jueves, 19 de marzo de 2015

Esta mañana estabas muy guapo

El lienzo en blanco y el óleo aguardando en los botes que, deformados, temen la prisión liberadora que implican mis trazos.
Vodka sobre la mesa, sin mezclar. Sólo la botella.
Me dejo arrastrar por el significado de ese color vacío, plano, tétrico. Da miedo. Es auténtico caos. No me gusta, quiero romperlo. Quiero romperme y me olvido de la paleta para exprimir el bote de azul índigo sobre la tela y desgarrarme en trazos que lo reparten desigual, con rabia, sin un patrón, allá por donde mi inconsciente lo quiere.
Debiera calmarme, pero no lo hace. Y si ese color no me calma, no me queda más arte por razonar.
Un trazo, dos. Cinco. Vodka. Trago. Mancho la botella. Arde en mi garganta.
Miro mi destrozo y vienen las sensaciones. Siento de nuevo. Puedo sentir otra vez.
Recuerdo. Recuerdo cuando me llamabas en mitad de la noche; tus venas alcohol y tu boca deseosa de contarme todas las razones de por qué te habías cabreado con tus amigos.
Óleo dorado, un pequeño tesoro que merece un rincón de mi paleta. No cambio de pincel. Soy animal de costumbres.
Esta vez las líneas tienen forma, pero no presto atención, porque eres al único a quien permito separarme de mi almohada con una llamada de madrugada.
Trago. Otro. Escupo. Me duele. Y al lienzo también.
Un millón de cartas de amor después y siquiera esto frena la espiral en la que me estoy adentrando. No es nueva, de hecho, conozco el sabor a perfeccionista entre mis dientes y la lucha contra la voluntad. Conozco tanto el borde como la línea. No me gustan. No los quiero. Como tampoco quiero sentirme bien cuando tengo hambre. No me gusta. No me gusta. No me gusta. No quiero conocer más allá de esa línea.
Extraño el contacto de tu piel contra la mía, dándome seguridad y alentándome a quererme como soy, provocándome esas ganas de comerte todos los días. Tengo hambre de ti.
Me alejo buscando otra perspectiva y descubro un gran ojo en trazos dorados en medio de la anarquía azul.
Verde. Tengo que mezclarlo con un pigmento extraído directamente del Sol para conseguir el que quiero. Este es. Este.
Relleno el ojo, negro para las pupilas y destellos que me sosiegan incluso más de lo que esperaba con el azul, color traidor donde los haya.
Cojo la botella y el largo trago me deja algo mareada, pero no me importa. Sólo quiero mi beso de buenas noches, quiero mi mensaje de las 8.52 por la mañana.
Nado entre el revoltijo que es mi maletín de colores y no encuentro nada que me guste. Atrapo algo parecido al rojo pero no me siento así ahora. Es como... como si no existiera. Nada es real. Y a ti que lo eres no debo quererte. Aunque si puedo, pienso seguir haciéndolo hasta destrozarme los huesos. Hasta que tenga que elegir entre tú o yo.
Sigo aguantando cada noche, aguanto otra noche. Aguanto otra noche.
Aguanto. Ayúdame a seguir aguantando. Bésame de nuevo.
Trago. ¿Dónde está mi color? Negro. Necesito el negro.
Intento rellenar la tela blanca, pero no llego nunca a los bordes del lienzo, por lo que sigo conservando ese vacío que en realidad no es tal pues el blanco en el arte, como en la vida, no implica inexistencia, es sólo algo intangible que nos impulsa a llenarnos.
Nadie puede vivir sin blanco, sin caos, sin vacío.
Tú lo llenas cuando estamos en la cama, hablando de la vida y arreglando el mundo, criticando y retándonos el uno al otro, haciendo el amor, la guerra y desordenándonos la vida. Esas noches no me quiero dormir, pues sería perder segundos contigo.
Dormir es una pérdida de tiempo.
Hay algo mal, algo no cuadra. Lo siento en mi. Hay algo que no, no está bien. Demasiado caos, me siento enferma y no tengo diagnóstico que me asegure que haya cura o decadencia.
Entro en la autodestrucción y encuentro que he manchado todos mis pinceles. ¿Cuándo ha pasado?
Pierdo la noción del tiempo, pasa muy deprisa.
O muy despacio.
No estoy segura.
Presión. Siento presión a mi alrededor. Trago.
Trago. Uno, dos, tres. Sigo tragando.
Tengo miedo de mi. Pero quiero volver a verte y practicar contigo. Todas las veces que pueda. Prometo que no me volverás a ver llorar.
Hazme sentir otra vez.
No me gusta, no me gusto. El rojo me llama, me llama para destruir todo aquello que me ha hecho ser lo que tú llamaste "ejemplo de superación". No lo quiero conmigo.
Destrózalo por mi o ayúdame a cortar las venas que lo alimentan con un cuchillo como el de mis miradas.
"Y esos ojos que al mirar casi hacen daño", dijo Platero y Tú. Así eran los míos hasta que te adentraste de nuevo en mí, un año y dos meses después de la primera vez, ahora hace tres años.
Mancho de rojo el cuadro con trazos largos y gruesos, tachando, ocultando, dejándome llevar por la furia, la irritación y la desidia. El hastío de limitarme a existir se apodera de mi diestra que, violenta, casi logra rasgar la tela.
Los colores se mezclan y desaparece la aparente intención de las pinceladas.
Botella en mano, pongo distancia con el lienzo y me empapo de lo que parece ser una broma; pues lo único que permanece, aun habiendo destrozado el rededor, es un ojo dorado y verde que sigue iluminando la pintura como si el rojo de mi autodestrucción no le hubiese pasado por encima.
Unas extrañas convulsiones que advierto en mi estómago me sorprenden al descubrir lo que son en realidad: carcajadas silenciosas.
¿Me río? ¿Yo?
¿Cuando empecé a reír? Ah, sí... mierda. Otra vez tú, bendito.
Me acerco a mi bizarra obra y me siento artista, pero no de mi vida. Soy maestra de tragedias, remiendo rotos y arreglo cosas. Soy capaz de todo. Puedo superarlo todo, excepto a mi misma.
Yo soy mi causa perdida, mi mejor y peor obra, mi única salida y la peor de mis pesadillas.
Qué irónico, ser artista: que otro sea la belleza propia.
Sonrío. Y es una sonrisa que conozco. Nunca llega a los ojos. La considero marca registrada.
La botella casi está vacía y comienzo a sentirme etérea, más irreal que nunca.
Los cierro. Me escuece la humedad deshaciendo mi maquillaje. Intento apagarme como si tuviese un interruptor en el cerebro. Me apago. Lo intento pero... el Sol, de nuevo. Te necesito.
Esta mañana estabas muy guapo, con tu pelo despeinado y tu boca adormecida; tus andares distraídos y la capucha de tu jersey descansando sobre el peso que llevas a la espalda.
Luego me he despertado.
Voy a volar, pronto. Vuela conmigo, vámonos los dos y que le den al mundo.
Pero no me quieres lo suficiente.
Uno, dos, tres.
Trago.

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