Es como flotar en un campo de estrellas que me tocan pero no queman, que me rozan y pasan de largo. Como un ente en mitad de una autopista, justo en la línea discontinua; simplemente, dejándose ser.
Mientras la ingravidez me guía, doy volteretas sobre mi misma para sentir algo parecido al roce que guardo en mis recuerdos. Soy tan etérea que apenas tengo la necesidad de respirar.
Todo gira bajo mis pies, y yo me elevo cada vez más y más alto, sin esfuerzo. Dejo caer los párpados, el cuello, me deshago sobre mi espalda como si tirasen de mi ombligo cientos de pájaros ciegos.
A veces algo cálido toca uno de mis pies, aunque no sabría decir cuál, y sube a través de mi pierna, mi rodilla, mi muslo, mi estómago, hasta llegar al pecho y atravesarme de delante hacia atrás.
Cuando lo hace, mi cuerpo reacciona envolviéndose sobre sí mismo un instante para volver a arquearse de nuevo, sintiendo algo parecido a la humedad. Aunque no sabría decir si son lágrimas, sangre o metal líquido.
Si abro los ojos veo cristales luminosos sosteniéndose a mi alrededor; a veces cortan, a veces no; a veces me recreo en sus heridas, otras me fuerzo a moverme en huída. Pero me rodean y choco contra ellos, sintiendo que no siento, o que siento demasiado. Depende del momento, depende de los pájaros ciegos.
Es una disonancia extraña. Va a días, horas, minutos o como quiera que pase el tiempo aquí.
Mi garganta está bloqueada, aunque no me apetece decir nada. Tampoco escucho, oigo o percibo sonidos que no provengan de mis órganos manteniéndome viva.
Parezco estar dentro de una burbuja de jabón, de esas que no estallan hasta chocar o que las rompan.
Plop.
Creo que es el cielo, o una especie de limbo, quizá, donde nada puede tocarme, expandiéndose en direcciones inexistentes, buscando y mordiéndose a sí mismo para crear más espacio hacia el que elevarme. Realmente no me importa, yo sigo flotando, dejando a mi cuerpo ser llevado, sin ser ama ni de mi propia consciencia.
Que alguien guíe a mis pájaros ciegos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario