerme de lo que hace que mi corazón haya dejado de bombear.
Pero mi sangre ya no es sólo mía. Y amo mi realidad aunque, por unos segundos y hasta que quien la gobierna me calme, deje mi mente a la deriva y mi cuerpo sin vida.
Rápido, ojos verdes, que mi sangre espera, mi corazón no late y las alas blancas me atrapan.
La lluvia arrecia y él se gira brusco hasta dar con lo que lo incomoda.
Míralo, ahí viene, el que lleva mi paz por ojos y mi risa por boca. Su determinación hace que el ángel se quede a un lado mientras camina hacia mi y alzo los brazos para dejarme caer en mi lugar preferido, junto a su cuello.
Pero esta vez no me dedica su sonrisa eterna, me mira sin verme y mi mano traspasa su pecho, como si fuese poco más que una visión.
-Es mi reino, princesa. Aquí yo decido cuándo deja de llover.
-Yo lo creé. Yo elijo. Será tu reino, pero es mi mundo.
Y miro al que él considera intruso, me concentro en la punta de mis dedos hasta que siento su piel. Es entonces cuando abro los ojos y nos veo secos, nuestro cabello brillando y una extraña luz dorada protegiéndonos de la lluvia. Allá, no muy lejos, veo cómo las alas blancas siguen mojándose, mirándome con evidente enfado.
-Seguiré aquí. Sabes por qué.
Se va, y me quedo a solas con mis ojos verdes. Pero sigo sin poder despertar.

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