Esa rabia roja que palpita en tu yugular. Ese óxido que recorre el interior de tu cuerpo destrozándote las venas. Es esa ventisca helada en los ojos; ese coraje ardiendo en tu garganta, luchando por salir en gruñidos aterradores.
Es querer partir los labios de un puñetazo firme y seco. Limpio. Y que sangre todo el dolor que llevas dentro, la ira que te consume, que te frustra y corroe, que desgarra con la letalidad del tigre.
Es un oso hambriento acechándote en cada esquina; un león vengativo intentando no llamar la atención. Es no creer en el Diablo al temer que inicie una guerra por sentirse amenazado ante la magnitud de tu cólera.
Ejércitos de hienas hambrientas. Los colmillos de una pantera enjaulada.
Es apuñalar cada segundo, cada hora, cada silencio y sentir el estallido del orgullo, digno y furioso, en las puntas de los dedos.
Tormentas de arena y fuego. Abandonarte al instinto más primario.
Estar la límite de las fuerzas: los sentidos comienzan a fallar de tanto retener la paciencia dentro del pecho, de tirar. La boca ya no sabe lo que es hablar, porque siquiera grita; berrea.
Escupir humo negro y saborear hiel cada vez que la lengua toca el paladar. Envenenarse cada vez que la muerdes.
Vestirse de fuego y apagarlo en un caminar homicida. Impotencia de mil demonios.
Te odio. Te odio, te odio, te odio.
Destrozas sin querer enteder. Destrozas. Y no te das cuenta.
Pues destrózame, joder. Pero arréglame después.
Y aún así te quiero. ¿Qué coño te pasa que no me dejas quererte?
El espejo nunca responde, aun cuando sus cristales rasgan la piel de tus nudillos.
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