miércoles, 11 de junio de 2014

Llovía. Y él llevaba paraguas

Es esa intensidad atormentada, quizá esa rebeldía manifiesta, encubriendo suspiros de aburrimiento o la voz interior que se escucha entre rendijas, esa que emana por tus ojos desde tu pecho.
Tal vez sean tus manos, que acarician cuanto tocas; el aura que desprendes: con historia, así, como las rocas...
Tantos años ha llovido y de pronto tú, con tu labia y con tu boca; tus anhelos y desconciertos; esa mirada divina, un halo dorado y verde, envolvente, como si fueses lo único que importa.
Pasión, destino y rabia.
Lo que aquella noche empezó en una manera cómoda de quererte, se convirtió en el mayor riesgo que mi pecho ha tomado. Aún ahora sigo sin entender cómo tu mano resultó tener esa calidez inesperada, aunque a veces se torne en celos, ira, irritación, orgullo y falacias.
En mis recodos te cuelas, calcinando con tus ardientes aguas cualquier atisbo de vacío. Las quebraduras y mil grietas son curadas y el odio desaparece inseguro pero constante, con ganas.
Llegados a este punto, ya no dudo: lo es todo.
Y salga bien o mal, te llevaré conmigo hasta el final.

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